Parábola de las Cien Ovejas Rebeldes (I de II) Imprimir E-mail
Jueves, 23 de Julio de 2009 07:09

La moderna sociedad está empeñada en que lo que no es aparezca como lo que es, y viceversa. Prefiere percibir lo que desea ver, más bien que enfrentarse con la realidad: Los hombres amaron más las tinieblas que la luz (Jn 3:19). Y la razón de esta aberración no es ningún misterio, aparte de que está contenida en el mismo texto que acabamos de citar: Porque sus obras (las de los hombres) eran malas. Donde queda bien claro que se trata de una opción de la voluntad, libremente orientada al error, más bien que de un defecto del entendimiento.


El hombre moderno se ha apartado de Dios, conducido por su propio orgullo, y ha incidido así en el más aparatoso ridículo que cabría imaginar. La única razón por la que una creatura rechaza a Dios es porque pretende ser su propio dios. . . , y también el de los demás; pues ¿por qué no iba a querer un dios que se ha proclamado a sí mismo como tal no ejercer también un dominio sobre todo lo demás y sobre todos los demás? Una pretensión que se puede calificar de ridícula, si se quiere utilizar el más suave de los apelativos, aunque quizá el más apropiado. Sin duda alguna que Lucifer, además de ser el Gran Mentiroso, es también el mayor Payaso que ha conocido la Historia del Mundo; pues nadie podrá jamás ser víctima de un ridículo tan espantoso como el suyo. Por supuesto que Satanás no lo piensa así, puesto que no conoce ni re-conoce nada que sea verdadero, y su entendimiento es incapaz de captar la realidad a no ser de forma retorcida y contrahecha. Vive de la mentira y en la mentira, aunque él no lo admita así porque eso supondría aceptar la verdad. Ahora bien, el orgullo se identifica con la mentira, mientras que la mentira acaba manifestándose como payasada. De ahí que si en el Cielo existen las risas, como es de suponer, habrá que imaginarlo también como el lugar de la eterna y general carcajada. Pretender suplantar el puesto de alguien que es superior es una insensatez cuya magnitud, en el caso de que pueda ser medida, dependerá de la distancia que media entre el pretendiente y el pretendido. Si tal distancia fuera infinita, habría que calificar la insensatez como infinita. Pues considerarla simplemente como una fenomenal tontería sería hacerle favor, mientras que asignarle al pretendiente el papel de payaso supondría un ejercicio de conmiseración.


Ha de tenerse en cuenta, no obstante, que no debe confundirse el payaso imbécil, que en realidad no pretende serlo, con el payaso profesional. Este último hacer reír de oficio a la gente con su comicidad fingida que excita la hilaridad. El público ríe por acciones y expresiones tan fingidas como cómicas y disparatadas, aunque siempre sin asomo de burla hacia la persona del payaso. Más bien se puede decir que el payaso profesional es más respetado y estimado como persona cuanto mejor lleva a cabo su cometido. Mientras que el payaso a su pesar, por el contrario, no actúa de forma fingida ni con intención de hacer reír; muy al contrario, en cuanto que sus tonterías manan con fluidez y naturalidad de un corazón simplemente imbécil.


Existen numerosos rebeldes en la sociedad moderna que también inciden en el ridículo, puesto que pretenden ser lo que de ningún modo son y solamente son creídos por otros tontos afines a ellos.


A propósito de lo cual, quizá valga la pena recordar la parábola de las cien ovejas rebeldes. La cual vamos a explicar a continuación.


(Del libro Esperando a Don Quijote, págs. 284 y ss.)

Última actualización el Sábado, 25 de Julio de 2009 03:57