La "Nueva Edad" y una vida más fácil (I) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Lunes, 01 de Marzo de 2010 04:42

LA "NUEVA EDAD" Y UNA VIDA MÁS FÁCIL.
(LA ELIMINACIÓN DEL "SACRIFICIO")

 

De esta manera rogaba la enamorada esposa al Esposo en El Cantar de los Cantares: 

 

Ven, amado mío, vámonos al campo;

haremos noche en las aldeas.

Madrugaremos para ir a las viñas,

veremos si brota ya la vid,

si se entreabren las flores,

si florecen los granados…[1]

La esposa deseaba huir de la Ciudad de los Hombres, movida por el anhelo de refugiarse en la soledad. Animada, a su vez, por el ardiente deseo de vivir en intimidad de Amor con el Esposo.

 

Sentía la urgencia de dejar atrás la Ciudad en la que ya se habían instalado la Oscuridad y la Confusión. Por otra parte, la Vida, la Verdad y la Belleza habían sido expulsadas de la Ciudad para siempre, a fin de que su lugar fuera ocupado por espantosos remedos: la Muerte, cuyo Estandarte ya fuera enarbolado y cantado como triunfo del Progreso. La Mentira, avalada y reconocida como instrumento el más útil para sojuzgar las mentes. El Feísmo, aclamado como medio de expresión de lo horrendo, cualidad que habría de acompañar siempre a los únicos sentimientos permitidos en el corazón de las gentes.

 

En cuanto al Amor, la Ciudad ya lo había condenado al Olvido y sumergido en la Nada. Y todo para que la Carne pudiera libremente suplantar al Espíritu; para que el Placer del animal expulsara definitivamente a la Perfecta Alegría, o la misma que antes nacía espontáneamente de un corazón limpio; para que el Abismo de Egoísmo y pozo sin fondo del para mí solo, ocupara el lugar de una Felicidad Perfecta que antes brotaba, como agua fresca y pura, del manantial de un soy tuyo que sabía entregarse.

Por eso la esposa ansía huir junto al Esposo, lejos ambos de la Ciudad de los Hombres. Hasta encontrar la paz y el silencio sagrado de los campos: 

 

Juntemos nuestras manos

y vámonos a ver los verdes prados,

los huertos de manzanos,

los bosques de granados,

las riberas de chopos plateados.

O quizá el aire puro y fresco de la cima de las montañas. Lejos y olvidados de los Hombres, respirando el aire frío y limpio de la mañana, o la suave y tibia brisa del atardecer: 

 

Amado, en las brumosas

laderas de montañas escarpadas,

con cuevas de raposas

y cimas plateadas

en silencio de nieves olvidadas…

Allí nos estaremos

y los cantos de amor entonaremos.

Mientras tanto, la Ciudad de los Hombres redoblaba sus esfuerzos para eliminar el recuerdo de Dios. A la vez de las mentes y del corazón de los Hombres. Para lo cual, previamente eliminadas la Belleza y la Verdad como condiciones que siempre acompañaron al Amor, se había hecho ahora necesario convertir en imprecisa la idea del Sacrificio. Pues conviene saber que debilitar una cosa es el procedimiento que la astucia del Mentiroso siempre ha utilizado; al menos como paso previo, antes de decidirse a poner en práctica el definitivo Eliminar.

 

Porque, una vez establecida como única posible la Ciudad de los Hombres; descartado ya cualquier fútil pensamiento, de ésos que andan anclados en la esperanza de otra Ciudad que nunca habrá de llegar; aceptada como sola y legítima aspiración del Mundo la de la Ausencia–del–Esfuerzo; condenada la Senda Estrecha; eliminadas del corazón de sus habitantes las ideas de autodonación y de entrega; y entronizadas, por fin, como único camino, las Vías de la Comodidad y de lo Fácil…, todo habría de contribuir a hacer más llevadera y confortable la vida en la Ciudad. Para entonces el Amor al Prójimo ya había sido fagocitado por el fantasma de una Comunidad Universal —la Humanidad— que, como monstruoso Organismo a modo de Cuerpo Único, ya no necesitaba reconocer a ningún Prójimo. –

 

La tarea no fue fácil, sin embargo, pues es bien sabido que los hombres viven arraigados y firmes en sus ideas. Por eso se hizo necesario, como previa labor a realizar en la Ciudad de los Hombres en la etapa de su Nueva Edad, difuminar la idea del Sacrificio en otra más viable y asequible a las gentes que la habitaban. Cuando la Religión está menos dispuesta a reconocerse como transcendente, la idea del Sacrificio, como negación y entrega de la propia persona por Amor, tiende a desvanecerse. Es entonces cuando se hace necesario, por el contrario, hacer compatible el Sacrificio con los criterios de un Mundo cuyo centro es el Hombre. Un ser, al fin y al cabo, cuya existencia no debe ser definida sino por la búsqueda del bienestar y de la satisfacción del Yo.

 

Desgraciadamente, por lo que parece, a nadie se le ocurrió pensar si dentro de ese Mundo, del que habría de quedar desterrada la idea del Sacrificio, sería ya posible la Felicidad para el ser humano.

 

El problema adquirió proporciones insospechadas cuando la Religión, en momento histórico y decisivo para la Historia de la Humanidad, decidió encararse con el problema. Dado que Ella misma vivía sobre el fundamento de un Culto cuyo momento principal quedaba trazado por la Realidad de un Sacrificio —y Sacrificio divino, además, según algunos—, parecía lógico considerar que las nuevas circunstancias del Mundo imponían una revisión. La cual se hizo a la luz de dos consideraciones:

 

Una de ellas habría de tener en cuenta, por mor de la eficacia, la necesidad de una mayor participación y cooperación de los fieles en las funciones del Culto sacrificial.

 

En cuanto a lo otra, se arrogaba la conveniencia de un estudio más profundo y detallado, cuyo objetivo no sería otro que el de la necesidad de una mayor inteligencia y comprensión del sentido del Culto Sacrificial por parte de aquéllos a quienes iba destinado.

 

Realizado lo cual, ya no quedaba sino experimentar con los hechos y comprobar los resultados. Los cuales, tanto unos como otros, llegaron en definitiva a alcanzar tan enorme valor de transcendencia, que cambiaron el curso de la Historia de la Ciudad de los Hombres.



[1]Ca 7: 12–13.

Última actualización el Lunes, 01 de Marzo de 2010 13:11