Parábola de las Cien Ovejas Rebeldes (II de II) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Jueves, 23 de Julio de 2009 07:13

Había en cierto lugar y en cierta ocasión un rebaño compuesto de cien ovejas. Vivían felices y sin problemas (las ovejas no suelen tenerlos), iban de un lugar a otro en busca de pastos conducidas por sus rabadanes, y se sentían seguras mientras transcurría su tranquila (y monótona) vida.

 

Pero así como el hombre no puede vivir sin problemas (si acaso no los tiene, los busca), igual sucedió al parecer con las ovejas de nuestra historia. Cansadas de su vida lacia, sin alicientes y sin imprevistos y de algún modo borreguil, decidieron alzarse contra un género de vida y un entorno injusto a los que consideraron poco dignos de su condición de ovejas. Es cierto que algunos de los manuscritos que nos han transmitido esta narración, cuya exactitud histórica es puesta en duda por algunos, hablan también de la existencia de un grupo de agitadores; culpables en último término, según ellos, de suscitar el descontento y la agitación entre el ganado ovino objeto de nuestra crónica. Pero, sea ello verdad o no lo sea, es lo cierto que no puede decirse que ese detalle haya influido decisivamente en las consecuencias que luego se derivaron. Justo es añadir, sin embargo, en atención a la veracidad de nuestra historia, que nuestras buenas ovejas habían oído también rumores despectivos, circulando por aquí y por allá, acerca de su modo de vida y referentes a su gregaria condición de borregas, amén del consiguiente borreguismo de su existencia, etc.; más que suficiente todo ello para desposeerlas, en boca de los malhablados, de cualquier sombra de personalidad o iniciativa.  

 

No tiene nada de extraño, por lo tanto, que un buen día nuestras ovejas pensaran que había llegado el momento de rebelarse. Aunque hay quien afirma que la decisión de alzarse contra la injusticia del entorno no pudo surgir de seres tan poco propensos a las audacias, sino que en realidad fue alentada desde arriba, o quizá desde dentro (que en eso discrepan los analistas), por medio de elementos infiltrados. Sea como fuere, el caso es que nuestro rebaño, cuando menos se esperaba, promovió una sorprendente y ruidosa algarada con el fin de manifestar su protesta. Allá iban nuestras ovejas, gritando todas a la vez, de forma más gregaria que nunca:

 

¡Somos las ovejas rebeeeeeeldes!. . . ¡Las rebeeeeeldes!. . .

¡Protestamos contra la injusticiaaaaa!. . . ¡Queremos ser nosotras mismaaaaas!. . .

 

Etc., pues todo el mundo conoce las demandas que suelen hacerse en esta clase de manifestaciones callejeras. Aunque, por extraño que parezca, no se oyeron en esta ocasión los conocidos gritos de ¡Queremos el amor y no la guerra. . . ! Parece ser que previamente se había acordado que esa consigna hubiera parecido demasiado borreguil, además de imbécil.

 

Y así marchaban las ovejas en manada, suscitando la admiración de los espectadores, quienes se preguntaban asombrados de qué clase de injusticia se trataba, y que podría significar la extraña reivindicación, exigida entre sonoros berridos, de que una oveja quisiera ser ella misma.

 

Pues marchaban a coro las cien ovejas, balando y despepitándose por sus exigencias y reivindicaciones. Porque a decir verdad, preciso es reconocerlo, nunca un rebaño había parecido tan borreguil. Si bien es preciso añadir, sin embargo, como detalle importante y el más sorprendente de la historia, que en realidad no desfilaba la manada completa, sino que solamente marchaban noventa y nueve de ellas.

 

Sí, en efecto; solamente noventa y nueve ovejas. Ya que hubo una, entre todas las que componían la manada, que se negó rotundamente a convertirse en oveja rebelde. De ninguna manera quiso serlo y no hubo modo de convencerla. Decía obstinadamente, una y otra vez:

 

-- Me niego a ser oveja rebelde y nadie me va a doblegar. Es mi firme voluntad la de continuar siendo oveja, y nada más que oveja.

 

Y no hubo forma. De tal manera que la masa formada por el resto de la manada tuvo que consentir en que no fuera incluida en el grupo de las rebeldes. Y fue así como impuso su voluntad y como hizo, ni más ni menos, lo que bien le parecía.

 

El lector avisado no necesitará ser advertido de que, según algunos comentaristas, esta última fue en realidad la única oveja rebelde de la manada. Pues, como todo el mundo sabe, siempre anda de por medio, en el común de los hombres, la diversidad de comentarios y la discrepancia de pareceres. Pero, en general, prácticamente acabó por prevalecer la opinión de que la rebeldía de las noventa y nueve ovejas no fue sino un nuevo acto borreguil; aunque en esta ocasión más pronunciado aún que en las anteriores.

 

Y dicho esto, cada cual puede hacerse cargo de la enseñanza de la parábola. Pues abundan en la sociedad moderna las rebeldías que no son otra cosa que bufonadas y actuación de marionetas; o quizá ambas cosas a la vez. Y algo, o mucho de esto, podría referirse de algunas de ellas sobradamente conocidas: como la rebelión de los jóvenes, la de los intelectuales, la de los (las) feministas, la de los homosexuales, y las de otros muchos cuya protesta, ridícula una veces y sutilmente disimulada otras (a fin de no aparecer como rebelión), suele ser obra de alguna manipulación interesada que maneja borregos a su gusto y placer.

 

Así es como nos encontramos con estudiantes que nunca han estudiado. Con intelectuales cuya cultura no pasa de ser ligeramente superior a la de un asno. Con movimientos feministas alentados por mujeres que tienen poco de femenino. Con homosexuales acerca de los cuales y sobre cuya conducta no valen comentarios, puesto que la caridad cristiana impone correr un velo sobre el tema (nunca mejor dicho). Con librepensadores que siempre han carecido de libertad de pensamiento; entre otras razones porque es evidente, si es que se pretende gozar de dicha libertad, que para eso es necesario gozar previamente de la capacidad de pensar.

 

(Del Libro Esperando a Don Quijote, págs. 284 y ss.)

Última actualización el Domingo, 26 de Julio de 2009 01:38