Los Buenos y los Malos Pastores (I de III) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Miércoles, 15 de Julio de 2009 12:43

Decía Jesucristo que el buen pastor es el que entra por la puerta del redil de las ovejas; a diferencia del ladrón, que salta por otra parte (Jn 10:1). Para añadir a continuación que Él es la verdadera puerta del aprisco (Jn 10:7). La alusión a la diferencia existente entre el buen Pastor de almas, de un lado, y el ladrón o mercenario aprovechado, de otro, es bien patente.

 

Claro que entrar por la puerta  -o identificarse con Cristo, que tal es el significado para un Pastor de almas-  no es precisamente una tarea fácil. Es principio fundamental de la vida cristiana el de que el discípulo de Jesucristo ha de morir a sí mismo; lo que es aún más transcendental y urgente cuando se trata de un Pastor de la Iglesia. Poner en práctica una Pastoral de índole sociológica y puramente humana, que a nada compromete, es mucho más sencillo que el planteamiento serio de la necesidad de la santidad personal.

 

Pongamos un ejemplo, entre los muchos que podrían ser traídos a colación: las modernas homilías para niños, por hablar de una costumbre hoy corriente. El cura X reúne a los niños de su parroquia todos los domingos en una Misa especialmente celebrada para ellos.

 

Y aquí habría que añadir, entre paréntesis, que nadie ha conseguido averiguar hasta ahora la necesidad y conveniencia de una misa especial para niños; de los que siempre se había creído en la importancia de su integración en la comunidad parroquial y eclesial; pero evidentemente es una de las cosas que están de moda, además de sonar a modernidad; lo cual queda muy bien. También hay que tener en cuenta, a fin de hacerse cargo de esta situación, que la moderna Pastoral está repleta de enigmas, enteramente inaccesibles para cualquiera que crea en los Dogmas cristianos y conserve un ápice de sentido común.

 

Pues bien; llegado el momento de la homilía (gritos, algazara, juegos, correrías de los niños, el cura que se desgañita tratando de poner orden, etc.), nuestro sacerdote X pregunta a uno de los niños:

 

- Vamos a ver, Pepito, ¿qué piensas tú del Evangelio de hoy?

           

Y ya pueden ustedes imaginarse lo que puede opinar Pepito, cuya edad oscila entre los diez y los doce años, sobre la lectura evangélica correspondiente al día. Pueden quedar olvidados los comentarios bíblicos de los Santos Padres o incluso los de Santo Tomás, todos los cuales no tienen ninguna actualidad. A lo que habría que añadir aquí, también entre paréntesis, que el Cura X jamás ha leído a Santo Tomás, y mucho menos a los Santos Padres. Pero, en fin, puede pasar. Pese a que, según la Biblia, de la boca de los niños oiremos las verdades, es evidente que lo único que se va a escuchar en este caso es alguna balbuciente y auténtica tontería. A la cual nuestro sacerdote pastoralista asiente con entusiasmo, e incluso pide a los demás niños un fuerte aplauso para el improvisado e infantil exegeta (se suceden aplausos estruendosos, un intensivo aumento del jaleo, gritos y risas por un lado y por otro. . . , y todo lo que se quiera añadir).

 

Claro que todo esto tiene una enorme ventaja, al menos para alguien (no hay mal que por bien no venga): la cual consiste en que el Cura X no tiene necesidad de estrujarse el cerebro preparando previamente la homilía, ni de considerarla en la oración para impetrar la gracia de lo Alto, ni etc., etc. Por lo general, el sacerdote X goza entre sus feligreses de una gran reputación de pastoralista moderno que está al día. Menos el farmacéutico del pueblo (siempre hay alguna bestia negra), hombre con merecida fama de conservador, preconciliar y opuesto al progreso, Dios lo perdone. El cual está convencido de que nuestro buen clérigo, aparte de no estar dotado de demasiadas luces, es bastante vago y poco espiritual.

 

Pero al que entra por la puerta le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz. Pues las va llamando por su nombre y luego las saca fuera. Claro que si las va llamando por su nombre es porque conoce a cada una de ellas. Lo cual supone que entre el Pastor y la oveja (atención al número singular) hay conocimiento y amistad personales. Advirtiendo de paso que el texto evangélico utiliza aquí la expresión de ovejas propias, quizá para darnos a entender que el Pastor las considera como cosa suya; no en un sentido que tenga matiz de posesión, por supuesto, o como para servirse de ellas en provecho propio: Yo no he venido para ser servido, sino para servir y dar mi vida.[1] Viene a equivaler a algo así como cuando se habla, en el lenguaje ordinario, de que mi corazón le pertenece y él me pertenece; o bien, esta persona es mi vida, o tal vez mi vida te pertenece, etc.

 

(Del Libro Meditaciones de Atardecer, pags. 44 y ss.)



[1] Mt 20:28.

Última actualización el Miércoles, 15 de Julio de 2009 12:53