La Gran Mentira de "La Edad de Oro" (II de III) Imprimir E-mail
Sábado, 11 de Julio de 2009 05:54

Mientras tanto también la Pastoral parece haber adoptado como instrumento suyo principal el del show. Menudean las demostraciones teatrales, tanto en lo que se refiere a la pequeña liturgia doméstica de las parroquias, como en lo que afecta al extraordinario montaje de la liturgia de parada o gran espectáculo. No resulta fácil, por otra parte, entender bien lo que se pretende con estas liturgias de guiñol, incluso suponiendo la buena intención de muchas de ellas. Puesto que en la de parada y gran espectáculo colaboran asiduamente los media, todo hace suponer que se busca sobre todo provocar sentimientos entre los fieles. Tal vez con el ánimo de impedir la aparición de una conciencia de crisis, o de crear una sensación de euforia y triunfalismo favorecedora de determinadas situaciones. De una forma o de otra, no parece existir excesiva preocupación acerca de si tales sentimientos son de contenido sobrenatural, o si van o no encaminados al fomento de la vida cristiana. Los temas del bienestar social y el de relaciones humanas han desplazado al Evangelio en la Predicación, hasta el punto de que la Teología ha quedado reducida a Sociología y Psicología: Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo, y el mundo los escucha.[1] Si bien ya antes lo había dicho claramente el mismo Jesucristo: El que es de la tierra, de la tierra es y de la tierra habla.[2]

 

Acerca de los cuales textos conviene hacer una observación que puede resultar importante. Porque si ya es preocupante el hecho de la existencia de Pastores que hablan según el mundo porque ellos mismos son del mundo, no es menos de temer la circunstancia de que el mundo los escucha. Sin duda que esto último se refiere al Pueblo cristiano, o a la gran masa de aquéllos a quienes habría de ir dirigida la Predicación de la Palabra. Un Pueblo que escucha la Mentira a sabiendas de que se trata de la Mentira, puesto que ya ha optado previamente por apartarse de la Verdad.

 

Queda entendido que todo esto no es sino la punta del iceberg, puesto que la relación podría extenderse bastante más, e incluso apuntar a situaciones y supuestos aún más graves que los señalados aquí. Sólo que a veces no es posible, o no es conveniente, destapar demasiado la herida; quizá por un número de variadas razones, entre las que no hay que olvidar el estado delicado del paciente.

 

Y sin embargo, es creencia firmemente admitida en el mundo del catolicismo la de que al fin ha llegado la auténtica Primavera de la Iglesia, o la verdadera Edad de Oro de un resurgir triunfal que ha sustituido a un Período Oscuro por fin felizmente olvidado. Y desgraciado de aquél que se atreva a objetar la menor duda al respecto, puesto que será tachado de tradicionalista, fundamentalista, conservador, enemigo del progreso y de mirar hacia delante, nostálgico, insolidario, preconciliar y hasta enemigo del Concilio, cuando no de padecer una acusada tendencia a la paranoia. El menor intento de defenderse, por parte de tal infeliz, no conseguirá otra cosa que confirmar su estado de proximidad a la insania. En la gran Época del Diálogo, sus mayores propugnadores no están dispuestos a entablar ninguno con quienes no compartan su forma de proceder monologante.

 

Mientras tanto, continúa desviándose la atención hacia problemas coyunturales y secundarios, pero que poseen la virtud de hacer olvidar los verdaderos y principales. Siguen apareciendo multitud de documentos referentes a la justicia y al bienestar sociales, en perfecta continuidad además con la doctrina progre, y un tanto marxistizante, ya marcada por el Papa Pablo VI en su Encíclica Populorum Progressio. Acerca de lo cual, puesto que no me ha sido encomendada la misión de enseñar, prácticamente a nadie, nada he de decir al respecto sino lo que siempre he repetido: Doctores tiene la Iglesia. Y un Magisterio, además de una Jerarquía. Si acaso aventurar mi preocupación -que no tiene otro valor que el de ser una opinión mía- por el aparente hecho de que se da de lado a los muchos problemas graves que la Iglesia tiene planteados en este momento. Ante la presente situación, en la que los Obispos parecen preocupados por problemas más bien foráneos con olvido de los propios, tal vez convendría recordar la advertencia de San Pablo a su discípulo Timoteo: [El Obispo] ha de saber gobernar bien su propia casa, y mantener sumisos a sus hijos con toda dignidad -pues quien no sabe gobernar bien su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios?-[3]

(Del Libro Esperando a Don Quijote, pags. 377 y ss.)



[1] 1 Jn 4:5

[2]  Jn 3:31

[3] 1 Tim 3: 4-5

Última actualización el Sábado, 11 de Julio de 2009 13:32