| "Sé tú mismo", ¿Es una consigna evangélica? (I) |
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| Jueves, 24 de Septiembre de 2009 16:22 |
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La irrupción de elementos de las filosofías idealistas dentro de la Iglesia, incluso en el ámbito de altos niveles, ha puesto en peligro su subsistencia. Hasta el punto de hacer que se tambalee gravemente y apuntar hacia su desaparición. La cual hubiera tenido lugar de no ser por la inquebrantable promesa de su Divino Fundador: Y las Puertas del Infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16:18). Pues una vez que han sido admitidos, de forma más o menos consciente, los presupuestos del Idealismo, la aparición de sus consecuencias lógicas es solamente cuestión de tiempo. Así es como el hombre moderno ha desembocado en una situación en la que ya no siente necesidad de salir de sí mismo para seguir a otro; y menos aún para entregarse a él hasta llegar a la renuncia de la propia vida.
Según estos planteamientos, el hombre es un ser que se basta a sí mismo y que ya no necesita buscar un Paraíso fuera de este mundo; sino en todo caso solamente en éste en el que vive, puesto que no hay otro. Además el amor es un mero fenómeno fisiológico, en el que no es posible descubrir mucha diferencia entre el ser humano y los animales. Por eso ya no tiene sentido que el hombre salga de sí mismo para llevar a cabo la búsqueda del otro, como exige la ley fundamental del amor. El hombre se realiza a sí mismo y dentro de sí mismo, sin necesidad de elementos extraños a él que además lo convertirían en un alienado. Por otra parte desaparece la persona como tal, diluida en lo social como única entidad consistente: y sin realidad personal, como es bien sabido, no queda posibilidad alguna para el amor (que sólo puede darse entre personas). El conócete a ti mismo del oráculo de Delfos queda muy atrás y ampliamente superado; ya no es necesario acudir al esfuerzo del autoconocimiento como punto de referencia: ¿Para qué? Una vez que el hombre ha descubierto que es él, y solamente él, quien se hace a sí mismo. Los principios de las filosofías idealistas —con sus excrecencias adheridas y derivadas, como el marxismo— están muy lejos de haber desaparecido del mundo moderno. La verdad es que impregnan el ambiente en el que se desenvuelve el hombre actual, incluido por supuesto el cristiano. No es de extrañar así que, incluso dentro de la misma Iglesia, el acento se haya desplazado desde Dios al hombre, ni que la antropología haya ocupado posiciones que antes pertenecían a la teología. En el tremendo esfuerzo que la Iglesia actual está realizando para recuperar un mundo que se ha descristianizado, son muchos los Pastores que se han convencido de la necesidad de echar mano de las únicas categorías que el hombre de hoy está dispuesto aceptar: las suyas propias, o puramente humanas, que suelen estar bastante alejadas de las sobrenaturales. Así es como comenzó la tarea, por parte de muchos hombres de Iglesia, de disimular el auténtico contenido de la Revelación, sin vacilar en utilizar categorías y conceptos puramente naturales para acabar finalmente olvidando de lo que se trata. Parece increíble que se puedan olvidar tan fácilmente los dictados más simples del sentido común, cual es, por ejemplo, el de que no es razonable utilizar la política de disimular o de esconder la mercancía con el fin de venderla mejor. (Continuará) |



