| La "Nueva Edad" y una vida más fácil (II) |
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| Viernes, 05 de Marzo de 2010 02:27 |
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LA “NUEVA EDAD” Y UNA VIDA MÁS FÁCIL (LA ELIMINACIÓN DEL “SACRIFICIO”) Por aquellos días la Religión andaba interesada en no mostrar excesivas discrepancias con la Ciudad de los Hombres. La decisión de la Ciudad de adoptar definitivamente la moderna visión del Mundo, conocida universalmente como la Nueva Edad, había causado honda impresión en la Religión; y de ahí que se sintiera asaltada por dudas y vacilaciones que, al parecer, no ofrecían otra alternativa que la de un posible acercamiento. La Religión estaba convencida de que la Nueva Edad, a la que el Mundo unánimemente consideraba como de Progreso, no contemplaba posibilidad alguna de vuelta atrás. Fue lo que la hizo caer en la cuenta de que era llegado el momento, como condición indispensable para asegurar su subsistencia, de buscar soluciones de compromiso. Y así, de improviso, a los ojos de la Religión, apareció como urgente tarea la de actualizarse y ponerse al día; por supuesto, como era de esperar, según los criterios imperantes en la Modernidad. Y a empezar, como es lógico también, por lo más importante; concretamente, en este caso, por el supremo Acto de Culto, o Acto Sacrificial. Por aquel entonces, la moderna Sociedad de la Nueva Edad de los Hombres ya había hecho suyos, y poseía como incorporados dentro de su innovado modo de vida, dos principios fundamentales: el de la Facilidad, derivado a su vez del objetivo del Bienestar a conseguir por los Hombres en la única vida que iban a conocer; y el de la Solidaridad o participación, el cual ya había desplazado definitivamente al del Amor, que algunos aún seguían identificando con la antigua Caridad de la Religión.
Así fue como la Religión, presionada por el ambiente, sintió la necesidad de modificar el Acto Sacrificial. Y puesto que se trataba de hacerlo más próximo y asequible a los Hombres de la Ciudad, bastaría con introducir algunos cambios. No precisamente esenciales, pero que facilitarían el camino hasta lograr una mejor y más intensa participación en el Acto Sacrificial. Con todo, los pensamientos de los Hombres no siempre coinciden con la claridad y nitidez de la Realidad. Además de eso, sus especulaciones intelectuales rara vez caminan a la par con los sentimientos del corazón. Y de ahí que la esposa comenzara a sentirse compungida y consternada, hasta caer en el abatimiento. Pues ella amaba sin mesura el Acto Sacrificial. Constituía el Momento más propicio en el cual, de forma la más intensa y la mejor, ella participaba de la Existencia, de la Vida y de la Muerte de su Esposo. Pero si el Acto Sacrificial se veía reducido en su condición de Sacrificio, y al mismo tiempo rebajado en cuanto al misterio de la propia Inmolación, ¿cómo alguien podría convencerla entonces —cuando un Sacrificio es menos Sacrificio— de que así, de esa manera, ella participaba más del Sacrificio? Pero la esposa no deseaba un Sacrificio más fácil; el cual, por eso mismo, tal vez ya no fuera igual al de su Esposo. Él ya le había susurrado alguna vez que es estrecha y empinada la senda que conduce a la Vida (Mt 7:14); y que solamente lo que muere es capaz de dar fruto (Jn 12:24). Pero es que, sobre todo y aquí está lo importante, ella ansiaba vivir el mismo Sacrificio y compartir la misma Muerte que el Esposo. Sabedora de que lo fácil es, por naturaleza, lo más alejado que existe con respecto al Amor, no deseaba otra cosa sino estar con el Esposo y junto a su Esposo, a fin de compartirlo todo con Él. Por eso llega a exclamar, emocionada, que ambos se pertenecen. Y de ahí su llamada de angustia, para hacer y hacerle saber que no puede vivir sin Él: Mi amado es para mí y yo soy para él. Pastorea entre azucenas. Antes de que refresque el día y se extiendan las sombras, ven, amado mío, semejante a la gacela, semejante al cervatillo, por los montes de Beter.[1] Quiere a toda costa seguirle para estar con Él. Por más que, de alguna extraña y misteriosa manera, intuye que sólo es posible su sueño subiendo con Él hasta la montaña del verdadero Sacrificio: Déjame que te siga, compañero, mi dulce amigo, Esposo bienamado, para que andemos juntos el sendero que sube desde el valle hasta el collado. Y luego en soledad nos estaremos del Mundo de los Hombres, olvidados; y del Cielo el azul contemplaremos del aura de los montes rodeados. Pero la Religión, ya más de acuerdo con la Ciudad de los Hombres, ha consentido en aceptar la idea de un Sacrificio compartido; si bien con menos sentido aparente de la inmolación y siempre con la mirada puesta en la Sociedad de la Nueva Edad. Sin insistir en cuanto a la expresión de ideas por otra parte ya obsoletas: como la de la negación de uno mismo, la de la entrega enamorada del propio yo, o la de compartir, por Amor, la Muerte con la persona amada. Ha sido Ella misma quien ha hecho saber a todos, de tal manera que por todos ha sido igualmente aceptada, que el hecho de compartir el Acto Sacrificial queda bien expresado mediante algunas peculiares acciones, ordinarias y sencillas, a ejecutar precisamente en el momento de su celebración: la recitación de algunas lecturas; el hecho de tomar parte en la distribución del Pan Eucarístico; o el de relatar ante la Comunidad personales experiencias espirituales (sin poner demasiado énfasis en cuanto a si son reales o imaginarias)… La esposa sabe bien, sin embargo, que compartir el Sacrificio del Esposo es experimentar personalmente su Muerte y también sus Sufrimientos. Sentimientos de mística profundidad por más que bien reales, destinados a su vez a culminar en intensidad en el transcurrir ordinario de sus días. Ella sabe que la Muerte del Esposo requiere también una muerte por su parte. Acompañada, una vez más, del llanto y del dolor; los cuales siempre tienen a gala adelantarse para anunciarla. Pero que han de ser tan personales tales sentimientos como para no poder ser sustituidos, por nada ni por nadie: Al ruiseñor herido rogué que su lamento me dijera, mas él me ha respondido que yo mejor hiciera en continuar llorando a mi manera. Por eso ella se dirige al Esposo para decirle que no ha encontrado sus huellas por parte alguna de los caminos ordinarios, por más que las ha buscado. Y solamente ha venido a hallarlas, después de haber entregado su vida por Amor, en el lugar mismo donde, después de compartidos con Él el Sacrificio y la Muerte, la aguardaba impaciente el Esposo, justamente allí, desde el principio, y antes del amanecer del Tiempo: Subí hasta las estrellas pensando que en alguna iba a encontrar vestigios de tus huellas; mas yo no hallé ninguna, ni camino del Sol, ni hacia la Luna. |
| Última actualización el Viernes, 05 de Marzo de 2010 02:30 |



