| ¿Está triste alguno de vosotros? |
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| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Domingo, 21 de Febrero de 2010 05:16 |
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Según dice el Evangelio, Jesús se sintió alguna vez invadido por la compasión al contemplar a las muchedumbres: Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor (Mt 9:36). No sabemos exactamente lo que pensaría ahora, aunque podemos imaginarlo con facilidad. En aquella ocasión aún no estaba fundada la Iglesia, mientras que ahora vive una existencia de más de veinte siglos. Y sin embargo, la situación es mucho más delicada en estos momentos que en aquéllos a los que alude el Evangelio, puesto que la Iglesia atraviesa una profunda crisis que es seguramente la más grave de toda su Historia. Si el Evangelio dice de aquellas muchedumbres que andaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor, ahora podría hablarse de una multitud inmensa de fieles que andan desconcertados y confusos, sin saber qué hacer ni adónde acudir para orientarse, en medio de una Iglesia arrasada y dividida. Y puesto que, por otra parte, no se divisan en el horizonte esperanzas de solución y la situación empeora cada vez más, de ahí que sean demasiados los cristianos que se sienten sumidos en la tristeza y hasta, a veces, en la desesperanza.
Sin embargo, todo creyente sabe que cuando no se ve por parte alguna solución humana a los problemas, aún queda la salida de acudir a la esperanza sobrenatural. Dice San Pablo, hablando de Abrahán, que esperando contra toda esperanza no desfalleció en su fe (Ro 4: 18–19). A propósito de la tristeza y del abatimiento que afecta a tantos cristianos, el apóstol Santiago aporta una solución que, a pesar de ser la única que posee visos de ser efectiva, y por lo tanto la verdaderamente definitiva, es bastante probable que sean más bien pocos los que habrán pensado en ella: ¿Está triste alguno de vosotros? Que rece (San 5:13). En cuanto a que las cosas son así no cabe duda alguna, puesto que es la misma Biblia la que nos asegura que la esperanza nunca defrauda (Ro 5:5). El hecho de que, ante la confusión y el dolor que se ciernen sobre tantos buenos creyentes, Santiago no recomiende en su Carta otra cosa que el escueto remedio de la oración, parece una simpleza. Sin embargo, cualquier cristiano de buena voluntad intuye que la solución a la actual situación no va a venir de manos humanas, sino que tendrá que proceder de Dios y solamente de Él. Lo que ocurre es que la Iglesia postconciliar ha dejado de creer en el poder de la oración. Y sin embargo, su infalible efectividad está atestiguada en abundantes lugares del Evangelio. La narración de la parábola del juez injusto, por ejemplo, comienza diciendo: Les propuso [Jesús] una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer… (Lc 18:1). Para acabar con una solemne promesa, de boca del mismo Jesucristo y llena de esperanza y consolación: ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar? Os aseguro que les hará justicia sin tardanza (Lc 18: 7–8). Haríamos bien los cristianos en darnos cuenta de algo importante: estamos más acostumbrados a leer las palabras de Jesucristo que a creerlas. Y sin embargo son claras y contundentes: Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá (Mt 7:7). El problema —si es que quiere considerarse como problema, puesto que todo período de persecución es una época de gracia— es que los modernos cristianos hemos sido llamados a vivir una etapa difícil en la que la Fe está siendo sometida a una prueba de fuego. La Pastoral católica postconciliar parece haber optado por una Teología centrada en el Hombre más bien que en Dios. El Demonio, por su parte, ha conseguido cuestionar la validez del Magisterio, además de difundir la idea del desamparo en casi todos los ámbitos en los que se mueven los fieles. Como consecuencia de todo ello, los valores sobrenaturales han cedido la primacía a la visión puramente natural del Mundo; de donde sucede la falta de confianza en la oración y en las promesas de Jesucristo. Sin embargo, ahí están sus palabras, acerca de las cuales sería difícil decidir si prevalece en ellas la belleza de lo sublime o la consolación de una firme esperanza: …Pero tened confianza, pues yo he vencido al Mundo (Jn 16:33). O bien, Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta la consumación de los siglos (Mt 28:20). O bien, …Y las Puertas del Infierno —una promesa definitiva con respecto a la Iglesia— no prevalecerán contra Ella (Mt 16:18). En la vida de los hombres, tanto en el ámbito personal como en el social, llega siempre un momento en que los problemas adquieren tan especial gravedad, acompañados a su vez de tal tono de angustia, que ya no admiten una solución de manos humanas. Es entonces cuando hacen su aparición el dolor y la tristeza…, aunque jamás debe darse lugar a la desesperanza. Santiago nos recuerda al respecto cuál es el único camino al que puede y debe acudir un cristiano: ¿Está triste alguno de vosotros? Que rece. |
| Última actualización el Domingo, 21 de Febrero de 2010 05:21 |



