| La Alegría Cristiana o la Perfecta Alegría (IV) |
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| Lunes, 24 de Mayo de 2010 00:00 |
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Según lo que venimos diciendo, la esencia de la visión beatífica, a la que el hombre ha sido destinado como su último fin, no consiste tanto en la mera contemplación de Dios cuanto en el sentimiento experimentado ante ella…, y la consiguiente posesión de la Divinidad. También aquí, lo mismo que sucedía con el sufrimiento, la Alegría Perfecta aparece como un después de ultimidad. Ha de tenerse en cuenta, con respecto a la la Vida Eterna, el antes o el después poseen en ella un carácter intencional o de naturaleza; y en modo alguno se refieren a la temporalidad. Para el Evangelista San Juan, primero tendrá lugar la visión del Esposo; y a ella seguirá después, como consecuencia lógica y derivada, la transformación en Él: Carísimos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es (1 Jn 3:2). Lo cual no quiere decir que sea erróneo el razonamiento del Serafín de Asís. Porque es cierto que la paciencia por amor de Jesús, no sólo desemboca efectivamente en la alegría cristiana, sino que en realidad —como ya hemos dicho antes— no se ha encontrado otro camino que conduzca hasta ella con más seguridad y rapidez. Hasta se puede decir, sencillamente y sin más, que prácticamente no existe otro. A lo que hay que añadir que, el hecho de no ser aún la alegría cristiana, durante el presente peregrinaje terreno, la alegría consumada del Reino, tal cosa no ha de ser obstáculo para que pueda ser considerada como la Perfecta Alegría; por mucho que se trate de una perfección obviamente relativa.
Sucede aquí lo mismo que en el amor divino–humano, al que la Perfecta Alegría está íntimamente vinculada como su consecuencia primera y más directa. Va transcurriendo este amor, en un estadio previo de arras y primicias, hasta que alcanza su culminación definitiva en el Reino: de nuevo la dinámica del todavía no y del ya. A pesar de lo cual, bien puede ser considerado desde ahora, al menos después de haber alcanzado un cierto grado de evolución, como el más perfecto y verdadero. Con tal de que se advierta, claro está, que esto no es sino uno entre tantos modos de hablar; por más que correctos y conformes a verdad y que, de no utilizarse, harían casi imposible el entendimiento entre los hombres. La paciencia cristiana no se puede identificar, por lo tanto, con la Perfecta Alegría. Pero, puesto que la primera se encuentra ya a un solo paso de la segunda, y teniendo en cuenta además que ambas pueden ser consideradas como causa directa y efecto inmediato la una de la otra, no es difícil admitir que la paciencia cristiana participa ya de la luminosidad, de la gloria y del gozo inefable de la Perfecta Alegría (cf. Ro 5: 3–4; 2 Cor 11:30; 12: 5–9; Ga 6:14). Lo mismo que, a medida que alguien se va acercando a la fuente de la luz, se hace más intensa para él la claridad y va dejando atrás la oscuridad. También conviene aplicar a la alegría el proceso evolutivo que es propio del amor: en el sentido de que las arras y las primicias, durante la presente etapa de peregrinación, únicamente son tales por su relación a la inmensidad que ha de venir; pero, dado que el amor es totalidad, lo que ahora se recibe es ya de tal magnitud que no cabe ser descrito, ni aun siquiera imaginado. Por eso San Pablo ha de valerse de la que llaman los teólogos vía de la negación para intentar describir la Alegría del Cielo: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni llegó al corazón del hombre, lo que ha preparado Dios para los que le aman (1 Cor 2–9, citando a Is 64:3). Bien puede decirse que, de no admitirse estas conclusiones, se convierte en arduo y difícil el problema, ya de por sí complejo, de las Bienaventuranzas. Pues es en ellas donde se percibe con más claridad la importante aporía del binomio alegría–tristeza y su papel en la Revelación. |



