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El Misterio de la Oración

El Padre Alfonso Gálvez ha escrito sobre la Oración, hermosa y ampliamente, de forma directa e indirecta, muchas veces en sus libros y editoriales. En El Misterio de la Oración intenta dar al lector una pequeña visión de la profundidad y la realidad de la oración mística o contemplativa. 


El Padre Gálvez afirma al principio que simplemente no es posible aprender a practicar la oración contemplativa: ni en tres días ni en mil años, ni siquiera si uno fuera capaz de vivir cien mil vidas. La oración contemplativa es algo esencialmente sobrenatural y un don gratuito de Dios que Él concede a quien quiere y cuando quiere; por eso... nadie puede merecerla, pues pertenece a un nivel tan elevado que las fuerzas naturales del hombre no pueden alcanzarlo.


El autor está a la altura de los dos grandes místicos y doctores de la Iglesia españoles, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Los tres tienen más en común que su tierra natal. Cada uno de ellos ofrece a los lectores una visión inestimable sobre el tema de la oración. Sin embargo, ambos Doctores Místicos ofrecen un método que el Padre observa que tiene algunos puntos oscuros, o aparentemente austeros, contenidos en su espiritualidad: Santa Teresa habla de un método más pasivo de contemplación en el que una lluvia suave de gracia puede ser recibida por el alma sin esfuerzo. San Juan destaca en su doctrina que el alma debe despojarse de absolutamente todo: abrazar la Nada. La Noche de los sentidos y del espíritu.


El amor del Padre por estos dos notables santos y doctores de la Iglesia es evidente y tierno. Ha estudiado sus vidas y reflexionado sobre sus enseñanzas a lo largo de muchos años. Pero el Padre se desvía de sus métodos en un momento dado, cuando pone en primer plano su propia doctrina de la espiritualidad que pone de relieve una bellísima realidad, aparentemente ignorada en toda su plenitud y sencillez por ambos místicos, y que se esfuerza por salvar el abismo entre el Creador y su criatura: precisamente, la naturaleza humana de Jesucristo. Es a través de su humanidad que Cristo se vincula con nosotros y nos ama a cada uno; es por medio de su humanidad que podemos devolver ese amor, de una manera humana, ahora elevada por la gracia.


Es esta elevación de la persona humana por la gracia, gracia comprada a través de los sufrimientos y de Cristo, junto con su aceptación de la condición humana, que permite al hombre compartir, en un nivel de igualdad, una relación de amor con Dios: una relación de amor divino-humano. Simplemente porque quiso ser uno de nosotros: su deseo, como dice el Padre, de sentir en su carne nuestro sufrimiento, que no es más que el resultado de un amor tan grande que no puede soportar vernos sufrir sin hacer suyos nuestros sufrimientos. Esto significa que quiso sufrir no sólo por nosotros, sino también con nosotros. Y ahí está el quid de la cuestión: La oración contemplativa no es otra cosa que amor. 


El Padre habla de este amor, de esta relación divino-humana de amor, en términos concretos y muy reales. Aunque la poesía y las metáforas y las imágenes entran en juego, porque las palabras no siempre sirven, la relación de amor entre Jesucristo y el Alma es un encuentro muy real. En la naturaleza del amor, es el compartir una vida; en la vida y la muerte de un cristiano, se equipara a la vida y la muerte de Jesucristo, con todo el valor que ello conlleva.

 

El Padre subraya la necesidad absoluta de la bilateralidad y la reciprocidad en el amor: toda la exposición de la relación divino-humana del amor gira en torno a ellas. Los dones entre los amantes consisten en esto: que cada uno da al otro todo lo que tiene, incluso su propia vida; y en esa vida hay una relación directa entre el sufrimiento y la alegría: da igual que el alma llegue a la presencia del Señor en la ferviente alegría de la intimidad del amor o si es llamada a compartir con Él las penurias de Su cruz. Pero no hay duda de que, en cualquiera de los dos casos, es para ella un tiempo de Perfecta alegría.


A lo largo de la obra, el Padre se refiere a la ternura del amor tan bellamente retratada en el Cantar de los Cantares del Antiguo Testamento, que es la base del pensamiento del Padre. Ese concurso de amor, el dar y recibir, la reciprocidad que es la base de cualquier relación de amor humano: Esta es la razón por la que tomamos como punto de partida el comportamiento en la relación amorosa puramente humana, como hace el Cantar de los Cantares. De este modo es posible describir la relación divino-humana con términos expresivos e inteligibles, parecidos a los que se utiliza para describir la forma en que opera el amor meramente humano, como la búsqueda mutua del Esposo y de la Esposa, las justas y los torneos en su relación de amor; términos tiernos y afectuosos en su mutua afinidad; sus anhelos recíprocos a causa de sus ausencias; su espera, cada uno por el otro...


Cuando las palabras en su sentido habitual no tienen la capacidad de expresar su nivel de pensamiento, el Padre hace lo que tantas veces hace: recurre a la poesía; canta. La mayoría de los poemas contenidos en esta obra son originales del Padre. Él mismo lo explica: Estoy convencido de que [sus poemas] aportan a esta obra un relativo sentido de la belleza y un ambiente de alegría y luz que, al fin y al cabo, son tan necesarios en un mundo que parece haber optado por la fealdad y la oscuridad. Además, es necesario introducir la poesía en los tratados sobre la oración... Y la belleza, la ligereza y la alegría que aportan no sólo como equilibrio del tema, sino como esa alegría que produce un corazón puro e infantil. El Padre convierte la oración en un canto de amor.


Así como el Padre afirma rotundamente que nadie puede hacer justicia a una exposición sobre la oración (y posteriormente amor) mediante el uso de palabras, también es cierto que nadie puede hacer justicia a un comentario sobre su libro. Explica su razón para escribirlo, y su explicación refleja los elevados sentimientos que el lector ha percibido de alguna manera para sí mismo durante toda la lectura:


…porque a mí por lo menos me ha servido, al mismo tiempo que la redactaba, para dar paso a ilusiones y nostalgias acerca de lo que en ella se dice. Junto al deseo de que algo siquiera, de lo que la obra pudiera contener de hermoso, fuera realidad algún día en mi alma. Por lo demás, aun en medio de tantas vicisitudes y de tan numerosos altos y bajos, siempre ha estado mi alma repleta de añoranzas e ilusiones sobre Dios. Añoranzas y deseos desde siempre soñados, no siempre acompañados de los suficientes esfuerzos y, como era de esperar, nunca alcanzados. Pero si el justo vive de la fe, según afirmaba San Pablo, también es verdad que lo sostiene la esperanza. La misma que se basta de por sí para suministrar una primicia de la Perfecta Alegría y mantener en nuestro corazón encendida la llama de que algún día, en el momento quizá más inesperado, el Perfecto Amor llamará a nuestra puerta.

El Misterio de la Oración

10,00$Precio
  • Pasta blanda - Español

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