Si la sal se vuelve sosa... (IV) Imprimir E-mail
Sábado, 31 de Octubre de 2009 11:38

Que el sentido y la significación litúrgica del valor sacrificial de la Misa tradicional o de San Pío V (Rito Extraordinario) son superiores a los de la Misa de Pablo VI (Rito Ordinario), es cosa tan evidente que está fuera de discusión. Solamente podría ser negada por quien se empeñara en no ver la realidad.

 

Tampoco es posible negar que el sentido sacrificial de la Misa queda bastante diluido en la del Novus Ordo. Es una afirmación tan imposible de ser rechazada como que se basa en hechos comprobados, ciertos y seguros. Lo vamos a tratar de exponer de forma resumida, teniendo en cuenta que no es éste el lugar para un estudio teológico y amplio de la cuestión.

 

En primer lugar, por la intención, reconocida y confesada, de quienes estructuraron el Novus Ordo, y aun del mismo Papa Pablo VI, de acercarse en lo posible a la teología protestante. Con intenciones ecuménicas, por supuesto. El deseo de tender un puente partía de la base de que, como es sabido, la teología protestante rechaza el carácter sacrificial del Sacrificio Eucarístico.

 

Tal intención se plasmó a su vez en hechos concretos y comprobados. Casi la mitad de los componentes de la Comisión que elaboró la reforma de la Misa eran peritos protestantes, e incluso nada se hizo sin su aprobación y consentimiento. Por lo demás, el hecho como tal es imposible de negar, puesto que fue reconocido oficialmente, además de hecho público y aireado en todos los media de comunicación.

 

Con todo, todavía no es eso la parte más inquietante del asunto. El segundo hecho a anotar aquí se refiere al reconocimiento del carácter masónico del Arzobispo Presidente de la Comisión. Una vez que tal situación adquirió carácter de cosa demostrada y patente ante el Papa, Pablo VI depuso del cargo a dicho Presidente y lo envió para otro cargo oficial lejos de Roma. Aunque, de todas formas, el trabajo estaba ya hecho y quedó intacto y tal como estaba.

 

Habrá que insistir en que aquí nos estamos refiriendo a hechos concretos y comprobados; y de ningún modo a teorías o hipótesis más o menos fundamentadas. Y los hechos —habrá que repetirlo— están ahí.

 

Es verdad que, por sí solos no son suficientes para demostrar el posible carácter heterodoxo —o si se quiere, menos conforme a la recta doctrina— de la nueva Misa. Dado que, aparte de las conclusiones de los peritos o de las elaboraciones definitivas de la Comisión, el Papa tiene autoridad para aprobar o rechazar lo que estime conveniente. Sin embargo, todo el mundo estará conforme en que tales circunstancias son, por lo menos, altamente preocupantes para el conjunto de los fieles; habida cuenta, sobre todo, de la transcendencia del tema para toda la Iglesia.

 

También es cierto que, con no poca frecuencia, los hechos o los acontecimientos por sí solos son insuficientes para ser juzgados. De ahí la conveniencia, y aun la necesidad, de examinar también las consecuencias a fin de llegar a conclusiones más seguras. Desgraciadamente sin embargo, por lo que hace a este caso, las derivadas de la puesta en práctica de la nueva liturgia no han podido ser más preocupantes. Si todavía hay alguien que se atreva a negarlo, no tiene más que abrir los ojos a la realidad de la Iglesia actual.

 

Una de ellas se refiere al lenguaje utilizado. La introducción de las lenguas vernáculas en la Liturgia, en sustitución del milenario latín, fue una determinación que, a no dudarlo, estaba animada por las mejores intenciones. Su objetivo no era otro que el de hacerla accesible y comprensible a los fieles, facilitando de esta manera un incremento del fervor y de su participación activa en ella. Fue necesario, por lo tanto, dejar las nuevas versiones en manos de las diferentes Conferencias Episcopales, bajo la condición de que las traducciones serían revisadas y definitivamente aprobadas por Roma.

 

Pero el número de idiomas y dialectos existentes en el mundo se cuenta por un número que se eleva a bastantes millares; por lo que creer que el Vaticano podría controlar a todos ellos supone un exceso de fantasía y angelismo. Cuyos resultados están a la vista. Pronto aparecieron versiones a las lenguas vulgares a las que tachar de mediocres y poco serias hubiera sido hacerles favor. Con demasiada frecuencia fueron manipuladas, mal traducidas y hasta tergiversadas. La grandeza y severidad del latín, junto a algo todavía más importante cual es la seguridad en la expresión de las verdades dogmáticas y reveladas, parecieron haber desaparecido para siempre. Efectivamente la Liturgia se hizo así más asequible al Pueblo; aunque también más zafia y vulgar. Y dígase lo que se quiera, la ordinariez no es el mejor medio para fomentar la devoción.

 

La manipulación llegó a alcanzar grados de verdadera osadía…, por no decir de peligrosidad. Como todo lo que pueda referirse a la manera de tratar las verdades dogmáticas.

 

Conocido es lo sucedido con las palabras de la consagración del cáliz. El por muchos, referente a la salvación y redención, fue sustituido por un por todos que supone, nada más y nada menos, que introducir un cambio en todo un tratado de Teología. Bien es verdad que al cabo del tiempo Roma promulgó unas Instrucciones, dirigidas a las Conferencias Episcopales de todo el mundo, a fin de que, en el plazo máximo de tres años, el texto fuera corregido conforme al original y propio. Sin embargo ha transcurrido el tiempo y todavía hoy, después de haber sido superado con creces el plazo fijado, en ningún lugar ha sido corregida la modificación; ni tampoco Roma ha vuelto a urgir el mandato. Y dado que se trata de una parte sustancial e intocable del Sacrificio de la Misa, el tema es más delicado de lo que podría parecer.

 

Está visto y comprobado que no bastan las buenas intenciones, y de hecho suele decirse que el Infierno está lleno de ellas. De ahí la conveniencia, según aconseja la prudencia y más aún cuando la decisión a tomar se refiere a un tema grave, de sopesar con cuidado las posibles consecuencias. En definitiva, los pros y los contras de los resultados que cabe esperar; bien transcendentales por cierto en este caso. Y esto no es todo todavía.  (Continuará)