| Si la sal se vuelve sosa... (II) |
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| Domingo, 25 de Octubre de 2009 09:15 |
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La infiltración de sectas como el budismo (no es la única) en el catolicismo es, sin duda alguna, un asunto grave. La cosa se ha hecho posible desde el momento en que se ha bajado la guardia y se han derribado las murallas de contención, lo que quiere decir desde que las verdades de la Fe han dejado de ser consideradas como intangibles; y también desde que se ha dado entrada en la Iglesia a inexplicables ecumenismos y extraños sincretismos. O por decirlo de manera más fácil, desde que se ha empezado a pensar que todas las religiones son iguales, o al menos igualmente válidas como instrumentos de salvación. Se acabó la Unam Sanctam. Ahora hay disponibles en oferta variadas alternativas para elegir; a la carta y según gustos. Con todo, no es ése el problema más grave que aqueja a la Iglesia en estos momentos. Ni mucho menos. Ahora, por ejemplo, han de hacer frente los católicos al delicado y agudo problema de la Misa. Y nos referimos a una reñida pugna que está ocurriendo en el seno del catolicismo: La Misa Conciliar, o de Pablo VI, versus Misa Latina o de San Pío V; más conocida esta última, aunque impropiamente, como Misa Tridentina.
Para la inmensa mayoría de los católicos no existe el problema como tal problema. Se trata —o así lo piensan ellos— de una mera disputa intrascendente entre tradicionalistas conservadores y los católicos surgidos del Vaticano II, partidarios del progreso. Coinciden, sin embargo, unos y otros en que todos ellos pretenden ser los valedores de la fidelidad a la Iglesia. Pero, aunque eso es lo que se le ha hecho creer al común de los fieles, tal planteamiento no puede estar más lejos de la verdad. Porque lo que aquí está en juego, aunque de hecho pase desapercibido para la gran mayoría, es nada menos que el sentido de la Misa y, en un estrato más profundo, el carácter de la Redención y el significado de todo el cristianismo. Casi nada, por decirlo así. Aunque se pone buen cuidado en no hablar del tema, e incluso se puede adivinar la intención de ocultar la situación, la verdad es que existe hoy día, en el seno de la Iglesia, una feroz campaña para desarraigar y hacer desaparecer para siempre la Misa de San Pío V. Quienes piensen que esta afirmación es exagerada, pueden acudir a consultar a una multitud de infelices católicos, esparcidos por aquí y por allá en grupos a menudo aislados. Son los que se obstinan celosamente en mantener, tanto los principios de lo que piensan que es la verdadera Fe, como las auténticas tradiciones de las que siempre ha vivido la Iglesia. Estos tales, por lo general despreciados, nunca atendidos ni escuchados, considerados como nostálgicos conservadores, como ajenos además a un pretendido espíritu del Concilio, y hasta como traidores a la Iglesia y enemigos del progreso…, se empeñan desesperadamente en conseguir de sus Obispos un miserable permiso, ateniéndose a una disposición emanada del mismo Santo Padre, para que se les conceda —¡una vez al mes! — celebrar y asistir a la Misa que la Iglesia ha venido celebrando durante siglos y siglos. Y, si bien en ningún momento han pensado en dejar de ser fieles a la Iglesia o en desobedecer a la Jerarquía, nada de eso importa para los partidarios de la modernidad. Pero en realidad, pocos han pensado, por ejemplo y por lo que se refiere a España, que desde que el Papa Benedicto XVI promulgó el conocido Motu Propio sobre el tema en Julio de 2007, ni un solo Obispo ha celebrado, que se sepa, la Misa de San Pío V. Algunos argumentarán diciendo que el Santo Padre tampoco lo ha hecho. Lo cual es absolutamente cierto. Aunque también debe reconocerse que, si algo prueba tal circunstancia, es precisamente lo que aquí se viene diciendo. Si alguna cosa aporta ese hecho al problema, y aun respetando las justas razones que hayan aconsejado al Papa a obrar de esa manera, habrá que relacionarlo con la posibilidad de aumentar todavía más la perplejidad de muchos. En cuanto a las facilidades otorgadas a los fieles para su celebración, además de las manipulaciones operadas en las condiciones expuestas en el Motu Propio, aumentándolas y exagerándolas e incluso inventando otras nuevas, se han acumulado tal cúmulo de objeciones y cortapisas, y establecido tantas exigencias, que los Pastores —los mismos que se apresuran a pregonar su fidelidad al Santo Padre y al Concilio— han logrado convertir el intento de celebrar esta Misa en empresa heroica sólo para arriesgados. ¿A qué se debe, por lo tanto, este aparente odio contra la Misa que durante siglos y siglos ha alimentado la vida espiritual de tantos santos y de tan numerosos mártires y, en definitiva, de tantos millones de cristianos? Y la respuesta, desde luego, no es fácil de aportar. Sin embargo algo parece deducirse con suficiente claridad. Cual es el hecho de que no es sencillo hallar para el caso una explicación puramente humana. Pues no existen argumentos lógicos o razonables para justificar una campaña que incluso está siendo alimentada desde Altas Esferas de la Iglesia. Todo lo cual parece dar a entender, y si es que se quiere encontrar algún principio de explicación razonable, incluso a riesgo de provocar el escepticismo y la burla de muchos, que queda abierto el camino para pensar en la influencia y la labor de los Poderes sobrehumanos de las tinieblas. Al fin y al cabo son ellos los que jamás han cesado de combatir a Jesucristo y a su Iglesia. (Continuará) |



