La Tragicomedia Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Viernes, 16 de Octubre de 2009 12:04

Todo el mundo estará de acuerdo en que la facultad de reír, además de ser exclusiva y una de las que diferencian al ser humano de los irracionales, es también uno de sus estados anímicos más misteriosos y difíciles de explicar. Si bien con frecuencia es un sentimiento de reacción ante la comicidad o el ridículo, también puede aparecer como un estado de defensa ante lo trágico: No sé si reír o llorar, por ejemplo, es una expresión que se escucha a menudo. Y en efecto, puesto que no es raro que suceda que, ante lo horrible e inusitado de situaciones que asustan, el ser humano se escude en sentimientos que tratan de disimularlas, de apartarlas de la mente, o de darles al menos otro matiz que, aunque suele apreciarse como falso, alivia o diluye el sentimiento de tener que aceptarlas tal como son. Es sin duda alguna la ambivalencia de la risa, que también a veces sirve para disimular, para justificar, para olvidar, o para apartar ideas del pensamiento y de las que no se desea ni el recuerdo.

 

De ahí que lo que viene a significar el adjetivo tragicómico posee más actualidad de lo que parece. Porque lo trágico, cuando es consecuencia de una situación que ha sido deliberadamente buscada y aceptada, aparece siempre asociado con lo ridículo; por más que pueda no parecerlo o se hagan esfuerzos para que no lo parezca. Que es justamente lo que explica que la angustiada y trágica sociedad postcristiana del siglo veintiuno, que ha rechazado a Dios de manera tan absoluta, aparezca al mismo tiempo como el espectáculo del conglomerado humano más cómico y burlesco que ha conocido la historia del Mundo. San Pablo ya lo había hecho notar aludiendo sobre todo a sus posibles consecuencias trágicas: No os engañéis: de Dios nadie se burla[1]. En definitiva, tanto es así que puede decirse que estamos ante una sociedad que se ha dado a vivir enteramente en la Farsa y de la Farsa.

 

Los elementos capaces de influir en la sociedad moderna son tantos, y con tan enorme capacidad de manipulación, que han hecho de la humanidad de nuestro tiempo un Guiñol universal en el que, hasta los mismos que mueven los hilos de las marionetas, forman parte de la Farsa. Si el Demonio es el Padre de la Mentira (Jn 8:41), también es cierto que es el Príncipe de este Mundo (Jn 12:31); y de ahí que haya logrado hacer de él un gigantesco Teatro en el que los hombres, mediante los apropiados disfraces, representan y tratan de parecer lo que no son y de ocultar lo que son.

 

La Farsa es la que impera por todas partes en el mundo moderno. Pero una Farsa Guiñolesca en la que predominan los caracteres de la Comedia Bufa. Los hombres, empeñados a toda costa en hacer de payasos, han acabado tomando en serio sus propias payasadas. Y así es como han llegado a considerar lo que no es sino extremadamente ridículo (y a menudo también abominable) como si fuera lo elevadamente sublime; subvirtiendo el orden de las cosas y poniendo del revés todos los valores. De ahí que su conducta aparezca como trágica al mismo tiempo que cómica; aunque, con respecto a esto último, más bien habría que calificarla de ridícula que ha perdido todo lo que pudiera poseer de comicidad.

 

Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con el orden de los sexos. Ordenados por Dios (o por la Naturaleza, si no se quiere admitir a Dios) como poseedores de la misma dignidad, pero con caracteres distintos y complementarios, y funciones diferentes a realizar, los hombres se han empeñado en suprimirlos como tales según las exigencias de la igualdad; o al menos eso dicen. No otra cosa significa la elevación de la homosexualidad, desde la categoría de la aberración, a la altura de lo honesto, justo y aun sublime. Una vez que se ha decidido atentar contra todas las leyes de la naturaleza, contra toda lógica, y contra toda verdad, lo blanco se ha convertido en negro y lo negro en blanco. Todo ello con el consentimiento y los aplausos de una sociedad humana que ha llegado a sus más profundos extremos de degradación.

 

La simple observación del organismo humano descubre de manera patente que los sexos han sido hechos diferentes porque son el uno para el otro, en primer lugar; y porque han de desempeñar funciones complementarias (es imposible que uno realice las del otro) que además son fundamentales: Ni la mujer sin el hombre, ni el hombre sin la mujer, decía San Pablo (1 Cor 11:11). Pretender utilizar los órganos corporales de manera distinta, y en lugares diferentes, de aquellos para los que han sido ordenados y dispuestos, es obrar en contra de la Naturaleza, dígase lo que se quiera. Y obrar contra la Naturaleza y el orden lógico de las cosas es altamente ridículo, además de aberrante. Por supuesto que se puede negar esto, lo mismo que se puede negar que dos y dos son cuatro o que la noche sigue al día: Más firme se muestra un asno negando que Aristóteles probando, decía un viejo proverbio.

 

Por otra parte, la homosexualidad (en su forma masculina o en la de lesbianismo) supone inexorablemente el desprecio del otro sexo. Llevar a cabo funciones sexuales con elementos del mismo sexo, no solamente significa la consideración del ser humano como un mero animal convertido en carnaza, cuyo objeto único es proporcionarme a mí el placer; sino también la consideración de que el otro sexo, ni sirve para esa tarea, ni merece por lo tanto otra cosa, para quienes piensan así, que el desdén y el menosprecio (palabra esta última que significa apreciar en menos).

 

Lo que está ocurriendo actualmente no es sino la eclosión del hormiguero humano en plena descomposición. A este paso, con una mentalidad que hasta ha logrado que muchos hombres parezcan y se sientan mujeres, y que incluso muchas mujeres (el bello sexo y el encanto femenino) se empeñen en convertirse en machorras, la sociedad humana —sin virilidad y sin feminidad— no puede durar mucho. Los clásicos e historiadores de la Antigüedad decían que así es como comenzó la decadencia de Esparta, y así es como desapareció aquel Estado-ciudad: A las espartanas les interesa más la lucha, el baño en el río Eurotas, o el ejercicio de las artes marciales, que la gestación de descendientes.[2]



[1] Ga 6:7

[2] Cicerón, Disputaciones Tusculanas, 2.36.