"Sé tú mismo", ¿Es una consigna evangélica? (II) Imprimir E-mail
Domingo, 27 de Septiembre de 2009 00:00

Ciertas nociones clásicas en la Espiritualidad Cristiana, como la de convertirse en Cristo o la de llegar a ser otro Cristo, han sido sustituidas por otras como la de ser uno mismo. Expresión esta última cuya legitimidad tal vez no pueda ser discutida, pero que evidentemente carece de connotaciones sobrenaturales. Y sin embargo, a pesar de que el cambio de consignas ha sido bastante notable, nadie parece haberse apercibido del trueque: la old–fashioned proclama sé otro Cristo, por ejemplo, ha quedado archivada para transformarse en la más brillante y moderna sé tú mismo. Con todo, las modificaciones tienen mucha más importancia de lo que a primera vista pudiera parecer; pues ya no se trata de de salir de uno mismo para vivir la vida del otro, sino que —muy al contrario— la cuestión se centra ahora en reafirmar la propia identidad. Quedan ya muy lejos las palabras del Señor al respecto: Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8:35). Es preciso reconocer que, en el supuesto caso de que alguien tratara de buscar la concordancia de las nuevas consignas —sin olvidar la vieja enseñanza del Oráculo de Delfos— con la revelación neotestamentaria, se iba a encontrar con una tarea difícil y seguramente imposible de realizar. Frente a todo lo que pueda parecer, el hombre no se conoce nunca a sí mismo, ni menos aún se realiza en plenitud, entrando dentro de su propio yo; es necesario, por el contrario, que salga de él, en total olvido de su propio ser, a fin de buscar y entregarse al otro.

 

En el seno de la Trinidad, la Idea que el Padre tiene de Sí mismo es otra Persona —la del Verbo—, hasta el punto de que cuando se mira a Sí mismo ve a otro; idéntico a Él mismo (en identidad numérica de Esencia), pero totalmente distinto a Él en cuanto Persona. Sin que sea necesario decir que esta doctrina solamente es aplicable al ser humano teniendo en cuenta la infinitud de la analogía. Sin embargo no debe olvidarse, una vez salvadas las diferencias fundamentales que existen entre el Creador y la creatura, que el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios.

 

Cuando el hombre se mira a sí mismo, limitándose a considerar su propio yo, solamente puede saber lo que es capaz de ser negativamente —y aquí ha de ser tenido en cuenta todo el misterio del pecado, con su infinita malicia—; mientras que para saber positivamente lo que es y lo que es capaz de hacer, ha de olvidarse de su propia vida para salir de sí mismo y mirar a Jesucristo. Solamente entonces es cuando puede decir con toda verdad: Ecce Homo[1] (Jn 19:5). 

 

Hacer creer al hombre que se basta a sí mismo es impedirle sentir la necesidad de seguir a Jesucristo. Tal seguimiento ya no tiene sentido. ¿De qué puede servir a un ser que ya lo tiene todo?  Además, ¿qué razón puede justificar ya la exigencia de perder la propia vida?  Encerrar al hombre en sí mismo no es otra cosa que destruir en él de raíz toda posibilidad de amar y de ser amado. Con lo cual se lleva a cabo un ataque directo y decisivo al corazón mismo del Amor. A ese Amor que desaparecería del mundo si alguna vez el hombre, por alguna incomprensible locura, llegara a quedarse definitivamente en la soledad del propio yo.

 

Como puede verse, emplear expresiones que tal vez suenan bien a los oídos de la modernidad, pero un poco a la ligera y sin plena conciencia de su contenido, puede convertirse en un arma mortal.  (Continuará)



[1]He aquí al Hombre.

Última actualización el Domingo, 27 de Septiembre de 2009 05:59