| La Gran Mentira de "La Edad de Oro" (I de III) |
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| Jueves, 09 de Julio de 2009 12:59 |
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El Gran Mentiroso y Padre de toda Mentira cual es el Diablo Satanás, no solamente ha conseguido sumir al Mundo, y en particular a la Iglesia, en la crisis más grave conocida por la historia de ambos, sino que además ha logrado presentarla como la mayor Era de esplendor y de auge que la Humanidad ha disfrutado hasta ahora. En el Mundo moderno, y más concretamente en la Iglesia, se tiene por evidente que el presente momento de la Historia es una etapa irreversible de luz y de progreso; sin conceder importancia a algunas leves sombras todavía remanentes y que, por lo demás, se supone que andan en vías de desaparición. Cosa esta última que al fin ocurrirá -se dice- en el momento en que se imponga en el Planeta definitivamente la por todas partes proclamada, universalmente ensalzada, y al parecer ya inminente, Paz Universal. Nos encontramos, por fin, en el umbral (prácticamente ya casi dentro, según muchos) de la situación que el ser humano ha estado ansiando durante milenios: la Edad de Oro.
Aunque acerca de este punto, sin embargo, existe todavía una única discrepancia entre la Iglesia y el Mundo. Si bien este último, tal como acabo de decir, admite la persistencia tenaz de algunas ligeras sombras, por otra parte ya próximas a desvanecerse, la Iglesia en cambio va más allá en su optimismo. No existe en su horizonte, en lo que a su vida y desarrollo se refiere, nube alguna que entorpezca su soleado brillo y que haya perdurado hasta este momento histórico. El Concilio Vaticano II, y más aún y sobre todo la etapa que le ha seguido, han marcado el cenit de una Historia que, si bien durante veinte siglos ha sido testigo de abundantes vicisitudes (con preponderancia de sucesos desafortunados), contempla ahora el esplendor de una madurez que bien se puede considerar como Grandeza.
Claro que, como siempre sucede en todos los acontecimientos que jalonan la existencia humana, y pese a ese pretendido optimismo universalmente consensuado, todavía persisten algunas voces que proclaman su discrepancia con respecto a tal euforia. Por supuesto que se trata de un número insignificante de disconformes, a quienes por otra parte el poderoso estruendo de los media se encarga de callar. No importa que los hechos parezcan lo suficientemente evidentes, patentes y notorios, como para hablar enteramente a favor de tales disidentes. Ya he dicho más arriba que estamos ante la gran Época Dorada, casualmente montada y dirigida por el Gran Mentiroso. Probablemente ni siquiera el mismo Lenin (gran discípulo y ferviente partidario del Padre de la Mentira) fue consciente, en su momento, de la enorme fuerza de la consigna por él inventada, y por él también mandada divulgar y poner en práctica, según la cual, si los hechos están contra nosotros, peor para los hechos.
Si nos ceñimos al ámbito de la Iglesia, pronto salta a la vista (para quien quiera verlo) que los hechos no transcurren como lógicamente habrían de hacerlo en la tan proclamada Edad de Oro postconciliar. Hasta el punto de que más bien parecen discurrir en la dirección contraria. Lo que sin duda extrañará a cualquiera que no se encuentre advertido acerca de las posibilidades de seducción, de farsa y de histrionismo que posee la Mentira.
Que lo que fue el Occidente cristiano se ha descristianizado es un hecho evidente. O al menos lo es para quien honradamente desee reconocer la verdad. Como igualmente es obvio y patente que el cristianismo (y aquí nos referimos sobre todo a la Iglesia Católica) se ha vaciado de contenido sobrenatural y que una gran parte del pueblo cristiano, consciente o inconscientemente, ha dejado de creer.
Abundan los Obispos que parecen incapaces de predicar el contenido del Evangelio. Silenciados por la cobardía, movidos muchos de ellos por intereses desconocidos para el común, vueltos hacia ideologías paganas y ajenas al cristianismo, dedicados a la adulación sin otra razón que la de escalar puestos o conservar sin problemas su statu quo, se han convertido en colaboradores del Sistema al tiempo que han olvidado su misión.
Mientras tanto el Pueblo cristiano ha dejado de practicar los sacramentos, ha perdido la fe en la Presencia Real Eucarística, ha sido confundido respecto al sentido y el significado de la Misa, ha perdido de vista la importancia del papel y la necesidad de la Jerarquía dentro de la Iglesia, ha olvidado la noción y el sentido del pecado y, como consecuencia de ello, ha dejado de pensar en la necesidad de la penitencia. Por si eso fuera poco, la gran masa de ese Pueblo cristiano ha sido inducida a creer que la Moral es un mero relativismo en el que cada uno depende de su propio arbitrio, para quedar así despojado de toda consideración hacia el significado de los valores (tanto naturales como sobrenaturales). Puestos a citar algunos resultados concretos se podría hablar, por ejemplo, del abandono casi total de la asistencia a la Misa, del olvido de la práctica de la confesión, de la desertización de seminarios y noviciados y de la total desvalorización, y casi desaparición, de la vida consagrada.
(Del Libro Esperando a Don Quijote, pags. 377 y ss.) |
| Última actualización el Jueves, 09 de Julio de 2009 13:10 |



