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La Paz

Ensayo escrito en junio de 2011.


La palabra y el concepto paz son hoy utilizados por todo el mundo. Aunque con significados y propósitos muy diferentes. El Sistema, por ejemplo, ha encontrado en ellos un instrumento de increíble eficacia para engañar a todo el mundo. También la Iglesia utiliza la cantinela de la paz como el estandarte casi exclusivo de su Pastoral: de hecho, como tema de predicación, ha sustituido al del Evangelio; si bien es de justicia reconocer que, cuando muchos Pastores hacen verborrea sobre la paz, ni siquiera saben de lo que están hablando.


Otros más avisados, reconociendo los abusos y los engaños que se llevan a cabo a costa de la paz, han denunciado lo que ellos han llamado la mentira del pacifismo. El problema es de enorme actualidad y, por supuesto, más bien complicado.


Es indudable que la doctrina con respecto a la paz, tal como está siendo divulgada hoy en la Iglesia, ha sufrido una notable alteración en relación a su significado en el Nuevo Testamento. Cuando la Pastoral y la Teología actuales hablan de la paz, en realidad se refieren a ella en el sentido en que la entiende el Mundo (ausencia de guerras). Lo cual es cosa que nadie se atreverá a negar, dado que los documentos escritos y orales son tan numerosos que llenarían bibliotecas. Sin embargo, ante un sereno estudio de la cuestión, no dejan de suscitarse problemas que hacen difícil la aceptación de esa orientación doctrinal.


En primer lugar, el concepto de paz según el Mundo, no sólo es ajeno a las enseñanzas del Nuevo Testamento, sino que incluso es contrario a él. A lo que debe añadirse el hecho de que al fin se resuelve en pura utopía; lo que lo convierte en algo tan irrealizable como falso.


El concepto de paz según el Mundo nada tiene que ver con la paz que Jesucristo quiso dejar como legado a sus discípulos: La paz os dejo, mi paz os doy… (Jn 14:27). Comienza el Señor, como puede verse, diciendo a sus discípulos que les deja la paz. Así, en sentido general. Pero tal concepto genérico de paz no debe separarse de la forma como la entiende el Maestro. Puesto que la paz, tal como Él la concibe, es la única posible y la única que merece ese nombre. Por eso habla a continuación e inmediatamente de mi paz, donde el adjetivo posesivo es bastante elocuente para decirlo todo con la suficiente claridad. Jesucristo se refiere, por lo tanto, a su paz, y no a ninguna otra. Quedando bien claro que se trata de la que Él entiende como la única paz. De todos modos, y por si acaso aún quedaba alguna duda, pone cuidado en declarar de manera expresa, a continuación y en el mismo versículo, que su paz no es la que el Mundo entiende como tal: No os la doy como la da el mundo (Jn 14:27).


Según lo cual, e independientemente de que los clásicos unieron siempre la idea de la paz a la de la justicia (Sal 85:11; Is 48:18; Ro 14:17), es evidente que el concepto cristiano de paz, no solamente es distinto al del Mundo, sino que probablemente son incluso contrarios. Con respecto a la paz según el Mundo, debe tenerse en cuenta que la mera ausencia de guerra anda lejos de ser considerada como un valor absoluto: puesto que siempre han sido admitidas como válidas las doctrinas de la legítima defensa y de la guerra justa. Por otra parte, tampoco puede darse de lado al hecho de que las doctrinas y creencias según el Mundo suelen ser contrarias a las cristianas: Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos; oráculo del Señor (Is 55:8; cf Ro 11: 33–34).


Así las cosas, ¿cómo se explica que la Pastoral y la Teología católicas hayan dejado de insistir en el concepto de paz cristiana para adoptar el de la paz según el Mundo?


Y otra vez aparece el miedo como posible factor de impulsión de ciertos comportamientos: ¿Temor a que los planteamientos cristianos no sean aceptados por el Mundo, y de ahí que se haya decidido adoptar los de éste para lograr, de la forma que sea, un acercamiento…?


De ser esto cierto no quedaría sino concluir que semejante toma de posiciones, defendida incluso por parte de la Jerarquía de la Iglesia, es susceptible de dar lugar a nefastas consecuencias.


Ante todo, porque el Mundo nunca aceptará un consenso con los puntos de vista cristianos. Jamás estará de acuerdo con cualquier doctrina que contemple siquiera una huella de contenido cristiano, como ha quedado bien demostrado en multitud de ocasiones. Siempre que la Iglesia ha procurado un cierto acercamiento, o ha propiciado el diálogo (bien sea con respecto al Mundo, o bien sea con las otras Iglesias), ha sido Ella la que ha cedido sin recibir contraprestación alguna. Por otra parte, no es posible aceptar la posibilidad de un consenso entre doctrinas de contenido distinto e incluso contrario (2 Cor 6: 14–15). A no ser que se parta del supuesto de admitir la verdad de todas las religiones, tal como hace el Ecumenismo sincretista bajo la influencia de las filosofías idealistas y personalistas. En definitiva, la unión por encima de todo; por más que haya de lograrse también a costa de la verdad.


 

Hemos dicho que la pretensión de un pacifismo a ultranza, con ausencia total de guerras, es una utopía. O si se prefiere decirlo de otro modo, es una falsedad que atenta a las creencias del Pueblo Cristiano. Siempre habrá guerras en el mundo, como tienen bien demostrado la experiencia de la Historia y el sentido común de cualquiera que piense. Los historiadores serios sonreirían ante la idea de que los esfuerzos por la paz bien valen la pena, como objetivo seguro a lograr en un plazo más o menos lejano. Por nuestra parte, no vamos a hacer pronósticos ni a perorar respecto al futuro. Pero es la misma Escritura la que afirma claramente que siempre habrá guerras entre los humanos, y hasta más intensas y frecuentes a medida que se aproximen los Últimos Tiempos (Mt 24: 6–7; Mc 13: 7–8; Lc 21: 9–11; Ap 13:7). San Pablo se burla de los pacifistas que por aquél entonces todavía andarán clamando por la paz: Así pues, cuando clamen: “Paz y Seguridad”, entonces, de repente, se precipitará sobre ellos la ruina, como los dolores de parto de la que está en cinta, sin que puedan escapar (1 Te 5:3). Y ya mucho antes, el profeta Jeremías increpaba a los que pretendían engañar al Pueblo con promesas de una paz que, en realidad, nunca llegaría: Pretenden curar el quebranto de mi Pueblo diciendo a la ligera: “¡Paz, paz!”, cuando no hay paz (Jer 8:11). Y por si alguien albergara todavía alguna duda, con respecto al momento histórico en el que nos hallamos, ahí están el comercio de armas cada vez más extendido, la descabellada carrera por conseguir los armamentos nucleares, la actividad del terrorismo ahora ya sin fronteras, el peligro inminente de una nueva Guerra Fría —si es que no estamos inmersos en ella—, la actualidad de conflictos calientes en diversos lugares del mundo, etc., etc.


Ante estos planteamientos la Iglesia no puede dedicarse a defender utopías doctrinalmente. Ni menos aún a adoptar posturas de entreguismo. Traicionaría aquello en lo que consiste su propia misión, que no es otra que proclamar la verdad, ocurra lo que ocurra, en orden a la salvación de los hombres.


Por eso resultan difíciles de entender para muchos cristianos las Jornadas Ecuménicas de Oración por la Paz. ¿Realmente está la Iglesia convencida de que es posible esa Paz Universal, la cual, por otra parte, es entendida en tales eventos en el sentido mundano, a saber: ausencia de guerras...? (de no ser así las otras religiones cristianas, por no hablar de las no cristianas, no participarían en los Encuentros) ¿Es posible que la Iglesia crea que rezando al verdadero Dios, en comunión y armonía con los otros dioses, el Cielo va a dispensar, efectivamente, esa paz tan ansiada...? ¿Alguien podría asegurar que Dios está conforme en formar Sociedad con tales seres, dioses o lo que sean, y además de igual a igual...?


Pero cometería, sin embargo, una grave equivocación quien creyera que esta situación se debe a un mero error de estrategia, por parte de los pastoralistas de la Iglesia.


El estado actual de la Iglesia —bastante complejo y delicado, muy bien trazado con líneas seguras que convergen inteligentemente hacia un punto de total destrucción— no podría ser producto de la casualidad, así como tampoco de una extraña conjunción aleatoria de determinadas circunstancias históricas: como si hubiera surgido por encantamiento o algo parecido. En realidad es el resultado de un plan bien ideado por mentes preparadas que han sabido ponerlo en práctica, paso a paso, hacia un final previsto y seguro. Y aquí es obligado aludir a la Masonería, principal agente inductor de esta conspiración para la que se ha valido, como herramientas principales para su infiltración en el Organismo eclesial, del Modernismo y del Marxismo.


También se ha utilizado el recurso de sembrar la confusión. Unas veces aludiendo a presuntas obligaciones por parte de los creyentes; como la de la obediencia (muy bien manipulada o instrumentalizada en este caso), o la de la apelación a un pretendido espíritu del Concilio, refiriéndose al Vaticano II; empleadas ambas contra todos los que no se someten a las pretensiones y planteamientos de tales manipuladores. Otras veces la difusión de la confusión es mucho más grave, puesto que utiliza el procedimiento de cuestionar los dogmas, la veracidad de los Evangelios, la historicidad de la Persona de Jesucristo, o incluso esparciendo errores en cuestiones de Moral.


La utilización de tamaños procedimientos ha producido gran confusión entre los creyentes y ha dado lugar a una situación delicada. La crítica al Magisterio anterior al Concilio Vaticano II, que no por disfrazada deja de ser real, no solamente ha debilitado los cimientos del secular Magisterio de la Iglesia hasta este acontecimiento, sino que además, y por exigencias de la más elemental Lógica, también ha cuestionado el Magisterio de este último Concilio y al que ha pretendido después aplicar sus doctrinas. Si se defiende que el Magisterio anterior, ya sea por obsoleto, o ya por adaptarse a circunstancias históricas que en este momento ya no tienen relevancia, ha perdido su autoridad y no puede continuar exigiendo el asentimiento de los fieles, no hay sino concluir que las mismas razones se pueden aplicar al Magisterio actual o al que lo continúe. Si anteriores Concilios ya no se consideran válidos argumentando desde el último, es indudable que este último también puede ser descalificado argumentando desde los anteriores..., o de los que se convoquen posteriormente. El resultado final es la destrucción de todo el Magisterio. Con lo que resulta difícil dejar de recordar las doctrinas personalistas: la verdad solamente es válida, alternativamente, para mí, para ti, o para el otro; y además aquí y ahora, pero nada más.


 

Las naturales consecuencias de lo que acabamos de decir eran de esperar. La Iglesia se ha encontrado dividida y hasta han aparecido los cismas. Los cuales han sido formales y de derecho algunas veces, como el del Obispo francés Lefebvre, y otras meramente de hecho, como el que existe en amplios sectores de las Iglesias europeas y norteamericana, por no hablar de los producidos en la suramericana con motivo de la Teología de la Liberación.


No deja de ser curiosa la gran diferencia en cuanto a la energía desplegada por Roma con respecto a unos y a otros. Mientras que los seguidores del Obispo Lefebvre han sido tratados con pocas o ninguna consideración, la multitud de Obispos, sacerdotes y religiosos, herejes y cismáticos declarados, que pululan por Europa, se han visto considerados por el Vaticano con deferencias tan delicadas que inducen a pensar, por parte de la Iglesia, en una paciencia y tolerancia casi infinitas. Por no hablar aquí del benevolente trato recibido por la Iglesia Nacional China y por tantos religiosos y Obispos de la Teología de la Liberación.


La postura actual de la Teología católica en el caso de Lutero es cuando menos cómica, si no trágica. Lutero es el heresiarca que más daño ha ocasionado a la Iglesia en toda su Historia. Consiguió dividir la Iglesia de tal manera que la escisión aún perdura, después de tantos siglos; además de la desaparición definitiva de Europa como grupo de naciones unidas por el vínculo de una misma fe y unos valores comunes, entre otras muchas cosas. Sin embargo, la posición actual de la Teología y de la Pastoral católicas es la de que tenía razón en casi todo lo que decía. O tal vez en todo, según algunos. Su Santidad Benedicto XVI llegó a decir, acerca del delicado problema del dogma de la justificación, que Lutero tenía razón en cuanto a su doctrina de la sola fe (Discurso de 11 de Noviembre del 2008), aunque nosotros hayamos de matizarla con los complementos necesarios. El problema se plantea, sin embargo, cuando se considera que Lutero rechazaba expresamente tales complementos. No es extraño, por lo tanto, que haya surgido en el seno del Catolicismo una campaña en favor de su rehabilitación.


Con semejantes manejos se ha dado lugar a que se introduzca en el seno de la Iglesia una extraña división capaz de hacer las delicias del Príncipe de las Tinieblas, a saber: cristianos tradicionalistas, de un lado, y cristianos conciliares (de la Iglesia Conciliar), de otro. Estrambóticas denominaciones que contradicen la perenne creencia de que todos los cristianos son tradicionalistas; puesto que la Tradición es una de las fuentes de la Revelación, sin la que no puede existir el auténtico cristianismo. En cuanto a la llamada Iglesia Conciliar, se trata de un epíteto susceptible de dar lugar a consideraciones capaces de ser elegidas al gusto de cada uno.


De todas formas es necesario admitir que las denuncias contra la Iglesia, formuladas en un determinado momento histórico, pueden ser verdaderas en parte, o incluso en su totalidad (como parece haber ocurrido en el caso del lefebvrismo). Sin embargo a nadie le es lícito separarse de la legítima Jerarquía, según aquello de ubi Petrus, ibi Ecclesia. En realidad estamos ante otro aspecto del inevitable destino de los seguidores de Jesucristo: sometidos a una Jerarquía, quizá corrompida, como algo que forma parte de la Cruz que su vocación les impone como condición necesaria. Cruz quizá tan tremenda como pesada, pero que los discípulos de Cristo, a imitación de su Maestro, han de soportar. Una vez más se impone una verdad —Fuera de la Iglesia no hay salvación— capaz de hacernos recordar las palabras que San Pedro dirigió en cierta ocasión a Jesucristo: Señor, ¿a quién iremos…?


Lo más grave es que la actitud de temor, traducida en un asustadizo y fatal entreguismo, es contraria a algunos postulados de la existencia cristiana. Claramente expresados en la Revelación del Nuevo Testamento y que han formado parte, durante siglos, del acervo doctrinal y de la tradición y alma de la Iglesia.


El Cristianismo no es la religión del confort, ni ha sido nunca norma suya la de huir de las complicaciones. No encamina a sus adeptos por la senda ancha, o aquélla que según Jesucristo lleva a la perdición; sino por la estrecha y empinada que conduce a la vida, también según el Maestro (Mt 7: 13–14). De ahí que quien se decida a vivir conforme al Evangelio tiene asegurada una existencia cargada de complicaciones, obligada a mantener una lucha continua ante constantes contradicciones y susceptible en convertirse en persecuciones de toda índole; las cuales pueden llegar a ser tan graves como para ocasionar la pérdida de la vida (Mt 5:10; 2 Tim 3:12).


 

La actitud de entreguismo y de renuncia a la lucha se oponen a un punto fundamental del Mensaje Evangélico, precisamente para el cual Jesucristo, según su propia afirmación, había venido a la Tierra. Pero conviene traer a colación sus propias palabras, por lo demás bien claras y terminantes (Mt 10:34):


No creáis que yo he venido a la tierra a traer paz; pues no he venido a traer paz, sino espada.


Por supuesto que se trata de una metáfora, según el Maestro acostumbraba hacer en algunas ocasiones (Mt 5: 29–30; 18: 6.8–9; Mc 9: 42.45.47;). Él no había venido a promover las guerras. Sin embargo, tal como es propio de esta clase de tropos, también en este caso la metáfora guarda una íntima relación con la realidad. Algo así como si se dijera que es una figura del lenguaje, pero con fundamento real. Y como no era misión del Maestro (que no escribió nada), ni de los que recogieron por escrito sus enseñanzas, la de elaborar florituras literarias, es evidente que aquí está contenida alguna seria afirmación: Las palabras que os he hablado son espíritu y son vida (Jn 6:63). Además, por lo que se refiere a este caso y precisamente porque lo que se dice es importante, habrá de quedar expresado con la suficiente claridad.


Como así es, en efecto. La increíble invitación que Jesucristo propone supone para el hombre el riesgo propio de una gran Aventura. Grande en su importancia, difícil de llevar a cabo y hasta temeraria en cuanto a sus resultados. Puesto que implica para él decisivas consecuencias que habrán de decidirse en una única alternativa: o la Felicidad Perfecta para siempre, o su pérdida también para siempre. Con el consiguiente fracaso de su existencia para toda la eternidad, en este último caso.


Lo que se deduce de las palabras de Jesucristo, referentes al destino de sus discípulos durante su peregrinaje terreno, es cuando menos inquietante. La presencia en el mundo del Dios hecho Hombre, junto con la misión para la que ha venido, tienden a provocar entre los humanos, discípulos o no discípulos, una actitud a la que se puede calificar de turbadora, comprometida y comprometedora. Él no vino a traer la paz a la Tierra. Por lo menos no como es entendida la paz por el Mundo, el cual solamente la concibe como situación de tranquilidad y bienestar imaginados a la manera humana. Situación que, incluso sin tener en cuenta contenido alguno sobrenatural, ya fue hecha imposible para siempre por el mismo hombre. Puesto que fue el pecado el que introdujo en el mundo el dolor, la desgracia, la inquietud, la inseguridad, los sufrimientos y, en último término, la misma muerte. Ya hemos dicho más arriba que la búsqueda de ese mundo idealizado por el entendimiento humano, que nunca alcanzará por sí solo tan altas cotas, es una utopía. Y la Iglesia no puede adulterar el contenido de su Mensaje. Ni escamoteando o revistiendo de eufemismos las palabras de Jesucristo, ni trocando su sentido. Al fin y al cabo, tanto para unos como para otros, Él es


la piedra angular; piedra de tropiezo y roca de escándalo,


según San Pedro (1 Pe 2: 7–8). Por eso, justamente después de haber afirmado que Él no ha venido a traer la paz, sino la espada, a fin de que no quede la menor duda y pese a la posibilidad de hacer aún más profundo el desasosiego en el corazón de los hombres, añade a continuación (Mt 10: 35–36):


Porque he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su propia casa.


De nuevo nos encontramos con las figuras del lenguaje. Por supuesto que nadie ha pensado que Jesucristo pretendiera sembrar enemistades, y menos aún entre seres queridos y demasiado próximos. Su mandamiento primero y que los resume todos es el del amor: Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como Yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros (Jn 13: 34–35). Aunque cabe preguntar entonces acerca del sentido de las palabras arriba pronunciadas. Pues es evidente que el Maestro está hablando en serio. Y de ahí que el contenido de su pensamiento, profundo y fundamental, posea un alcance que va más allá de lo que una interpretación superficial podría suponer. Tal como vamos a tratar de ver.


Pero conviene insistir antes en otro punto importante. Porque el significado de las palabras de Jesucristo se halla en el lugar más opuesto a un Cristianismo descafeinado y desvaído. Que es el que suelen manejar actualmente los teólogos y pastoralistas católicos. Bien entendido que el término pastoralistas abarca aquí también a la Jerarquía eclesiástica (o al menos a parte de ella), que es en definitiva quien pone en práctica la Pastoral. Con lo que nos situamos lejos de ciertas posiciones de entreguismo y deserción, que son consecuencia, a su vez, de complejos de inferioridad y de temor, de intereses oportunistas y hasta de apostasías más o menos encubiertas.


 

Las palabras de Jesucristo ponen de manifiesto que el Cristianismo no es una religión de eclecticismos, de sincretismos, de medias verdades, de acuerdos entre religiones (conseguidos, por lo general, mediante un consenso que prescinde de la verdad), de mano tendida al error, de concesiones a quienes no vacilan en atacar descaradamente a la Iglesia, de incomprensiones y hasta de persecuciones a aquéllos que, por no prestarse al juego, han optado heroicamente por la fidelidad a los principios inconmovibles de la Fe. El Cristianismo no es una doctrina de debilidades o de conformismo. Precisamente por ser una religión de claridad, no le van bien las palabras ambiguas —Dios es luz y no hay en Él tinieblas de ninguna clase (1 Jn 1:5)—, ni la falta de firmeza o de decisión. De ahí la aparente dureza de sus exigencias y el rigor y solidez de sus enseñanzas. En definitiva, el Cristianismo es la proclamación de una íntima relación de amor entre Dios y los hombres, con todo lo que de eso se deriva. Nada tiene que ver, por lo tanto, con las artificiosas doctrinas de las religiones orientales: la búsqueda del nirvana, la disolución del hombre mediante su transformación en el Todo, el dominio de la mente y del dolor, el estoicismo ante los fines ineludibles del hombre cuales son el Destino y la Nada… La postura entreguista supone traicionar lo más fundamental de las relaciones que Dios ha querido mantener con el hombre.


El lenguaje ambivalente, ambiguo y equívoco, es un arma eficaz utilizada hoy por el Modernismo dentro de la Iglesia, tanto en la Dogmática como en la Pastoral. Suele emplear términos tradicionales, aunque con la posibilidad de ser interpretados en el sentido en que lo entienden las doctrinas modernistas. De este modo se convierten en conceptos blindados, inmunes a las posibles reacciones de la sana doctrina. Después corresponde a la praxis, inteligentemente manejada, orientarlos en la dirección modernista. Así pueden ser empleados como armas ofensivas y defensivas a la vez. Lo cual significa que se difunde su sentido modernista entre la mayoría, al mismo tiempo que se mantiene en reserva el tradicional ante la posibilidad de que aparezca algún tipo de contestación. El procedimiento emplea muchas variantes, todas bien estudiadas y utilizadas oportunamente, y cuya descripción pormenorizada requeriría un manual. Se emplea con toda normalidad en la Pastoral diaria, aunque su mayor influencia se ejerce a través de multitud de Documentos, emitidos por variadas fuentes a partir del Concilio Vaticano II. Parece innecesario añadir que ha logrado su propósito de confundir a una gran multitud de fieles.


Son pocos los que se dan cuenta de que la manipulación del lenguaje —realizada mediante una inteligente operación de disfraz y camuflaje— llevada a cabo, tanto por los Poderes políticos como por la Teología progre, además de medio eficaz para destruir la Fe del Pueblo cristiano, supone un ataque directo a los métodos didácticos del Evangelio.


Acerca del lenguaje evangélico, que es firme y claro a la vez que profundo, hay que señalar, sin embargo, que profundo no significo oscuro. El Evangelio encara directamente los problemas y no los disimula, al mismo tiempo que llama a las cosas por su nombre y señala sin vacilación los caminos a seguir. Y de ahí que a menudo produzca una cierta sensación de dureza e inflexibilidad. Lo cual explica su susceptibilidad para dar lugar a la tendencia, por otra parte comprensible en una naturaleza débil como es la humana, de ser interpretado, o bien con excesiva suavidad (difuminando y rebajando su contenido, a modo de café descafeinado o de leche desnatada), o bien pasando sobre él aparentemente de forma descuidada (como si sus enseñanzas no estuvieran ahí, o no hubieran sido advertidas).


Mientras que, por el contrario, el lenguaje utilizado por el Modernismo es oscuro, ambiguo y especialmente apto para producir confusión. Al revés de lo que sucede con el lenguaje escueto y llano del Evangelio, el lenguaje progresista se reviste de un vocabulario seudo culto, pomposo, florido y barroco, con aires de seriedad científica, y una insinuante pretensión de su aptitud para ser plenamente entendido solamente por personas cultas. Tal matiz de seriedad altamente científica le proporciona un marchamo de notoriedad y un eficaz aval de certeza; con un resultado para ingenuos que es casi infalible. De esa forma embrolla las cuestiones y produce la confusión deseada como paso imprescindible, al fin y al cabo, para conseguir que se tambalee la Fe de los débiles.


Así pues, y siempre según su propia afirmación, Jesucristo ha venido al mundo a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre…, etc. Con lo que queda claro que el lenguaje evangélico no es el de la Pastoral moderna ni el del Magisterio actual de la Iglesia. Pese a que este último se enfrenta a la mayor crisis que ha padecido la Iglesia y de que más que nunca, por lo tanto, serían necesarias instrucciones claras y enérgicas correcciones de rumbo. De no hacerlo así, el Rebaño de Cristo se expone a sufrir una inanición espiritual de efectos devastadores; como está demostrando claramente el alarmante número de deserciones y apostasías que está padeciendo la actual Iglesia.


 

Hace falta con urgencia un Magisterio auténtico, bien fundamentado en los valores sobrenaturales y en la doctrina neotestamentaria, lo suficientemente valiente como para no temer enfrentarse al Mundo. Ni el Magisterio ni la Pastoral pueden ejercer sus funciones mirando al Mundo, sino solamente a Aquél que es el único Maestro (Mt 23:8; Jn 13:13) y Gran Pastor de las ovejas (Heb 13:20). Adoptar otro modelo de conducta sólo puede conducir al fracaso y al extravío de las almas.


Afortunadamente para los hombres, Jesucristo no se vio nunca en la necesidad de entablar relaciones diplomáticas con ningún país. Ni se sintió obligado a tener en cuenta que, hablando frente a los media, tendría que cuidar sus reacciones y medir el alcance de sus palabras; actitudes que, al fin y al cabo, están causando la anulación de la Pastoral actual. O todavía peor si cabe, puesto que la predicación sin contenido o desencaminada produce un extraordinario daño a las almas: Os digo que de toda palabra vana que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio (Mt 12:36; cf 2 Cor 2:17). Aún no había aparecido en la Iglesia lo que algunos han llamado el lenguaje episcopal, ni existían demasiadas preocupaciones por las reacciones negativas que podría suscitar la proclamación de la verdad. Así se explica que el lenguaje de Jesucristo, tan contundente como incisivo, parezca ahora apto para escandalizar a la Pastoral moderna (Mt 10:37):


Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.


Los Padres de la Iglesia utilizaron con frecuencia la expresión Adversus Hæreses (Contra los Herejes) como título genérico de sus obras; verdaderas diatribas dirigidas contra los herejes de turno. Pero, dado que hoy se considera intolerable la actitud de actuar, de hablar o de escribir Contra alguien, serían inflexiblemente condenados.


Claro que la prohibición absoluta de condenar contempla una importante excepción: cuando se trata de enemigos del Sistema. En cuyo caso se lanzan contra ellos toda clase de excomuniones, anatemas, condenaciones, interdictos, entredichos, deviedos y malditos.

Son muchos a los que parece no importar demasiado que los lobos dispersen y devoren el rebaño. Están convencidos de que es mejor salir a su encuentro con la mano tendida y total disposición al diálogo. El problema estriba en que resulta difícil creer en la capacidad de dialogar de los lobos, como atestigua la diaria experiencia de su actitud refractaria a cualquier intento de razonar. Lo que sí demuestra, en cambio, la experiencia de cada día es que la disposición al diálogo no es sino un sinónimo de la disposición a ceder en las propias posiciones.


Resulta bastante difícil admitir la existencia de mala fe en ciertas personas, así como también en su disposición a creer en la conveniencia de pactar con el Diablo. ¿Cómo fue posible que la Iglesia se comprometiera, mediante Pacto expreso, a no condenar el Comunismo en el Concilio Vaticano II y ni siquiera a nombrarlo? ¿Estaban realmente convencidos los Papas Juan XXIII y su sucesor Pablo VI acerca de que el Marxismo iba a respetar el Acuerdo? ¿Y de verdad existía proporción entre lo que se daba y lo que se recibía a cambio? Por otra parte es cierto que siempre será posible alegar, en favor de ambos Pontífices, con respecto a que la eventualidad de paliar los sufrimientos de la Iglesia perseguida era una buena opción… Aunque altamente dudosa en cuento a su cumplimiento, como confirmaron ampliamente los hechos. Sin embargo, aun en el caso de que el Acuerdo hubiera sido respetado por el Comunismo (cosa bastante improbable), parecería necesario haber tenido en cuenta, mediante un sereno balance de los pros y de los contras, la confusión y el escándalo que, con toda probabilidad, iban a producirse en el conjunto del Pueblo cristiano. Sin olvidar tampoco que el sufrimiento es una cualidad inherente y consustancial a todos los cristianos, bien sean considerados individualmente o bien como Rebaño o Cuerpo de Cristo. No puede, por lo tanto, el sufrimiento ser calificado como una desgracia a evitar a toda costa. Por laudables que sean los esfuerzos que se realicen en obediencia al mandamiento de la caridad, ya para mitigarlo, o ya para hacerlo desaparecer, no siempre será posible conseguirlo. A lo que hay que añadir que el hecho de compartir la Pasión y la Muerte del Señor pertenece a lo esencial de la existencia cristiana. La Historia depara no pocas sorpresas. Y si bien no es posible dudar de las buenas intenciones de la Jerarquía eclesiástica, es preciso reconocer, ante la evidencia de la veracidad histórica en este caso concreto, que el resultado no ha sido otro que un fracaso absoluto y causante de muy graves daños.


 

Resulta difícil hacer extensiva la presunción de buena fe a otros casos cuya transcendencia es bien conocida. Es tarea ardua la de intentar creer en la ingenuidad e inocencia de personas bien preparadas y constituidas en cargos de grave responsabilidad. Aunque ya se haya aludido antes al tema, es imposible evitar que el lenguaje ambivalente del neomodernismo, utilizado hoy día por tantos teólogos y Pastores de la Iglesia, sea altamente cuestionable en cuanto a su intención. Sólo Dios es capaz de juzgar lo que hay en el corazón de los hombres, aunque a veces los hechos parezcan harto elocuentes. Mientras tanto, he ahí una importante cuestión a estudiar por la Historia.


Aunque resulte escandaloso para algunos que tratan de ignorarlo, Jesucristo insiste en un lenguaje cada vez más incisivo (Lc 14:26):


Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.


De donde se deduce que ya no se trata meramente de enfrentar, sino también de odiar. Más difícil todavía. ¿Y qué dice a esto la Pastoral moderna…? Pero antes de intentar una respuesta y examinar las palabras del Maestro, conviene llamar la atención sobre un punto importante; como precaución necesaria para evitar un error referente a la estimación histórica.