San Francisco y la Modernidad (I) Imprimir E-mail
Domingo, 05 de Septiembre de 2010 00:00

Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que San Francisco de Asís no era un Santo cuya grandeza pudiera ser parangonada a la correspondiente a un producto de ofertas o de rebajas de Grandes Almacenes. San Francisco brilla con luz propia, sin discusión alguna, en el Santoral de la Iglesia.

Siempre he desconfiado de los productos de oferta u ofrecidos en las rebajas. Digan lo que digan, la disminución de precio corre siempre parejas con el recorte en calidad. En el mundo del Comercio no se regala nada.

La ley de la oferta y la demanda es quizá la primera que se aprende en la Ciencia Económica. El precio de los productos depende de ella inexorablemente. Una oferta abultada en cantidad suele responder, casi siempre, a poca calidad; o a una abundancia tal del producto que lo hace fácil de adquirir y, por lo tanto, poco apreciable. Si, por el contrario, la oferta es muy escasa y la demanda mucha, el precio sube; cada vez más, a medida que la primera disminuye y la segunda aumenta. Si los diamantes llegaran a ser tan abundantes como las patatas o los tomates, sin duda alguna que dejarían de ser tan apreciados y tan ansiosamente buscados.

De la ley de la oferta y la demanda no se libra ni siquiera la Historia de la Espiritualidad Cristiana. No es extraño, por lo tanto, que desde que el número de Santos en la Iglesia, a partir del Concilio Vaticano II, aumentó en cantidad exponencial (tal vez mayor), el aprecio y la devoción de los fieles por ellos hayan disminuido hasta casi desaparecer. Sólo Juan Pablo II canonizó y beatificó a más Santos que todos los otros Papas juntos a lo largo de la Historia de la Iglesia. Así es como la devoción a los Santos, como tantas cosas en el Catolicismo, ha pasado a la Historia: frase vulgar y corriente con la que se quiere expresar que es cosa fenecida.. En este sentido, bien puede decirse que el Concilio ha sido el gran archivador de cosas obsoletas en el desván de los trastos inútiles.

La devoción a los Santos fue siempre algo muy peculiar y esperanzador del Pueblo Cristiano. Eran admirados como héroes y verdaderos titanes, tanto en su amor a Jesucristo como en su valor testimonial ante el mundo. Los fieles los invocaban como intercesores ante Dios y los contemplaban como modelos a imitar. De una manera o de otra, siempre fueron objeto de una ferviente admiración. Las ciudades, los pueblos, los villorrios, y hasta las más humildes aldeas, tenían sus Santos Patronos, a los que el Pueblo invocaba con frecuencia en todas sus necesidades. También sus fiestas y conmemoraciones eran objeto de alegrías y de jolgorio entre los lugareños, a la vez que todo el mundo tenía a gala llevar el nombre de alguno de ellos.

Las cosas cambiaron, sin embargo, a partir del momento en que el invierno pareció cernirse sobre la Iglesia. Ahora casi todo el mundo tiene algún cuñado, o primo, o pariente, o conocido al menos, que ha sido canonizado. O algún vecino que vivió dos pisos más arriba, con el que frecuentemente se entablaban las breves conversaciones de ascensor. Alguien dirá que exagero. Ya lo sé, y es cierto. Pero se me concederá, al menos, que hay un gran fondo de verdad en todo esto.

Porque, efectivamente, la moneda de oro, preciosa y muy rara, ha sido sustituida, también aquí, por moneda corriente que circula en manos de todo el mundo. La prueba de que la abundancia del producto ha disminuido su calidad es bien patente: Lo demuestra el hecho de la supresión draconiana de los requisitos exigidos a seguir en los procesos de canonización. Podríamos comparar los existentes antes del Concilio con los trámites que son necesarios en la actualidad; lo que arrojaría un resultado que resultará impresionante para cualquiera que se moleste en averiguarlo. Existe información oficial, bien clara y expedita, que lo demuestra.

En cuanto a los milagros exigidos, ya no se mira tanto a la claridad contundente de su realidad de tales como a la importancia atribuida a otros elementos. Podríamos referirnos, por ejemplo, a criterios prácticos y políticos de conveniencia, de utilidad pastoral o ecuménica, etc., etc.

A este respecto, la figura del Serafín de Asís es algo a todas luces excepcional. Como todos los grandes Santos, la historia de su vida está llena de intuiciones tan geniales, y por eso mismo a veces tan extrañas, como sólo se les suelen ocurrir a los grandes hombres que ha conocido la Humanidad.

 Es por eso por lo que San Francisco fue tenido en su tiempo poco menos (o poco más) que un loco. E incluso en el nuestro, después de ocho siglos, sigue siendo un incomprendido, por más que sea admirado. Nada menos que se le ocurrió redactar unas Constituciones —la Regula (Regla)—, destinadas a su propia Orden, que siguieran el Evangelio al pie de la letra, sin más comentarios. Lo que quiere decir sin sustracciones ni añadiduras. ¿Pero acaso el Evangelio —así lo pensaba San Francisco— necesita alguna modificación que mejore las enseñanzas de Nuestro Señor? 

Claro que la Iglesia —Mater et Magistra— siempre ha desconfiado de los radicalismos. Y seguramente con razón. Un ser humano que crea a pies juntillas en el Evangelio, y que además se empeñe en practicarlo tal cual, se convierte en un elemento peligroso. La pobreza, por ejemplo, tal como está plasmada en el texto evangélico, se considera impracticable tomada al pie de la letra. Y así es como comenzó la larga historia (angustiosa para el Santo) de las diversas Reglas y sus sucesivas Mitigaciones. El Papa Inocencio III, por ejemplo, llegó a decirle a San Francisco: el género de vida que deseas abrazar me parece demasiado difícil. Cuando la Iglesia, a través del Papa Honorio III, nombró al Cardenal Hugolino como Cardenal Protector de la Orden, el hecho obedeció, sin duda alguna, a que el mundo eclesiástico no se fiaba de San Francisco. Todo el mundo sabía que el Protector era, en realidad, un vigilante cuya finalidad era la de mantener a raya las excentricidades del Santo. Pero hablaremos después más ampliamente sobre el tema.

Las contradicciones que hubo de sufrir San Francisco, como siempre suele ocurrir con los grandes hombres, vinieron a resumirse en su caso en la jugarreta que le hizo la Historia. Empeñado en vivir el Evangelio al pie de la letra, sin embargo se vio obligado a admitir demasiadas Mitigaciones para su Regla. 

Su desgracia consistió, precisamente, en que no había sido descubierta, al menos hasta entonces, la teoría de la hermeneútica de la continuidad. En el Catolicismo moderno no hubiera existido inconveniente alguno en admitir las pretensiones del Santo. Al fin y al cabo, gracias a esa teoría, por muy literalmente que se tomen la Palabra Revelada o las Enseñanzas del Magisterio, siempre habrá que tener en cuenta aquello de lo que todo depende, a saber: del hombre concreto e individual, que vive en un lugar y en un tiempo determinados de la Historia y que es quien los interpreta, por lo tanto, según sus propios criterios subjetivos y las condiciones históricas del momento; aplicables aquí y ahora solamente. La Palabra revelada o el Magisterio pueden decir lo que quieran: no existe problema alguno, desde el momento en que son susceptibles de ser interpretados y adaptados a la mentalidad del momento. Si los Papas del siglo XIII hubieran conocido el historicismo, no hubieran supuesto para ellos dificultad alguna las pretensiones de San Francisco.