| La Alegría Cristiana o la Perfecta Alegría (III) |
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| Jueves, 20 de Mayo de 2010 04:14 |
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Sin embargo, a pesar de la intuición de San Francisco y de lo dicho hasta aquí, si se examina el tema con cierto detenimiento, cabe llegar a la conclusión de que la susodicha paciencia cristiana —que consiste, como se ha visto, en compartir la Pasión y la Muerte de Cristo—, lejos de ser ya la Perfecta Alegría, es en todo caso solamente el camino para alcanzarla; si bien el más rápido y seguro, además del único, para llegar a ella. Y, puesto que parece imposible hacer coincidir la Alegría Perfecta con la paciencia cristiana, tal vez sería más exacto decir que ésta es el último peldaño a subir para alcanzar aquélla. Pues la Alegría Perfecta no puede consistir en el dolor, por más que sea soportado por Cristo y con Cristo; sino solamente en el sentimiento que sigue al hecho de sufrir y morir con Él. De ahí la cuidadosa distinción que hace el Apóstol San Pablo, hablando precisamente de la comunión en los padecimientos de Cristo, entre el camino y la meta: Para conocerle a Él [Cristo], el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos, asemejándome a su muerte, por si logro alcanzar la resurrección de entre los muertos. No es que ya la haya alcanzado o que ya sea perfecto; sino que la persigo por ver si la alcanzo, por cuanto yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, aunque no creo haberla alcanzado, una cosa intento: olvidando lo que queda atrás persigo lo que está delante, lanzándome hacia la meta (Flp 3: 10–14).
Como puede verse, la comunión en los padecimientos de Cristo es para el Apóstol el paso previo para alcanzar la resurrección. Solamente eso. Las intuiciones de San Francisco de Asís son por lo tanto exactas; aunque necesitadas de matización respecto a aquello en lo que consiste precisamente el último paso. San Juan de la Cruz, que a lo largo de su vida también supo mucho de alegrías y de dolores, llega a esta misma conclusión en la última estrofa de su Noche Oscura: Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado, cesó todo, y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado. Donde puede apreciarse que los cuidados se identifican, sin duda alguna, con los dolores y sufrimientos por el Amado. Los cuales ya han cesado e incluso han sido olvidados; por lo que no procede otra cosa sino quedarse con y junto al Amado, reclinado el rostro sobre Él. Que es lo que insinúa también en la primera estrofa del mismo poema: En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura!, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada. Es evidente que, si la casa ha quedado ya completamente sosegada, es porque el dolor —en todas sus formas y maneras: persecuciones, tentaciones, arideces, ausencias, nostalgias, oscuridades…,— ha quedado atrás. Por eso habla de su dichosa ventura. A la rosada aurora me fui a buscar, con paso apresurado, a Aquél que me enamora; y, habiéndole encontrado, allí olvidé mi pena, en la dulce mañana, de amor llena. Acércate a mi lado mientras el austro sopla en el ejido, y deja ya el ganado, y hagámonos un nido de lirios y de rosas florecido. También la esposa de El Cantar de los Cantares, como no podía ser menos, lo viene a reconocer así hablando del Esposo (Ca 2: 4–6): Me ha llevado a la sala del festín y la bandera que ha alzado contra mí es bandera de amor. Confortadme con pasas, recreadme con manzanas, porque desfallezco de amor. Reposa su izquierda sobre mi cabeza y con su diestra me abraza amoroso. ¿Dónde están aquí los dolores y ansias que acompañaban a la búsqueda apasionada del Esposo? ¿Acaso no han quedado definitivamente atrás, entre las azucenas olvidados, como decía San Juan de la Cruz? Después de que todo ha cesado, y una vez que ha pasado el invierno (Ca 2:11), ha llegado por fin el momento en el que, definitivamente y para siempre, el Esposo reposa su izquierda bajo la cabeza de la esposa y la abraza amoroso con su diestra. Pues, así como es imposible ser presa del dolor cuando se está con el Esposo, así tampoco tiene objeto la esperanza una vez que ya se ha conseguido lo que se deseaba y se buscaba (Ro 8:24). El Bautista sabía esto demasiado bien y por eso exclamaba: Esposo es quien tiene esposa. Pero el amigo del Esposo, el que está con Él y le oye, se alegra grandemente con la voz del Esposo. Por eso mi gozo es completo (Jn 3:29). |
| Última actualización el Jueves, 20 de Mayo de 2010 04:27 |



