Tres Posturas ante la Crisis del Catolicismo (I) Imprimir E-mail
Jueves, 08 de Octubre de 2009 15:38

Ante la crisis que actualmente sufre la Iglesia, la más profunda quizá de todas las que ha padecido en su historia, caben tres Posturas diferentes a adoptar por parte de sus miembros. Dos de ellas son extremadamente fáciles de seguir, mientras que la tercera supone para sus partidarios un cúmulo de dificultades y de problemas. Las vamos a llamar aquí, simplemente por mor de la simplificación y de la facilidad, Posturas A, B, y C.

 

La Postura A es sencilla de entender y relativamente fácil de adoptar. Se suscriben a ella algunos católicos convencidos que piensan que cierto número de principios, a los que hay que añadir enseñanzas del Magisterio, además de ser inmutables son también intangibles; mientras que olvidarlos, escamotearlos o falsificarlos, es por el contrario atentar contra la Fe. Que es precisamente lo que ha hecho —según los partidarios de esta posición— la actual Jerarquía de la Iglesia. Admitido eso, y ante la imposibilidad de llegar a ningún entendimiento, los seguidores de la actitud A han optado por cortar el vínculo que les unía a la Jerarquía. Todo ello con el fin de mantener los principios, y a pesar de que el Derecho Canónico tipifica tal comportamiento como cismático.

 

Preciso es reconocer honradamente la verosimilitud de lo que defiende esta Postura, en cuanto que parece cierto al menos casi todo lo que propone. Y es de alabar también la honradez y entereza de sus seguidores, en los que se puede suponer la mejor de las intenciones.

 

Adolece, sin embargo, esta Posición —al menos así es como yo lo entiendo— de un fallo importante que afecta precisamente a uno de los principios que dice mantener: la fidelidad y sumisión a la legítima Jerarquía, por muy inoperante y mundana que pueda parecer en el mejor de los casos, o incluso corrupta en el peor de ellos. Lo cierto es que un fiel católico no puede prescindir nunca del principio fundamental nada sin el Obispo, nada sin la Iglesia. Por lo demás, como se sabe, los casos de corrupción de la Jerarquía, incluso en sus más Altas Esferas, no son enteramente extraños a la sufrida historia de la Iglesia. Y sin embargo, nunca los verdaderos fieles se han sentido por eso justificados para romper con ella: Donde está Pedro, allí está la Iglesia.

 

El problema es ciertamente tan grave como delicado, como corresponde a los difíciles tiempos en los que vivimos. En cuanto a la posible sumisión a una Jerarquía mundana, y hasta dudosamente fiel a los principios de la verdadera Fe y de la sana Tradición, parece que constituirá una de las pruebas que el Señor permitirá que sufran sus discípulos; sobre todo cuando se aproximen los últimos tiempos (Mt 24:15). Si la participación en los sufrimientos de su Señor ha sido siempre la condición del verdadero fiel, es evidente que, hacia el tiempo de aproximarse la gran confrontación final, esa posibilidad habrá llegado a su clímax. Y existe algo también que los auténticos discípulos no olvidan; cual es que la participación en la cruz del Señor, si bien no puede ser sobrellevada sino bajo hombros doloridos, ni contemplada sino con ojos cargados de lágrimas, es en realidad algo glorioso y un anticipo de la Corona final.  (Continuará)