La Primavera Invernal (y III) Imprimir E-mail
Viernes, 04 de Septiembre de 2009 00:00

Una vez disparada la locura, y una vez el ser humano se halla dispuesto a disparatar, el absurdo, la aberración y la mentira tienden a manifestarse sin límites. Scheeben consideraba el pecado como misterio de iniquidad, habida cuenta de que es un abismo de maldad que carece de fondo: al fin y al cabo la ofensa infligida por el pecado es infinita, dada la dignidad del ofendido, que no es otro sino Dios. De ahí que la lista de desvaríos, o los mismos cuyo brote ha hecho posible el suave clima de la Primavera eclesial, parezca interminable.

 

Uno de ellos, por ejemplo, se refiere al triunfo alcanzado por el feminismo frente al machismo. Por fin la mujer se ha liberado de la opresión que había venido sufriendo hasta ahora por parte del varón; cuando definitivamente ha alcanzado la posibilidad de realizarse a sí misma y de ser ella misma. Victoria digna de ser grabada en mármoles y de proporcionar la felicidad al (antiguo) sexo débil, (ahora) al fin fuerte y emancipado. La única condición requerida para alimentar tal euforia, por supuesto, consiste en no insistir acerca del significado de expresiones tales como realizarse a sí misma o la de ser ella misma…, por la sencilla razón de que nadie ha logrado averiguar jamás en lo que consisten tales badomías. Cuya culminación se ha producido una vez que ha llegado el momento de darse cuenta, nada más y nada menos, de que ¡Dios es femenino, así como que también de que la Iglesia se ha hecho femenina…! 

 

Es por eso por lo que, si lo homosexuales han encontrado al fin su carta de legalidad en la actual Primavera eclesial, ¿cómo no iba a ocurrir lo mismo en el amor de la mujer por la mujer?  Un texto de Malachi Martin dice así: 

 

"Solamente las mujeres católicas de la generación de los años sesenta fueron lo bastante inteligentes para descubrirse a sí mismas como víctimas del sexismo eclesial. Por fin era llegado el momento para ellas de pasar factura a la vieja Iglesia mentalmente sexista. Había surgido al fin la Iglesia–de las–MujeresWomanchurch—, que es una de esas extrañas palabras o expresiones que se pusieron de moda y que venían a concretarse, en definitiva, en reuniones de mujeres en apartamentos privados donde Ella (Dios la Madre) era honrada con culto y acciones de gracias por haber enviado a su Hijo (Jesús) mediante el fertilizante poder del Espíritu Santo (Ella misma la Mujer prima–primordial)."[1] 

 

Y ya puede suponerse que no podemos continuar con la enumeración de un elenco de absurdos que resultaría demasiado largo y cuando, además, existe suficiente bibliografía seria sobre la materia. Aunque sí que es necesario mencionar, siquiera sea de pasada, el tremendo atentado perpetrado contra la constitución divina de la Iglesia.

 

Los disparatados vientos que pretendieron imponer la democratización de la Iglesia, como otro de los efectos de la Primavera, casi acaban en realidad con la autoridad de la Jerarquía, en una desaforada pretensión de sustituirla por el gobierno de los laicos. Lo cual es absolutamente contrario a la voluntad del Divino Fundador de la Iglesia, hasta el punto de que supondría para ella un golpe de muerte en el caso de que culminara el intento: puesto que la Iglesia no es democrática, sino jerárquica. Consideremos, por ejemplo, el caso de los Obispos. Poseen pleno poder de disposición en sus diócesis respectivas, de tal modo que solamente dependen directamente de la autoridad del Papa o del Concilio Ecuménico (también presidido por el Papa, como condición para su legalidad y validez). Por lo que ninguna Conferencia, por Episcopal que sea, goza de jurisdicción alguna sobre ellos. Y más aún después de haber quedado patente el hecho de que las Conferencias Episcopales son creación del Concilio Vaticano II más bien desafortunada. En definitiva han venido coartando la autoridad y la libertad de los Obispos en sus respectivas sedes, imponiendo con frecuencia alguna forma de coacción con respecto a sus decisiones (incluso aun suponiendo buena voluntad por parte de la Conferencia). Pero es que, además —y esto es lo más grave—, las Conferencias se han mostrado susceptibles a la influencia de ciertos Grupos de Presión, a los que por cierto nunca han preocupado demasiado las verdaderas necesidades de la Iglesia.

 

Los mismos vientos de democratización han hecho acto de presencia también a nivel parroquial. Las parroquias se han convertido en agencias dirigidas por laicos. Que son quienes, en último término, lo deciden todo: a través de Comisiones de Liturgia, Comisiones Económicas, Comisiones de Pastoral, Comisiones Sociales o de Administración y Vida Parroquial, etc., etc., todas ellas presididas y operadas por laicos. De esa forma el párroco queda reducido a la condición de mero funcionario, a las órdenes de las diversas Comisiones, sin poder disponer de nada sin contar con su aprobación. Para decirlo brevemente: el pastor recibiendo órdenes y directivas de las ovejas. En algunas de las nuevas Comunidades surgidas en la Iglesia, incluso la dirección y los principales papeles en el culto están reservados a los laicos, sin que la presencia del sacerdote apenas si suponga nada.

 

Sin embargo, y dado que Jesucristo instituyó su Iglesia estructurada en forma de Jerarquía y de simples fieles, ni siquiera la misma Iglesia podría modificar tal configuración: Una Iglesia que se hubiera convertido en democrática, abandonando para ello su condición de jerárquica, ya no sería la Iglesia fundada por Jesucristo. Pese a lo cual, como dice Malachi Martín aludiendo al tornado que sacude la Iglesia,

 

 "Todas las esperanzas se centraron ahora en la comunidad. El Pueblo de Dios era ahora considerado como algo distinto y separado de la antigua y rígida jerarquía que formaban el Papa, los obispos, los sacerdotes y las monjas en la inflexible estructura de la disciplina de Roma. Más todavía: este Pueblo de Dios —tanto en su conjunto como en cada pequeña agrupación de creyentes— era ahora considerado como la verdadera Iglesia, la auténtica fuente de la Revelación, el único garante de la moral, la sola fuente de lo que debía creerse. En materias de fe, de moral, de dogma y de práctica religiosa, la Roma de Georgia poseía la misma autoridad que la Roma de los Papas"…[2]

 

 Señor, ¿a quién iremos?  Tú tienes palabras de vida eterna[3]

 

Por lo que a mí respecta, mi nacimiento a la vida sobrenatural tuvo lugar, por la bondad de Dios, en la Iglesia Católica. La Única verdadera y la única fundada por Nuestro Señor Jesucristo. En ella fui ordenado sacerdote en tiempos del Papa Pío XII y en su seno espero la gracia de morir. Por lo demás, soy bien consciente de que, según la promesa de su Divino Fundador, la Iglesia no puede desaparecer y de que, por lo tanto, ella está ahí; por más que resulte difícil reconocerla y aun a veces encontrarla. También estoy convencido, por la gracia de la fe, de que, siendo la Iglesia el único camino de salvación, no es posible encontrar otro fuera de ella. No he recibido el carisma de fundar otra nueva, así como tampoco el de prescindir de la Jerarquía o el de cambiarla por otra: Donde esté Pedro —el traidor del canto del gallo en la noche de la Pasión; o el que murió heroicamente en la cruz, cabeza abajo por amor y fidelidad a su Maestro— allí está la Iglesia. A pesar de todo lo cual, la metamorfosis es tan patente y profunda que sería inútil y poco honrado negar el hecho de que parece otra. Y sin embargo, aun en contra de todos los indicios y de la multitud de apariencias, ésta es la sola Iglesia que pervive en continuidad con la de siempre y, por lo tanto, la única verdadera. Por eso ha llegado el momento, para nosotros los creyentes, de actualizar nuestra fe, de poner la confianza en Dios y de que, al igual que Abrahán, esperemos contra toda esperanza (Ro 4:18), pues Dios acabará viniendo en nuestra ayuda: ¿Y cómo podría ser de otro modo?  ¿Acaso Dios puede abandonar a los suyos?  ¿O acaso va a dejar de velar por su Iglesia y de cuidar de ella…?  El verdadero discípulo de Jesús es el único portador de la verdadera Alegría y el solo poseedor de la auténtica Esperanza: Cuando sucedan estas cosas, levantáos y alzad la cabeza, porque se aproxima vuestra redención.[4] El Buen Pastor jamás abandonará a su Rebaño: El que da testimonio de estas cosas dice: “Sí, voy enseguida”. ¡Ven, Señor Jesús! [5]… Por lo demás, Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.[6]



[1]Malachi Martin, o.c., pag. 248.

[2]Malachi Martin, o.c., pag. 249.

[3]Jn 6:68.

[4]Lc 21:28.

[5]Ap 22:20.

[6]Lc 6:23.