| Haití (y III) |
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| Miércoles, 27 de Enero de 2010 00:00 |
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En el anterior editorial llegamos a la conclusión de que discutir acerca de la tragedia de Haití, sobre si debe o no debe ser considerada como castigo de Dios, es una cuestión bizantina. La verdad del caso es que, considerados serenamente todos los datos, la catástrofe tiene todas las apariencias de ser un resultado de la ira de Dios; y es en lo que vamos a insistir a continuación. Y ello a pesar de que ya conocemos la solución final y práctica del problema, aportada por cierto por el mismo Jesucristo y que viene a decir así: aquellos que perecieron fueron culpables, ciertamente; sin embargo, habida cuenta de que el pecado reina actualmente en todo el mundo a plena intensidad, si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente (Lucas 13: 1–5). Si alguno piensa que es exagerado sostener que el pecado es lo que hoy prevalece en el mundo, le conviene recordar que Jesucristo llamaba a Satanás el príncipe de este mundo (Juan 12:31); y que San Pablo, refiriéndose al Padre de la Mentira y de todos los mentirosos, decía de él que es el dios de este mundo (2 Corintios 4:4). Por lo demás, fue nada menos que el Papa Pablo VI (nada sospechoso de conservadurismo) quien dijo que el humo de Satanás había penetrado en la Iglesia a través de varias fisuras, y que incluso Aquél que se alza contra Cristo se había instalado en Ella.
Quienes aseguran que estas catástrofes no son un castigo de Dios obran seguramente con la mejor intención del mundo. Desgraciadamente, sin embargo, las buenas intenciones no siempre aciertan; ni tampoco son suficientes por sí solas: hay incluso quien dice, apelando a un viejo refrán, que el infierno está lleno de ellas. Es indudable que quienes piensan tan ingenuamente, consciente o inconscientemente, están influidos por las doctrinas del cristianismo anónimo y de la salvación universal. Para las cuales, si todos los hombres se salvan, no existe el infierno ni tiene sentido el pecado; y de ahí que acaben concluyendo que Dios no puede castigar. El Mundo moderno no está dispuesto a aceptar a un Dios remunerador y justiciero, sino solamente a un Dios bonachón, que algunos incluso considerarían un poco infeliz. Aunque no estemos cualificados para calificar la catástrofe haitiana como un castigo —¿Quién conoce los designios y los pensamientos de Dios? —, podemos en cambio constatar los hechos: Haití ha sido hasta ahora el único país del mundo consagrado al Demonio, por más que algunos, dada la imposibilidad de negar tal circunstancia, traten de diluir el significado del hecho. Además todo el mundo asegura que, a pesar de las cifras oficiales de porcentajes referentes a la religión (sesenta por ciento de católicos, veinte por ciento de protestantes), la realidad es que el culto Vudú es practicado por el cien por cien de la población. Pero tal vez sea conveniente que volvamos a lo más seguro, cual es el juicio emitido por el mismo Jesucristo. Quien vino a decir que, puesto que la culpabilidad es general, si no hacéis penitencia, todos igualmente pereceréis (Lucas 13). Y sus palabras, como siempre, están dotadas de plena y total actualidad (Mateo 24:35). Por desgracia, las palabras conversión o penitencia son precisamente las que los cristianos de hoy estamos menos dispuestos a oír. Ya el Concilio Vaticano II se inauguró bajo el lema de que menos hablar de condenaciones y castigos, y más insistir en las actitudes de mano tendida, de la comprensión y del diálogo. Por eso no se quiso condenar al Comunismo, por eso el nuevo Código de Derecho Canónico eliminó la condenación de la Masonería, y por eso también el Mensaje de Fátima, con su anuncio de los castigos para toda la Humanidad, fue maquillado y suavizado en los términos que conocemos (bajo la intención de no provocar temor o inquietud) El cristianismo anónimo y las doctrinas de la salvación universal, aceptadas incluso en Documentos oficiales , han difundido la idea de que el Padre bueno que es Dios no puede castigar. Según lo cual, frente a todos los testimonios de la Escritura, de la Tradición, del Magisterio, de la Historia, y hasta del sentido común, los cristianos estamos siendo forzados a admitir, y citaremos solamente a modo de ejemplo: a) Que el asesinato de millones de niños inocentes e indefensos en todo el mundo, bajo la etiqueta de los derechos de la mujer, quedará impune. ¡Son cientos de miles los que son sacrificados cada día! Y no solamente eso, sino que el nefando y escandaloso crimen, está siendo proclamado y enaltecido como un progreso de la Humanidad: ¡El progreso de que las madres puedan asesinar a sus propios hijos! La burla y sarcasmo que tal cosa supone contra la justicia, la sabiduría y la bondad de Dios, no podrían ser mayores. b) Que aberraciones tales como la homosexualidad y el lesbianismo, no solamente sean consideradas legales, sino el resultado de otro gran paso adelante de la Humanidad en la prosecución del progreso. Al introducirlos como formas de matrimonio legal, ¡con la posibilidad de adoptar y educar a niños inocentes! se hace burla del matrimonio y se destruye la institución familiar; al fin y al cabo otra de las bases establecidas por Dios cuando la creación del hombre, y de la cual también pretende hacer mofa la moderna Humanidad. Sería difícil dictaminar aquí acerca de lo peor, puesto que el ridículo resultante parece ser mayor que la aberración y la aberración parece superar al ridículo. En realidad uno y otro, aberración y ridículo, son el más vivo retrato del estercolero en el que los hombres voluntariamente se han sumido; tan hediondo como para ser evitado por los mismos animales. c) Que las persecuciones emprendidas contra los cristianos en muchas partes del mundo —físicas y hasta la muerte, como en Irak y la India; o sin llegar al martirio, pero pasando por toda clase de vejaciones, acosos y coacciones, como en España— van a quedar, además de silenciadas, absolutamente impunes. d) La evidencia de que las Instituciones de alcance internacional y mundial (como las Confederaciones de Estados, la ONU, Parlamentos y Tribunales Internacionales), de mano con los Gobiernos y Poderes que rigen los destinos de la Humanidad, utilizan como medio normal la mentira y los más sofisticados procedimientos para convertir a los ciudadanos en robots, sin voluntad ni pensamiento propios. Y que, al parecer, todo va a seguir igual con tendencia a empeorar. e) Que la actitud de confusión, desamparo, anarquía e incertidumbre que sufren los cristianos de buena voluntad, no solamente está siendo encubierta bajo un manto de silencio, sino también disimulada por la falsa doctrina, sabiamente difundida, de que nos encontramos en un momento de primavera de la Iglesia. La clara voluntad de seguir adelante, por parte de los respectivos responsables, traiciona su convicción de que Dios no va a intervenir de ninguna manera. – A quienes piensan que las cosas van a quedar así; a saber: que no existen motivos para pensar en castigos del Cielo y, en definitiva, que Dios es un ser bonachón; o lo que es más probable, que en realidad no existe, habría que recordarles las palabras de Jesucristo: ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar? Os aseguro que les hará justicia sin tardanza. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? (Lucas 18: 7–8). |
| Última actualización el Miércoles, 27 de Enero de 2010 02:33 |



