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  • Alfonso Gálvez

Cervantes

Cervantes contra el mundo de la mentira... o de las utopías

Ensayo escrito en 2009.

El propósito de Cervantes al escribir su obra inmortal parece suficientemente claro. Todo el mundo está de acuerdo en la existencia de un verdadero enconamiento de Cervantes contra los libros de caballerías, aunque ya son menos los que se preguntan por la razón del tal inquina. Y sin embargo es evidente que aquí hay mucho más que una mera desafección literaria. La crítica contra el tipo de literatura de la Caballería Andante es terriblemente dura a lo largo de toda la obra, y no es otro el objeto del libro. Donde hay que tener en cuenta además, como nota importante, la denuncia de las desastrosas consecuencias de esa literatura en las gentes nobles y sencillas:

…se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro; y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio… En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante…

Es imposible descartar la clara intención de Cervantes de no limitar a un caso aislado (como el de Alonso Quijano el Bueno) el peligro de incidir en la locura, o en la deshidratación del cerebro, provocado por esta clase de literatura. En el argot popular, actualmente en circulación en España, se suele hablar de comedura de coco. Un fenómeno mucho más extendido, y de consecuencias más desastrosas en el común del pueblo, de lo que se suele pensar. El problema de la manipulación de las masas, por parte de los que detentan el Poder mientras que se mantienen en la sombra, es justamente al que apuntaba Cervantes en su época.

Los Mentirosos y Engañabobos se integran en realidad en dos grupos, bien distintos y claramente definidos. Al primero pertenecen los que se mantienen en la sombra, cuyo ejemplo más claro y eficaz, e incluso probablemente único, es el de la Masonería. Al segundo pertenecen los ideólogos, de un lado, y los que realizan el papel de marionetas, de otro. Entre los utópicos pensadores podríamos citar, como ejemplos característicos, a Maritain y a Carlos Marx; aunque pertenezcan a campos tan opuestos como el de la creencia y el de la increencia (lo que no impide que, como dos grandes afluentes del mismo río, ambos acaben coincidiendo en el mismo lugar). Por otra parte, entre los que llevan a cabo el papel de marionetas o guiñolistas podemos citar, como casos muy esclarecedores, al Presidente Zapatero en España y al Presidente Obama en los Estados Unidos.

Aunque en realidad son los que se ocultan en la sombra (los cerebros del Sistema) los que de hecho se sirven de unos y de otros para manejar a la gente. Por cierto que siempre suelen presentar, a quienes ellos utilizan como instrumentos visibles, como líderes carismáticos salvadores de la sociedad y aun de la humanidad entera.

Bien entendido que la manipulación de masas en el siglo XVI era pura broma si se la compara con la actual. En aquella época, el procedimiento del libro para extender y hacer creíbles las mentiras y las utopías (en realidad unas y otras son la misma cosa) apenas si podía tener eficacia. Los libros eran caros y escasos y tampoco abundaba la gente que sabía leer. En la actualidad, la técnica ha puesto al servicio de los Tiranos y de toda suerte de Embaucadores de masas procedimientos muy poderosos y terriblemente eficaces.

Cervantes apunta directamente contra las mentiras y falsedades de la literatura del tipo de la Caballería Andante, como causante al fin y al cabo de tan funestos resultados en el común de las gentes. No creo que se nos pueda acusar de extrapolar el problema si decimos que la artillería cervantina iba dirigida contra los libros de caballerías como tales; pero más aún y sobre todo contra el cúmulo de fantasías, falsedades y mentiras que contenían. Las cuales eran narradas como hechos reales y beneficiosos, a pesar de ser bien capaces de secar el cerebro de las gentes.

Si se examinan detenidamente, tanto el contenido como la ideología contenida en los libros de caballerías, se pueden dar por establecidas tres conclusiones:

Primera: Los hechos y aventuras narrados en ellos son tan fantásticos e irreales, además de disparatados, que pueden ser considerados con toda tranquilidad como absolutamente mentirosos.

Segunda: A pesar de lo cual son presentados como beneficiosos. Realizados por héroes y heroínas, valientes y generosos, que no pretenden otra cosa sino el bien de sus semejantes y el restablecimiento de la paz y de la justicia. Dicho de otra manera, persiguen enderezar los entuertos de los que está lleno el mundo, puesto que eso es lo que significa socorrer a los huérfanos, ayudar a los desvalidos (hoy se diría oprimidos por la clase burguesa), proteger a los pupilos y viudas, castigar a los malvados, restablecer la justicia, etc. Tercera: Pese a la puesta en escena de un conjunto tan disparatado como irreal, los hechos y aventuras son presentados, no solamente como reales y posibles, sino como el mejor y único camino para lograr el restablecimiento de la justicia y la paz en la sociedad humana (hoy se hablaría del Nuevo Orden Mundial, de la Nueva Edad, etc.).


Si dejamos aparte las Utopías de los clásicos (Platón, con su República; o Santo Tomás Moro, con su isla de Utopia), cuya influencia queda limitada casi exclusivamente al campo de la literatura, lo que hoy conocemos como utopías son los objetivos a los que apuntan las ideologías como metas a conseguir. Objetivos ofrecidos y presentados como maravillosos y repletos de promesas para el ser humano; pero cuya falsedad los relega inevitablemente al reino de la fantasía y de la ensoñación. Lo cual no impide que sirvan como eficaz señuelo para engañar a las masas; no en vano la falsía parece poseer un extraño poder de seducción sobre el ser humano, puesto que después de todo el Príncipe de este Mundo no es otro que el Diablo (Jn 12:31), calificado también por Jesucristo como el Padre de la Mentira (Jn 8:44). Por lo demás, es indiferente que quienes las propugnan crean en ellas o no, porque su contenido y la base en la que se fundan son siempre la mentira y nada más que la mentira. Otro error que suelen cometer las gentes con respecto a las utopías es el de limitar su actualidad al campo de la vida civil. Cuando en realidad han invadido con fuerza el recinto de una Iglesia en la que, conforme a las profecías (Mt 24:11), parecen actuar impunemente multitud de embaucadores, seduciendo a muchos.

Es imposible negar que las modernas tendencias de pensamiento con carta de naturaleza en la Iglesia, más o menos tocadas de neomodernismo, han dado cabida en ella a utopías cuya eficacia y éxito han influenciado hasta lo increíble la mentalidad de multitud de creyentes. Aparecen con la fuerza y vigor de modernas y rejuvenecedoras teologías, dispuestas a edificar la Nueva Iglesia que a toda costa trata de ser impuesta por la Edad Nueva y el Nuevo Orden Mundial.

Son más numerosas de lo que la gente cree. Citaremos algunas, de forma resumida y lo más brevemente posible:

En primer lugar, la del Pacifismo. La cual está convencida de la posibilidad de alcanzar en todo el orbe una paz definitiva. Aunque entendida la paz al modo mundano, enteramente distinto, por otra parte, del modo cristiano (Jn 14:27). Bastantes Jerarcas y responsables de la Iglesia han hecho suyo este concepto–utopía de la paz, como lo demuestran algunos solemnes discursos al respecto ante lo ONU; muestras flagrantes, por lo demás, de actuaciones carentes de sentido, y absolutamente ineficaces.

Siguiendo un cierto orden de importancia, es obligado colocar en segundo lugar a la utopía del Diálogo. Extraño y nuevo instrumento al que se le atribuyen poderes mágicos; como el de lograr resolver todos los problemas, una vez aplicado y como ex opere operato, a cualquier dificultad, por insoluble que parezca. No se le concede importancia al hecho de que, hasta la fecha, en materias como la del Diálogo Ecuménico, no haya obtenido otro resultado sino el de que sea la Iglesia Católica la que siempre ceda haciendo concesiones; pero sin que nadie haya visto jamás contrapartida alguna por las otras partes dialogantes.

Constituiría una grave falta no hacer pronta memoria de los derechos humanos, sin ninguna referencia a la Ley Natural o a la Ley divina. Una de las mayores utopías que la raza humana ha sido capaz de inventar, y en la que viven y de la que se alimentan numerosos Pueblos.


Desgraciadamente ha conseguido arraigar también dentro de la Iglesia, donde son muchos los Pastores e Instancias influyentes que se acogen a ellos; y aun con un mayor asentimiento del que prestarían al misterio trinitario. Abundan los Documentos, Alocuciones, Discursos y Predicación en general, que utilizan como fundamento de sus exhortaciones los derechos humanos, conectados a veces también con la Constitución de éste o de aquél país. Olvidando sin duda que las leyes puramente humanas, como producto elaborado por los hombres, fácilmente pueden ser modificadas o abrogadas por ellos mismos. Quizá convendría recordar a un buen número de Pastores acomplejados, quienes a fin de congraciarse con el Mundo no vacilan en sustituir la Palabra de Dios por preceptos humanos, la consigna del Apóstol San Pablo: Yo no me avergüenzo del Evangelio (Ro 1:16).

La utopía de la Nueva (y Única) Iglesia, en la que tendrán cabida todas las religiones, incluidas las que no creen en dios alguno. Ha dado lugar, como raro fruto, a un extraño Ecumenismo sincretista en el que la Iglesia Católica queda relegada a la condición de una más; desde el momento en que todas las Iglesias, de una manera o de otra, son portadoras de la totalidad o de parte de la verdad. Se le atribuye la responsabilidad con respecto a la pérdida de la fe y a la deserción de innumerables católicos.

Con todo, aún ha tenido más cabida la del cristianismo fácil, o prêt a porter. Abarca todo un conjunto de fantasías tranquilizadoras. Como la del cristianismo anónimo, para el que todo el mundo es bueno y todo el mundo se salva; por lo cual ya no hace falta el Infierno; o bien no existe, o en todo caso a lo más está vacío. Es paralela a la que predica la bondad de un Dios comprensivo y Padre que no puede condenar a nadie. Por desgracia olvida que, además de misericordioso, Dios es también justo.

Éxito rotundo ha obtenido la utopía de la moral a decidir por cada individuo, en la que cada uno actúa según su propia verdad. Ha logrado el milagro de hacer compatibles con el catolicismo opiniones y actitudes que, si bien fueron consideradas en otro tiempo como aberrantes y contrarias a la Fe, ahora son aceptadas y hasta aplaudidas. Ya son buenos católicos, por ejemplo, aptos para recibir cualquier sacramento, los partidarios del divorcio, del aborto, de la eutanasia, de las uniones de homosexuales, etc. ¡Atrasadas Edades y Tiempos Oscuros aquellos en los que no se creía en la cuadratura del círculo…!

Inenarrable ha sido la acogida alcanzada por la utopía de la Primavera de la Iglesia. La cual cuenta, entre sus logros asombrosos, el de presentar a esta última como gozando de un verdadero estado paradisíaco, tal como jamás hubiera sido soñado en siglos pasados. Y aun otro de ellos ha consistido en convencer a todo el mundo de que lo blanco es negro: y así por ejemplo, no son sino pesimistas, derrotistas, oscurantistas, enemigos del progreso y ajenos al espíritu del Concilio, quienes piensan que la realidad de la situación es totalmente otra. Aunque ninguna ha sido tan aplaudida, ni se ha visto tan extendida, como la propugnada por la Teología de la Liberación, cuya falacia de su auténtica interpretación del Evangelio —¡al fin!— en favor de los oprimidos (en realidad puro marxismo) ha sojuzgado y descristianizado a gran parte de Hispanoamérica.

Por no hablar del nuevo concepto de la teología y de la Iglesia preconizados por el visionario Teilhard de Chardin. Quien, con sus fantasías del Cristo Omega y de la Evolución del Universo, ha conseguido un éxito sin precedentes en la tarea de difuminar la figura histórica de Jesucristo.

Si se tiene en cuenta que la sociedad moderna (en todo el mundo) vive alimentada y orientada (desorientada) por las utopías, al paso que camina sobre la base del lecho de arenas movedizas de la mentira, podrá comenzar a entenderse la importancia del tema. Es preciso insistir en que el problema, tal como aquí se plantea, no era ajeno a la mente de Cervantes. Como lo insinúa, por ejemplo, lo que dice en plena tarea del expurgo del libro de Tirante el Blanco, uno de los salvados de las llamas purificadoras. Las mismas que habían sido encendidas, en forma de hoguera, por el Cura y el Barbero a fin de acabar con los libros de caballería de nuestro héroe. Hoy no habrían dado abasto en encender fogatas y, con todo, no serían suficientes; tal es la abundancia y diversidad del material para engañar que utiliza el Mundo:

—¡Válame Dios!— dijo el cura, dando una gran voz—. ¡Que aquí esté Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está Don Quirieleisón de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo; aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros deste género carecen.

A pesar de la descarada burla de Cervantes, que se huelga aquí en divertirse trayendo a colación nombres ridículos de caballeros, de doncellas y de señoras, es interesante anotar el inciso:

Es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros deste género carecen.

Puesto que en él se contempla un evidente descenso al mundo de la realidad y de la normalidad. Que es lo mismo que decir al mundo de la verdad ordinaria del quehacer diario. El hecho de que aquí los caballeros duerman y mueran en sus camas, además de hacer testamento antes de su muerte, es una clara alusión al final y culminación de su obra: cuando Don Quijote, recobrado ya su sano juicio y convertido otra vez en Alonso Quijano el Bueno, redacta su testamento y muere en paz con la Iglesia, con su familia y con todos sus semejantes.

Queda claro, por lo tanto, que la diatriba de Cervantes no va dirigida contra los libros de caballerías por el mero hecho de ser libros de caballerías. Ni siquiera pretende, en último término, acabar con las mentiras que contienen en cuanto que son mentiras. Lo que realmente intenta —algo que suele pasar más desapercibido— es denunciar el daño que tales falsedades ocasionan (sobre todo) a las gentes sencillas. Puesto que se presentan como solución contra las injusticias, e incluso como el método seguro para conseguir un mundo mejor, no se tiene en cuenta que ocultan el hecho de que no son sino utopías. Se trata de puras elaboraciones intelectuales que además de no ser útiles para nada, por cuanto sus fantasías carecen de base real, engañan y perjudican al común de muchas gentes de buena voluntad que, consciente o inconscientemente, ansían un mundo distinto y más perfecto. La deshidratación del cerebro según Cervantes, o la comedura de coco según nosotros, es una realidad que está ahí, y que en nuestras sociedades modernas, poseedoras de tecnologías que hubieran sido impensables en el siglo de Cervantes, actúa con enorme eficacia en cuanto a manipulación de masas se refiere.

El creyente de hoy que busca a Dios con buena voluntad, a través de una constante lucha por mantenerse fiel a la verdadera Fe, se siente ahogado por un Catolicismo que ha sido invadido por multitud de utopías. ¿Y cómo hacer para no errar el camino…? Ante todo, consciente de la situación, debe permanecer vigilante ante la multitud de seductores que pululan por todas partes: Hijitos: que nadie os engañe (1 Jn 3:7). Y nadie es engañado, efectivamente, si no ha hecho previamente su opción por la mentira.

Pero el objetivo al que apuntan todas las utopías no es otro, en último término, que el de implantar las diversas formas de tiranía. De tal manera que un mundo engañado se convertirá en un mundo de esclavos. Ante lo cual no hay sino un remedio eficaz, proporcionado precisamente por el mismo Jesucristo, como no podría ser de otra manera. Consiste, en primer lugar, en mantenerse fiel a sus palabras, lo cual equivale a guardar sus enseñanzas. De este modo, en segundo lugar, se alcanzará indefectiblemente el conocimiento de la verdad. Hasta que por fin, y a través de ese conocimiento, se llegue a desembocar en la auténtica libertad. Los tres pasos han sido taxativamente señalados por el Señor: Si permanecéis en mi palabra seréis mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn 8: 31–32).

De acuerdo —dirá alguno—, pero ¿cómo ha de hacerse para permanecer fiel a sus palabras…? Y la respuesta —una vez más— no puede encontrarse en otra parte sino en el amor. No es seducido por el engaño quien meramente ha extraviado el camino por un error de conocimiento, sino aquél que ha fallado en el amor. Y así es, puesto que todo es cuestión de amor. Lo dice el mismo Jesucristo con palabras claras: Si alguno me ama, guardará mi palabra… El que no me ama no guarda mis palabras (Jn 14: 23–24). De ahí la bella expresión de San Juan de la Cruz: A la caída de la tarde de nuestra vida seremos examinados del amor.

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