Prólogo para Españoles (III) Imprimir E-mail
Domingo, 14 de Febrero de 2010 18:06

3) Dijimos en nuestro anterior Editorial que el procedimiento de la catequesis oral, impartida por los Obispos a los jóvenes como elemento de contribución al buen éxito de la JMJ, no carece de buenas intenciones; aunque también puede ofrecer dificultades, o incluso no producir fruto alguno. La cuestión la habíamos relacionado con el importante problema pastoral de la predicación en general. A todo lo cual conviene añadir el hecho comprobado de que la proclamación oral del Evangelio, cuando es llevada a cabo por la Jerarquía eclesiástica española, no parece haber reportado hasta ahora resultados satisfactorios.

 

Aunque no sería necesario aportar casos a modo de ejemplo, dado que se trata de hechos notorios y bien conocidos de todos los fieles, sin embargo, habida cuenta de la importancia del problema, sin ánimo alguno de elaborar crítica negativa sino más bien de construir…, sin olvidar tampoco el respeto debido a la Jerarquía, tal vez valga la pena comentar a título ilustrativo —con las precisiones que acabamos de establecer— algunos de los hechos ocurridos recientemente en el ámbito de la sociedad eclesial española.

 

Un buen Obispo bien conocido de todos los españoles, con merecida fama de hombre honesto y piadoso (además de la valentía que ha demostrado al aceptar la dificilísima tarea que le ha sido encomendada), en un Encuentro celebrado recientemente con sus propios Jóvenes, les alentó en forma de consigna a que lucharan para erradicar la violencia ejercida contra la mujer. Un objetivo noble, sin duda alguna…, pero que presenta las trazas de convertirse en una predicación en el desierto; si bien en este caso con toda verdad, a diferencia de lo sucedido con la labor del Precursor. En realidad no parece que el tema sea tan acuciante como para entusiasmar y animar a los jóvenes de hoy.

 

En primer lugar, porque a los jóvenes de hoy les importa muy poco la violencia. La que se ejerce contra la mujer, por supuesto; pero también con respecto a la que sufren los niños a quienes no se les permite nacer; o a la que padecen los padres de familia a los que se impide educar a sus propios hijos según sus propias creencias; o a la que soportan los familiares de tantas víctimas del terrorismo; o a la que cargan sobre sus espaldas en España los católicos fieles, acosados por un Gobierno empeñado en erradicar todo vestigio de cristianismo en la sociedad; o a la que aguantan tantas familias sumidas en la ruina por culpa de políticos que gobiernan según criterios absurdos, por más que respondan a criterios tan ideológicos como irracionales…

 

Por otra parte, es bien cierto que estos problemas —además de otros muchos— deberían preocupar a los jóvenes de hoy (y por supuesto a los de siempre). Sin embargo, a fuer de realistas, debemos reconocer honradamente que, al menos por lo que hace a la gran mayoría de ellos, tales problemas les traen sin cuidado. Se dirá que, precisamente por eso, es necesario despertar su conciencia para que les hagan frente. Y así es, en efecto. Aunque, de todas formas, un buen pastoralista no puede ignorar que quizá no sea muy práctico empezar por el problema de la violencia contra la mujer.

 

Además el Obispo parece haber olvidado —sin duda que no intencionadamente— que el problema de la violencia contra la mujer, aun contando con lo que contenga de verdad en muchos casos, es uno de los eslóganes preferidos por los Movimientos Feministas. A los cuales, por otra parte, la mujer les importa un comino; pero que saben utilizar tales eslóganes —sobre todo el de la violencia— como arma para destruirla. Cosa que, a su vez, no es sino un paso previo para lograr la disolución de lo que es base fundamental para la formación cristiana, cual es la familia.

 

La Pastoral es siempre una tarea delicada que conlleva muchas responsabilidades. Si se trata de la Pastoral juvenil, las dificultades aumentan. De todos modos, una Pastoral seria de este tipo tendría que ser realista y estar dispuesta a considerar los presupuestos siguientes. Siquiera en cuanto a lo que puedan contener de verdaderos, o tal vez de infundados:

 

a) La deserción de los jóvenes. Las grandes Concentraciones, Encuentros y Jornadas, podrían contribuir —sin mala voluntad por parte de nadie— a ocultar o disimular la realidad mediante una cortina de humo. Los escépticos sobre este punto pueden llevar a cabo recuentos, o tal vez consultar estadísticas, acerca de la asistencia de los jóvenes a misa o en lo que se refiere a la práctica de sacramentos.

 

b) El principal alimento doctrinal recibido por los jóvenes, durante bastante tiempo, se encuentra escaso de contenido cristiano. Incluso con frecuencia reducido a consignas de sabor historicista y existencialista, dirigidas más bien a fomentar el sentimiento y fundamentadas en sociología y psicología de masas. Alegación esta última que sin duda será práctica y universalmente rechazada: Eppur si muove.

 

c) En constatación de lo que acabamos de decir, es de notar en la moderna Pastoral juvenil la ausencia generalizada de consignas de contenido específicamente cristiano. La moderna sociedad del confort, de la moral libre y de la libertad de pensamiento, ignora contenidos doctrinales como los que se refieren a la negación de uno mismo, a la entrega o renuncia de la propia vida, a la participación en la Cruz y la Muerte de Jesucristo, etc., etc. Y, en general, los de cualquier doctrina que suponga esfuerzo, sacrificio, o que se encuentre fundamentada en miras y objetivos de alcance sobrenatural.

 

(Continuará)