| La Gran Mentira de "La Edad de Oro" (III de III) |
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| Lunes, 13 de Julio de 2009 14:20 |
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El hecho de que la crisis padecida por el Cristianismo, sin duda alguna la más profunda de su Historia, haya podido ser presentada y aceptada unánimemente como la Primavera y Edad de Oro de la Iglesia, es una prueba evidente del increíble poder seductor del Gran Mentiroso. La iniquidad se ha convertido en bondad, la destrucción en progreso, el enfriamiento de la Fe en rejuvenecimiento del catolicismo, y la mentira en verdad. La aniquilación de la Fe y la jubilación del Magisterio son considerados como la panacea con respecto a los males del pasado, y como el elixir de la juventud para el futuro de una Iglesia que antes se debatía en la decadencia y la senilidad.
Que se haya hecho posible esta situación es otro de los misterios de la Historia. Quizá Dios la ha permitido a la vista de la metamorfosis de la vida cristiana en paganismo. Por eso ahora cobran actualidad, más punzantes y actuales que nunca, las palabras del Apóstol: ¿Qué tienen de común la luz y las tinieblas? ¿Y qué armonía cabe entre Cristo y Belial?[1] Sin embargo, el prodigio al revés parece haberse producido. Pero sin nada en común, ni armonía alguna. Simplemente ha ocurrido que las tinieblas han desplazado a la luz.
¿No queda entonces esperanza alguna para el pusillus grex? Por supuesto que sí, pues precisamente ahora es cuando ha llegado el momento de la esperanza y de la confianza en Dios. El sufrimiento y las oraciones de la diminuta grey no quedarán sin respuesta: ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar. . . ?[2] En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: Yo he vencido al mundo.[3]
La Edad de Oro, proyectada hacia el pasado o supuestamente realizada en el presente, no es más que una tremenda mentira. Sin embargo, por lo que hace al futuro, será realidad algún día. Aunque no ahora; ni nunca antes de la segunda y definitiva venida del Señor: Nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habitará la justicia.[4] La Edad de Oro solamente es una utopía, bien cuando se intenta instalarla en el presente, o bien cuando se pretende suponerla en el pasado. Pero si en esa Edad Feliz, todavía por llegar, habitará por fin la justicia, según San Pedro, es que entonces el Apóstol reconoce que ahora no existe la justicia entre los hombres. Y lo mismo Jesucristo, como hemos visto antes, el cual también promete que, llegado ese momento, hará justicia a sus elegidos. No pretendamos encontrar ahora, por lo tanto, aquellas cosas que nos han sido prometidas sólo para el futuro. Y no queramos ilusionar a nadie con recetas sobre justicia y bienestar social fundamentadas, más que en las verdades últimas y consoladoras del Evangelio, en preceptos y procedimientos extraídos de filosofías puramente humanas y que a nada conducen.
Por eso el cristiano vive siempre con la mirada puesta en el futuro, que es lo mismo que decir que vive de la esperanza. Y puesto que el presente solamente es decisivo para él en la medida en que delinea y decide el futuro, no puede creer en utopías pasadas, ni menos aún en las que pretenden ser el remedio definitivo para construir el presente. De ahí el tremendo error de los que intentan hacer un Cristianismo sólo para este mundo porque no creen en otro. Han dejado de elevar sus ojos al Cielo, creyendo haber llegado por fin al final del camino, cuando en realidad sólo se encuentran todavía en un albergue de paso.
(Del Libro Esperando a Don Quijote, pags. 377 y ss.) [1] 2 Cor 6: 14-15. [2] Lc 18:7. [3] Jn 16:33. [4] 2 Pe 3:13, cf Ap 21:1. |
| Última actualización el Viernes, 17 de Julio de 2009 15:55 |



