| La Esperanza Cristiana (Parte I de III) |
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| Jueves, 25 de Junio de 2009 00:00 |
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La confianza y seguridad en la Victoria, como culminación de la existencia terrena del discípulo de Jesucristo, es asunto de tan vital importancia como que es el único realmente transcendental. Tal confianza es ahora más necesaria que nunca para los que pretenden seguir a Jesucristo y que, por eso mismo, se ven acosados de mil maneras por el Mundo de hoy y sin otra salida que la de buscar refugio en la esperanza. Afortunadamente el concepto de esperanza cristiana no coincide con el de la esperanza humana. Este último se refiere a la esperanza acerca de algo que puede resultar. . . , pero que también puede fallar; puesto que a menudo escapa a las posibilidades de quien espera. La esperanza cristiana, en cambio, goza de la certeza de alcanzar lo que aguarda, si es que va acompañada de la fidelidad que exigen las promesas (Ro 5:5). [1] Aunque en realidad la esperanza cristiana va más allá de lo que el hombre podría esperar o suponer. Cuando parece vislumbrarse el fracaso y solamente se percibe la oscuridad que todo lo rodea, ella proporciona la fuerza para seguir aguantando con firmeza; pese a cualquier obstáculo que trate de interponerse. Como Abrahán, que creyó contra toda esperanza.[2] Cuando aparece el cúmulo de contratiempos y sufrimientos que jalonan la vida diaria de cualquier ser humano: el dolor en todas sus formas, las enfermedades, los diversos y variados fracasos, las incomprensiones de unos y de otros, los problemas familiares, la sensación de soledad, el sentimiento de vacío y de la inutilidad de la propia vida. . . A todo lo cual habría que añadir los específicos y propios del cristiano, como pueden ser las Noches del Espíritu con sus pruebas interiores y exteriores, de las que puede ser la principal la aparente ausencia de Dios; las tentaciones de toda índole; la incomprensión y quizá persecución por parte de amigos y enemigos; las propias vacilaciones en la Fe; los sutiles y diversos asaltos por parte del Mundo; el agudo sentimiento de no haber respondido al Amor de Dios, unido al de los propios pecados. . . Cuando algo o todo eso sucede, es que ha llegado la hora de la esperanza cristiana. La actitud de esperar contra toda esperanza se refiere sobre todo a la correspondiente virtud sobrenatural, que tiene poco que ver con la esperanza puramente humana. Cuando esta última falla nada queda por hacer, aparte de la actitud de conformidad y resignación. En cambio, cuando parece que no queda lugar para otra cosa. . . , ni siquiera para la esperanza sobrenatural; cuando hace su aparición la densa oscuridad que a veces se cierne sobre la Noche de la existencia cristiana; cuando todo parece indicar que Dios ha desaparecido y abandonado a su creatura (Sal 22:2; Mt 27:46), es que ha llegado la hora de luchar contra lo imposible: la de seguir confiando firmemente en Dios y la de esperar contra toda esperanza. Y hemos dicho contra toda esperanza. Lo que significa que incluso al margen de la virtud sobrenatural, que también a veces parecería haberse desvanecido del horizonte de la propia existencia. La misma situación que vivieron, de manera excepcionalmente intensa, Jesucristo en la Noche del Huerto de los Olivos y la Virgen María al pie de la Cruz. [Tomado del libro "Siete Cartas a Siete Obispos" vol I (pp. 436 - 438) (sin publicar)]
[1] Según el Apóstol, así es mi expectación y esperanza, de que en nada seré defraudado (Flp 1:20). [2] Ro 4:18 |
| Última actualización el Lunes, 29 de Junio de 2009 13:22 |



