| Memorias divertidas de tiempos pasados |
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| Martes, 21 de Julio de 2009 16:11 |
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Cuando comenzó el Gran Giro que tuvo lugar en la Iglesia, allá en los tiempos del Concilio Vaticano II y los que le siguieron, se produjo una serie de fenómenos que luego vinieron a desembocar en lo que se ha llamado la Primavera de la Iglesia: una especie de sinónimo de lo que se podía haber denominado también la Arcadia Feliz. Uno de tales fenómenos, y quizá de los que acarrearon mayores consecuencias, fue el de la llamada identidad sacerdotal. O mejor todavía: crisis de identidad sacerdotal. El Clero pensó que era necesario, en primer lugar y ante todo, dar testimonio. Sobre lo cual nada hay que decir; a lo más, formular la pregunta acerca de qué había estado haciendo el Clero desde la época del Papa San Pedro (año 34 de nuestra Era). En segundo lugar (las grandes ideas no suelen venir solas), también cayó en la cuenta de que era preciso no diferenciarse de los seglares. Y acerca de este luminoso y profundo parto intelectual, apenas si podría añadirse otra cosa que la de un testimonio de asombro y admiración (también en esto se había perdido el tiempo durante veinte siglos).
Fue así como apareció en la Iglesia el extraño engendro del Clero dedicado ahora a tareas profanas. Se extendió como la pólvora el eslogan de la necesidad de dar testimonio y de no aparecer como diferentes de los laicos. Si bien conviene advertir que el curioso fenómeno del que hablamos en este artículo tuvo mucha menos incidencia en América que en Europa, lugar este último donde realmente hizo furor. La naturaleza humana es tan extraña, o tan divertida si se quiere, que a veces resulta difícil encontrar una explicación racional a su comportamiento. Tal necesidad de dar testimonio fue la que impulsó a muchos clérigos a dedicarse a tareas tales como la de fontanero o la de electricista, por ejemplo. Inexplicablemente, por lo que parece, nadie pareció darse cuenta tampoco de que la única forma de dar testimonio, para un sacerdote, no es otra que la de ser sacerdote. Por otra parte, con todo el respeto que se merecen tantos profesionales de tareas profanas, es bien sabido que se obtiene de ellas mucho más dinero, y con menos trabajo, que mediante la dedicación a las tareas pastorales. Los sacerdotes, por ejemplo (y hablamos solamente de los auténticos), gozan de sueldos inmensamente inferiores, además de estar sometidos a una dedicación diaria de veinticuatro horas y carecer en absoluto de días festivos y vacacionales. Lo extraordinario del caso es que tampoco aquí hubieron muchos que cuestionaran la tan pregonada necesidad de no diferenciarse de los seglares: un engendro ideológico de origen oscuro que nada tiene que ver con los verdaderos deseos de los fieles, los cuales son justamente quienes más están interesados en que el sacerdote se diferencie de ellos. Fue este batiburrillo de ideas, entre otras cosas, el que provocó la crisis de identidad y el que desterró definitivamente el traje distintivo clerical. Aunque por desgracia las cosas, por lo que se refiere a las prendas de vestir, no se quedaron limitadas a una simple sustitución. Pues ahora ya no se trataba meramente de utilizar o no un traje secular; sino de utilizar un tipo de vestimenta, o bien lo más menesterosa e indigente posible, o bien incluso hasta ridícula. Así fue como aparecieron, entre otros motivos de espectáculo, sacerdotes cincuentones, por ejemplo, vestidos con atavíos llamativos de adolescentes quinceañeros. Por citar algún caso. Ya desde el Concilio Vaticano II y durante el período siguiente, el Papa Pablo VI exhortó en vano a fin de que se usara alguna vestimenta de distintivo sacerdotal. Conducta seguida también por Juan Pablo II al principio de su Pontificado (después dejó de hacerlo), hasta que al fin la nueva situación se aceptó como cosa hecha y definitivamente establecida. Por supuesto que alguien diría con razón, a propósito de todo esto, que lo importante no es tanto el vestido cuanto la mentalidad. Y así es, en efecto. Porque ante una situación tan extraña como la de la crisis de identidad (en la que se dejaron embaucar ingenuamente tantos sacerdotes), sería para preguntarse, por ejemplo, lo que sucedería si alguien se tomara la molestia de ir a la jungla y tratara de convencer al lobo, al mono o al elefante; pero con la extraña teoría, nada menos, de que ya no eran ni lobo, ni mono, ni elefante. En el supuesto y disparatado caso de que lograra ser creído, es para imaginarse a tales desgraciados animales (ahora sin identidad) esforzándose como locos tratando de encontrar un disfraz a fin de parecer algo. Puesto que, al fin y al cabo y de una manera o de otra, es necesario ser algo a toda costa (a no ser que alguien prefiera verse tragado por la Nada de la que hablaba la novela de Michael Ende La Historia Interminable). (Del libro Esperando a Don Quijote, págs. 275 y ss.) |



