| La Iglesia del Miedo (II) |
|
|
| Viernes, 30 de Abril de 2010 16:01 |
|
El Miedo del Catolicismo Progresista, por penoso que sea reconocerlo, no es más que la extrema degradación de una debilidad que ha sufrido el hombre desde la Caída. Porque el Miedo se convirtió en constante compañero suyo después de la expulsión del Paraíso. Aunque de forma menos grosera y burda que la actual, que posee un carácter en cierto modo diferente. Todo parece indicar que es el temor lo que induce al Catolicismo de hoy a sentirse acorralado por el Mundo, y a ruborizarse cuando es acusado de creer todavía en la historicidad de los Evangelios, en la figura de Jesús o en la viabilidad de las Bienaventuranzas. Estas cosas, y otras semejantes, lo impulsan a menudo a volverse de cara al hombre y de espaldas a Dios. Por eso trata de refugiarse en zonas de mayor seguridad; una vez que se ha convencido de que va cobrando relieve la figura del hombre, al mismo tiempo que la de Dios se va desvaneciendo, paulatinamente pero sin remedio, entre la niebla de los mitos ya superados por la Humanidad.
Algunos tacharían el Miedo del actual Catolicismo de cobardía. Sin duda alguna es a lo que se refería Jesucristo cuando decía que quien se avergüence de mí y de mis palabras, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria (Lc 9:26). Por eso San Pablo confesaba abiertamente su actitud con respecto a las palabras del Señor: Yo no me avergüenzo del Evangelio (Ro 1:16). La Historia de la Espiritualidad no ha podido sino reconocer que el Miedo se ha hecho presente, en algunas ocasiones, en la misma estructura de la existencia cristiana. También es verdad que el Miedo es un sentimiento de salvaguardia en especiales circunstancias de la vida humana. Algo así como un sexto sentido, otorgado por Dios al hombre, con el evidente fin de asegurarlo contra ciertos peligros en determinadas ocasiones. Cuando eso sucede, y si es asumido con ánimo sobrenatural, puede convertirse incluso en elemento santificador. El temor ante la muerte, tan connatural al ser humano, fue aceptado para Sí por el mismo Jesucristo y desde entonces sublimado: Es preciosa, ante los ojos del Señor, la muerte de sus santos (Sal 116:15). Sin olvidar tampoco el temor reverencial y justificado que tan sabiamente reconocía el autor del Libro de los Proverbios: El temor del Señor es el principio de toda sabiduría (Pr 1:7). Sin embargo, cuando se identifica con la claudicación ante el mal o ante el error, motivada por la pusilanimidad o por ignorancias imperdonables, no queda sino considerarlo como cobardía. El maniqueísmo incluso llegó a dejar su huella en el Cristianismo, pese a todo, bajo la forma del Miedo a la materia y más concretamente al cuerpo. Así aparece en el platonismo de algunos Padres, quienes llegaron a considerar el cuerpo como un lastre o impedimento para el alma. San Agustín, por ejemplo, pensaba en el cuerpo humano como cárcel del alma. Extraña creencia que, de una forma u otra, ha llegado hasta nuestros días y que incluso fue a veces compartida por los grandes místicos. Hasta el extremo de dar cabida a la idea de la Humanidad de Jesucristo… como impedimento del que se ha de prescindir, una vez llegados a los grados más altos de la vida contemplativa o de la unión con Dios. Algo que, por supuesto, pertenece ya a la Historia, después de los afortunados avances llevados a cabo por la Antropología Cristiana. Sin embargo, el temor que afecta al mundo eclesial de hoy, si bien su telón de fondo es ahora la herejía Modernista, tiene más bien el carácter del arrodillamiento ante el Mundo del que hablaba Maritain. Son muchos los que se han acogido a las posiciones y criterios mundanos, los cuales les han parecido más firmes y seguros que los que aporta lo que es considerado por ellos como el refugio de la Fe. Con lo que se ha desembocado en conclusiones doctrinales extrañas, y hasta contrarias, a los principios cristianos. Uno de los capítulos más clamorosos de la política de rendición de la nueva Moral católica, elaborada a base de concesiones y de admitir los criterios del Mundo, tuvo lugar con respecto a los problemas suscitados por la posibilidad de legitimar (por obra de la Iglesia) la anticoncepción. Desde el primer tercio del siglo pasado se habló con entusiasmo, e incluso fue considerado por algunos como hallazgo triunfal, de algo que fue saludado como gran descubrimiento práctico en el campo de la Moral: el método natural de regulación de la natalidad basado en la abstención durante los días fértiles de la mujer. Algo que solucionaría definitivamente el problema a quienes, queriendo evitar la procreación de nuevos hijos, no deseaban utilizar métodos anticonceptivos claramente pecaminosos. Con el descubrimiento de tan feliz solución, por fin la Moral quedaba reconciliada con el aspecto práctico de la vida. O al menos eso fue lo que se pensó. Sucede con frecuencia que el hombre llega a creerse más listo que Dios. E incluso, en la época en que todavía abundaba la Fe entre el Pueblo, había gente convencida de que podía enmendarle la plana al Evangelio. Por eso pasó lo que pasó… |



