La Primavera Invernal (II) Imprimir E-mail
Miércoles, 02 de Septiembre de 2009 00:00

¿Es cierto que nada ha cambiado…?  ¿Es verdad que buena parte de la Iglesia actual, y precisamente la más expuesta a la contemplación del mundo —no se enciende una luz para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero[1]— no parece distinta de lo que fue?  Más todavía: ¿Acaso no produce la sensación de que incluso es otra Iglesia?

 

Son increíbles los avances de las técnicas publicitarias y de manipulación de masas. Así es como se ha logrado que la gente apenas si llegue a plantearse el problema; o en todo caso, está bien convencida de que nos encontramos en la más floreciente de las primaveras eclesiales.

 

Vamos a transcribir a continuación un fragmento de uno de los libros de Malachi Martin, incompleto y fragmentado debido a su extensión y a nuestras limitaciones editoriales, pero enteramente fiel al original.[2] El texto puede parecer extenso, pero es más elocuente que lo que nosotros podríamos decir:

 

  "…Una vez pasada la violencia de los vientos y amanecido ya el nuevo día, la gente miró a su alrededor. Para encontrarse con que, de repente, el Latín universal de la Misa había desaparecido. Y aún más extraño todavía: era la misma Misa Romana la que había desaparecido. En su lugar había un nuevo rito que se parecía tanto a la antigua e inmemorial Misa como un cobertizo a una mansión palaciega. El nuevo rito se celebraba en una babel de lenguas, si bien cada una decía cosas diferentes. Las cuales no sonaban precisamente como que eran verdades católicas. Por ejemplo, que sólo Dios el Padre era Dios; que el nuevo rito era una cena comunitaria, y no una actualización de la muerte de Cristo en la Cruz; que los sacerdotes ya no eran sacerdotes del sacrificio, sino ministros de la mesa que atendían a los invitados asistentes en una común comida de hermandad…

 

Pero la devastación que produjeron aquellos vientos huracanados no se detuvo aquí. Las iglesias y las capillas, los conventos y los monasterios, habían sido despojados de las imágenes. Los altares para el sacrificio habían sido retirados o al menos abandonados, poniendo en su lugar mesas de cuatro patas situadas frente a los fieles, como preparadas para una agradable comida. Los tabernáculos habían sido removidos de sus lugares, y con ellos la fe en el sacrificio de Cristo como la esencia de la Misa. Las vestiduras sagradas también habían sido modificadas o abandonadas por completo. Los barandales para arrodillarse al recibir la Comunión habían desaparecido. Se les había dicho a los fieles que ya no tendrían que arrodillarse para recibir la Sagrada Comunión, sino que en adelante habrían de permanecer de pie, como hombres y mujeres libres, para recibir el Pan de la Comunión y la Copa del fruto de la vid de la Camaradería de sus propias y democráticas manos. En muchas iglesias, algunos miembros de la Congregación habían sido expulsados por perturbar públicamente el culto, lo cual significaba haberse atrevido a hacer una genuflexión; o lo que es peor todavía, haberse arrodillado para recibir la Sagrada Comunión en el nuevo rito…

 

Aparte lo sucedido en iglesias y capillas, los misales Romanos, los folletos de orientación para la Misa, los libros de oraciones, los crucifijos, los lienzos para el altar, las vestiduras para la celebración de la Misa, los barandales para la Comunión, los púlpitos, las imágenes, los reclinatorios, las Estaciones del Vía Crucis…, o bien fueron arrojados a las llamas o a los vertederos de las ciudades, o bien fueron vendidos en públicas subastas en las que los decoradores de interiores los adquirían a precios de ganga, con el fin de imponer un nuevo estilo eclesiástico en departamentos y casas elegantes de los suburbios. Así es como un altar tallado en roble, por ejemplo, se convertía en una elegante mesa–tocador…

 

Muchas monjas dedicadas a la enseñanza abandonaron sus hábitos religiosos y se apresuraron a adquirir ropas laicas, además de cosméticos y joyería. Así como a decir adiós a sus Obispos locales, quienes hasta ese momento habían sido sus superiores mayores, para declararse a sí mismas constituidas como normales, dignas y honradas educadoras norteamericanas y poder continuar de este modo sus carreras de docencia…

 

Los que todavía permanecieron —laicos y clérigos— no se sintieron satisfechos: Ni con las operaciones llevadas a cabo para la abolición de la tradicional Misa Romana, ni con el conjunto de cambios introducidos en el ritual católico y en el culto, y ni siquiera con la recién estrenada libertad para poner en duda todos los dogmas. Nada de eso les parecía suficiente. Así fue como surgió un gran clamor en favor de favorecer el uso de contraceptivos, de legalizar las uniones de homosexuales, de declarar el aborto como algo opcional y de admitir las relaciones sexuales prematrimoniales bajo ciertas condiciones. E idénticas reivindicaciones se alzaron acerca del divorcio y la posibilidad de nuevo matrimonio dentro de la Iglesia, del matrimonio del clero, de la ordenación de mujeres, de llevar a cabo una rápida unión con las Iglesias Protestantes…, y hasta de aceptar el Comunismo, no sólo como medio de resolver la pobreza endémica, sino de decidir acerca de la Fe misma.

 

Se puso de moda una nueva forma de blasfemia y de sacrilegio. Para los homosexuales católicos, la expresión el discípulo a quien Jesús amaba adquirió un nuevo significado. ¿Acaso ese discípulo amado no había descansado sobre el pecho de Jesús durante la Última Cena?  Con lo cual quedaba consagrado el amor del hombre por el hombre: ¿O acaso no era así?  Aparecieron sacerdotes homosexuales utilizando vestiduras color lavanda, diciendo Misa en el nuevo rito para sus congregaciones de homosexuales…

 

En apoyo de todo este abigarrado conjunto de cambios y de promotores de cambios surgió una completa falange de expertos: Teólogos, filósofos, expertos en liturgia, facilitadores, coordinadores socio–religiosos, ministros laicos (masculinos y femeninos), directores de praxis, etc. Pero aun independientemente de tales títulos tan novedosos, lo que todos buscaban era especialmente dos cosas: conseguir conversos a la nueva teología en primer lugar; y luego vapulear a los tradicionalistas, quienes por otra parte ya estaban batiéndose en retirada. Toda una oleada de publicaciones —libros, artículos de revistas y nuevas revistas, boletines, folletos de información, programas y esquemas— inundaron el mercado popular católico. Los expertos cuestionaban y reinterpretaban cada dogma y creencia tradicional que hubieran sido universalmente sostenidos por los católicos. De hecho todo era puesto en duda, aunque más especialmente cualquier cosa que pudiera suponer dificultad y esfuerzo en las creencias de la Iglesia Católica: penitencia, castidad, ayuno, obediencia, sumisión, etc. Todo lo cual fue sometido a un cambio violento de la noche a la mañana"…

 

Y todo esto no es mas que el comienzo y el resumen de una relación que podría continuar casi interminablemente, algo así como si fuera la punta del iceberg. Y porque no hemos ahondado en los fundamentos filosóficos y teológicos del tornado producido en Iglesia, que aquí apenas si han sido esbozados. Cuando parecía que el Papa San Pío X había acabado con la herejía modernista, ahora quedaba patente, sin embargo, que sólo había quedado en estado de hibernación para reaparecer en nuestro tiempo con fuerza insospechada. Es de esperar que la Providencia Divina proporcione a su Iglesia un nuevo San Pío X que ponga definitivamente coto al problema. Pero acerca de esto, habremos de continuar.



[1]Mt 5:15.

[2]Malachi Martin, The Jesuits (The Society of Jesus and the Betrayal of de Roman Catholic Church), Simon and Schuster Paperbacks, New York, 1987, pags. 246–250. El P. Malachi Brendan Martin, ex jesuita y autor de sesenta libros, fue profesor en el Vatican’s Pontifical Biblical Institute. Muy controvertido, tanto con respecto a su vida como a sus obras, fue considerado como demasiado tradicionalista por los partidarios de la nueva teología. En la presente transcripción, los puntos suspensivos indicarán de ordinario una cierta omisión, más o menos extensa, con respecto al texto original inglés.

Última actualización el Martes, 22 de Septiembre de 2009 08:16