| La Juventud con el Papa (I) |
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| Domingo, 06 de Septiembre de 2009 00:00 |
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Podría haberse encabezado este editorial con el más sugerente título de los Papaboys, aun a riesgo de que hubiera parecido discriminatorio con respecto a las Papagirls. Pero no es momento para andarse con injusticias, ni siquiera puramente aparentes, puesto que en realidad las chicas son tan fans del Papa como los chicos. Lo de fans, como se sabe, es un desafortunado y cariñoso barbarismo que funciona como apócope para los vocablos fanáticos y fanáticas. De todos modos hemos tenido en cuenta —justo es decirlo— para el cambio de epígrafe el posible disgusto de los Movimientos feministas. Sea de ello lo que fuere, aquí nos referimos a esa ingente Juventud que, según nos recuerdan los media con encomiable frecuencia, desborda en efusiones de amor y devoción hacia el Papa. Y con ser tan numerosa, reúne sin embargo las condiciones para ser considerada como una compacta élite, o más bien como un selecto grupo de pretorianos (y pretorianas) cuyo profundo sentimiento de catolicidad y cariño les conduciría incluso a dar la vida por el Papa… si fuera preciso. Afortunadamente nunca hasta ahora ha sido necesario llegar a tal extremo, por lo que hemos de basarnos en conjeturas que, no obstante, poseen abundantes visos de verosimilitud. La Iglesia oficial española se encuentra en estos momentos sumamente atareada. Se esfuerza en realizar una multitud de preparativos cuyo objeto apunta a la culminación feliz de otro extraordinario evento: la celebración del nuevo Encuentro de la Juventud con el Papa. Y nos estamos refiriendo, como ya se habrá adivinado, a la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) que tendrá lugar en Madrid en el año 2011. Dada la lejanía de la fecha, con la correspondiente intensidad y duración de los preparativos, cualquiera puede hacerse una idea acerca de la transcendental importancia que se otorga al acontecimiento. Para los muchos que viven preocupados por el estado de la Juventud, y más especialmente para los alarmistas de siempre que piensan que los Jóvenes han desertado en masa de la Iglesia, parece vislumbrarse un optimista y esperanzador horizonte. Conforme a esa pauta, y como otro de los muchos actos preparatorios en curso, se ha anunciado que la Catedral de la Almudena (Madrid) acogerá la Cruz de los Jóvenes para el día catorce del mes actual (Septiembre, 2009), después que que haya sido trasladada en peregrinación por grupos de jóvenes entusiastas. Se trata solamente de un botón de muestra. Uno más entre muchos, pero que podría servir para contribuir a disipar los temores de los alarmistas antes aludidos; siempre preocupados, exageradamente según el parecer de muchos, con respecto al casi inexistente —según ellos— espíritu cristiano de la Juventud actual. Es por eso por lo que sería conveniente recordar a semejantes pesimistas el Encuentro de Jóvenes junto al Papa, celebrado en Sidney (Australia) en el año 2008. Una tumultuosa concentración de Jóvenes la cual, a pesar de ser aparatosamente espectacular, quedaba sin embargo obscurecida ante la grandiosidad de la que tuvo lugar en Colonia (Alemania) en el año 2005, recién elegido Papa Benedicto XVI. Para la inauguración de esta última, el Papa llegó a Colonia navegando a través del Rin en una bella nave escoltada por cinco canoas, cada una de ellas tripulada a su vez por jóvenes de cada uno de los cinco continentes. Todo ello sin olvidar las tumultuosas, bulliciosas y entusiastas concentraciones de Jóvenes que el Papa Juan Pablo II poseía el don de convocar en sus frecuentes viajes. Las cuales vinieron a culminar en los exaltados y estentóreos sentimientos y exclamaciones, casi rayanos en la histeria, que tuvieron lugar a la muerte de este Pontífice. Todo el mundo recuerda los acontecimientos de aquellos días: ¡Santo súbito, santo súbito! , gritaba hasta enronquecer la enardecida muchachada. … Y así sucesivamente. ¿Dónde queda entonces esa visión casi apocalíptica de la realidad, según la cual la Juventud casi en su totalidad ha desertado de la Iglesia…? Y sin embargo, y a pesar de todo lo dicho, tal vez sería conveniente un examen sereno y despacioso de la realidad y de los hechos. A partir del momento —hecho histórico que viene a coincidir aproximadamente con la muerte de Pío XII— en el que la Teología católica abandona la filosofía tomista del ser, a fin de sustituirla por la idealista del parecer, el mundo, y con él también la Iglesia, se han venido acostumbrando a conceder más importancia al aspecto de las cosas, o a los sentimientos que puedan ser capaces de suscitar, que a su contenido real. Desde entonces ya no importa tanto la verdad o la auténtica naturaleza de las cosas, cuanto meramente lo que se decide (desea) pensar acerca de ellas. Por lo que hace al terreno concreto de la Pastoral —que es el que aquí nos interesa—, en la predicación por ejemplo, se ha hecho normal el hecho de que ya no importe tanto la proclamación de la verdad cuanto el neutro cacareo o cháchara de lo que la gente desea oír. Por todo lo cual, dado el peligro (real) de la posibilidad de que tal vez nos encontremos ante un nuevo montaje en forma de espectáculo o show, aun sin pretenderlo, no parece imprudente examinar los productos de estas nuevas modalidades de actuación eclesial. Con gran serenidad y firme paz, pero con no menos abundancia de amor a la verdad. Todo ello a fin de evitar la dolorosa probabilidad de que, a fin de cuentas, el conjunto quedara reducido a movimientos de masas (en este caso de jóvenes), fervorosas y enardecidas al parecer, pero cuyo auténtico contenido de vida cristiana faltara en ellas por completo…, o tal vez se limitara a un mero barniz superficial. En definitiva, ¿no podría ocurrir que estuviéramos ante un caso de Jóvenes más predispuestos al bullicio y a la diversión que al amor y a la devoción al Papa…? Y sin que tal vez hubiera que imputarles a ellos el grado mayor en el orden de la culpabilidad. Es el examen que vamos a intentar hacer ahora. |



