| San Francisco y la Modernidad (II) |
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| Jueves, 09 de Septiembre de 2010 11:31 |
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San Francisco fue en todo momento fiel a la Iglesia. Con una obediencia semejante a la de su Maestro Jesucristo, es decir, hasta la muerte (Flp 2:8). Aceptó que sus ideales de vivir seriamente el Evangelio —en su literalidad— no fueran comprendidos ni aceptados; y tampoco le importó ser tenido por excéntrico y extremista. Por eso fue tratado por la Iglesia con entera justicia y suma reverencia, hasta el punto de considerarlo, hasta el día de hoy, como uno de sus Santos más brillantes. De todas formas, fue para su tiempo un personaje de ideales inviables y exagerados. Así lo pensaron los Papas con quienes hubo de tratar, el Cardenal Hugolino su Protector, y hasta personajes tan circunspectos como San Antonio de Padua (uno de sus hijos espirituales, contemporáneo del Santo) y el mismo San Buenaventura (uno de sus cercanos sucesores en el generalato de la Orden). Las sucesivas Mitigaciones de la Regla que, por obediencia, se vio obligado a aceptar, se apoyaban siempre en el mismo fundamento: Dada la inviabilidad de un Evangelio tomado al pie de la letra, era necesario encontrar fórmulas que lo hicieran más razonable y capaz de ser aceptado por unos seguidores que, al fin y al cabo, se sentían seres humanos y no héroes o titanes.
Suele decirse, con bastante verosimilitud, que la Historia es Maestra de la Vida. Por lo que no deja de ser un hecho lamentable que la repetición de situaciones casi nunca sea aprovechada por los hombres para obtener provechosas lecciones; cosa que sucede con más frecuencia de la que sería deseable. Pues bien; he aquí algo que, por asombrosa maravilla, ha pasado desapercibido a los estudiosos. Cual es la similitud de la situación a la que se enfrentó San Francisco con la doctrina propugnada por el Modernismo actual. El cual pretende en realidad, hacer un Evangelio más razonable y mejor adaptado a la mentalidad moderna; de tal manera que pueda ser aceptado por el hombre de hoy. O al menos eso es lo que parece, por parte del Modernismo. Pues las diferencias entre una y otra situación son demasiado profundas para que pasen desapercibidas. El recelo, o la no aceptación práctica del Evangelio, por parte del Medievo, son puramente externos. Mientras que el rechazo de la Revelación, por parte del Modernismo, es enteramente interno. Lo que quiere decir que la época de San Francisco jamás dudó de la verdad del Evangelio (incluso en toda su literalidad), aunque, en cualquier caso, sí que puso en duda la capacidad de los hombres para llevarla a cabo; o bien por la gran mayoría de ellos. Mientras que el rechazo del Modernismo obedece al deseo de racionalizar el Evangelio; o de reducirlo a la medida e interpretación de las categorías de pensamiento del hombre de hoy. Al menos eso es lo que parece deducirse de una primera aproximación al Modernismo. Y en realidad así es como se presenta esa doctrina; e incluso es lo que creen entender de ella los que piensan de sí mismos que son los más avisados. Sin embargo, tal interpretación no supone en absoluto toda la verdad. En realidad, ni siquiera contiene ninguna verdad. El Medievo era portador de una Fe incondicional y absoluta en la Palabra de Dios Revelada. Las herejías —las cuales han existido en todas las épocas— atacaban a alguna verdad concreta de la Fe, y eran fácil y prontamente condenadas y abortadas por el Magisterio de la Iglesia. Del Modernismo, en cambio podría decirse que ataca en cambio conjuntamente a todas las verdades de la Fe. San Pío X aseguraba firmemente que la herejía Modernista era, en realidad, el compendio de todas las herejías. Con todo, tampoco esto es toda la verdad. Sería difícil, además de absurdo, imaginarse al Modernismo elaborando una lista de dogmas y verdades de la Fe para negarlas una a una, o bien a todas en conjunto. Tal cosa supondría la ingenuidad de simplificar el problema. Puesto que lo que hace, en realidad, el Modernismo es atacar a la misma raíz y fundamento de la Fe.(1) Dicho de otra forma, el Modernismo significa la negación, total y absoluta, de todo el mundo de lo sobrenatural. La relación Dios hecho Hombre, llevada a cabo en la Encarnación del Verbo y proclamada por la Fe, ha sido invertida por el Modernismo por la del Hombre hecho Dios. No se trata de hacer un Cristianismo más y mejor adaptado a la mentalidad del hombre moderno, de tal manera que pueda ser aceptado por él. Tampoco de una más completa aplicación de las técnicas modernas de investigación para el mejor entendimiento de la Escritura Revelada. Tales eslóganes, y aun otros por el estilo, son los que proclama el Modernismo con miras a engañar a los ingenuos (los cuales, al fin y al cabo, son la especie más abundante en el mundo). Lo que pretende la Religión de la Nueva Edad es la deificación del hombre, mediante la liberación y superación de todos los mitos y creencias del pasado que se referían a una Divinidad trascendente. Dios no es, en realidad, sino una Idea que ha sido elaborada por el mismo Hombre; la cual ha ido evolucionando con él y que ahora, una vez que se ha llegado a la madurez humana en esta Tierra, es el momento de guardarla en el desván de los trastos viejos. El peligro —inmenso peligro— que esto supone para la Fe de los cristianos es doble: Por una parte, el Modernismo es un Maestro experto en el dominio del lenguaje. Jamás se presenta ante el común de los creyentes con los auténticos arreos de su doctrina. El empleo del lenguaje de doble sentido, de la ambigüedad, de las palabras de uso tradicional cristiano a las que se les asigna, sin embargo, un significado distinto, etc., son técnicas perfectamente dominadas por él. De otra parte, el Modernismo se ha infiltrado en la Iglesia de hoy y posee plena vigencia en la actualidad, puesto que cuenta con la más ferviente colaboración de gran parte de la Jerarquía; incluso en los grados más elevados. No tiene nada de extraño, por lo tanto, que gran parte del Culto que se lleva a cabo en el momento actual, así como infinidad de católicos que todavía aún se consideran tales, se hayan convertido en realidad, tanto el uno como los otros, en Modernistas sin saberlo. El fenómeno es tan grave, y de tan punzante actualidad, que merece ulterior y más detenida consideración. _____________________________ (1) Las palabras del Santo Papa eran exactamente las siguientes: Añádase que han aplicado [los Modernistas] la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas, una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, y ninguna que no se esfuercen en corromper (San Pío X, Encíclica Pascendi, n. 2). |
| Última actualización el Jueves, 09 de Septiembre de 2010 12:21 |



