| Haití (II) |
|
|
| Viernes, 22 de Enero de 2010 16:32 |
|
Y continuamos hablando de la tragedia de Haití. Acerca de la cual, como la Historia se repite, nos encontramos de nuevo con un caso semejante al de las declaraciones eclesiásticas sobre el sida. El Arzobispo de Santo Domingo, Cardenal López Rodríguez, ha hecho unas declaraciones públicas en las que afirma que lo ocurrido en Haití no es un castigo divino. Son de apreciar las buenas intenciones del Cardenal. En realidad, sólo Dios sabe si tiene o no tiene razón. Por nuestra parte, sin embargo, es difícil evitar una sensación de desasosiego: ¿Cómo ha sabido el Cardenal que no se trata de un castigo del Cielo? ¿Alguna otra revelación privada, quizá…? Por desgracia, en el caso de que de eso se trate, he de confesar mi escepticismo acerca de esta clase de revelaciones. Salvo en lo que respecta a las apariciones de Lourdes y de Fátima, en las cuales creo firmemente (aparte del crédito personal que me merecen los videntes en una y otra, me fundamento sobre todo en la constante aprobación y bendición que la Iglesia ha hecho respecto a ellas), siempre me surgen sospechas ante la multitud de videntes y profetas que andan por el mundo. Confieso que incluso me asaltaron algunas dudas con respecto al Papa Juan XXIII; todas ellas referentes a su afirmación de que el Espíritu Santo le había inspirado la convocación de un Concilio; dudas que al cabo, con el transcurso del tiempo, quedaron afortunadamente disipadas, una vez comprobados y a la vista los resultados postconciliares.
De no ser que su Eminencia el señor Cardenal haya recibido alguna inspiración del Cielo, cosa que solamente él puede saber, quizá sea conveniente para todos recordar lo que decía el Apóstol San Pablo: ¿Quién conoció los designios del Señor? , o ¿quién llegó a ser su consejero? (Romanos 11:34). Por supuesto que yo tampoco puedo decir que el terremoto sea un castigo de Dios. De hacerlo, me colocaría en la misma línea que el Cardenal, con la diferencia de que por mi parte carezco de fundamentos seguros para afirmar tal cosa. De manera que solamente puedo decir, con respecto a si el seísmo ha sido o no ha sido un castigo, que realmente tiene toda la apariencia de serlo. Pero en definitiva parece tan aventurado afirmarlo como negarlo. Desde luego, como en el caso del sida, si algo podría afirmarse con seguridad, es que tampoco esta vez parece tratarse de una bendición. Ante la gravedad de estas situaciones, y de sus posibles consecuencias, habría motivos para pensar que tal vez sería mejor evitar este tipo de declaraciones, por parte sobre todo de aquellas personas constituidas en autoridad. Pueden suscitar impresiones falsas o proporcionar argumentos a los malvados. Siempre alguien podría decir, con respecto a quienes formulan este tipo de declaraciones, que en el fondo sospechan que efectivamente se trata de un castigo divino. Razón por la cual, ante el temor de lo que vayan a decir los media y los descerebrados de siempre, se apresuran a justificar a Dios. Como si Dios se hubiera comportado de nuevo a la manera de un niño revoltoso cuyas travesuras conviene tratar de disimular. Igualmente tampoco faltarían quienes acusarían a la Jerarquía eclesiástica, a menudo con razón, de un sentimiento de complejo de inferioridad. Pero de todos estos sucesos, si acaso deseamos ser prácticos, puede obtenerse una provechosa lección. El Mundo de hoy, y más concretamente el de los cristianos, ha perdido de tal modo el sentido del pecado que en manera alguna tolera la posibilidad de un castigo de Dios a la humanidad. El Dios bueno que creó un Infierno para luego dejarlo vacío; que hizo cristianos a todos los hombres, aun sin saberlo o sin quererlo ellos, por el mero hecho de ser hombres y desde Adán; el Dios por consiguiente que hubo decretado a priori —a través de la Encarnación del Verbo—, y luego confirmado a posteriori —por medio de la Redención—, la salvación de toda la Humanidad; el que considera válidas como instrumentos de salvación todas las religiones (los devotos de Buda, los sacerdotes del Vudú, los imanes del Islam y los ministros de Jesucristo oraron juntos en Asís)… ¿Adivina alguien aquí las reminiscencias del cristianismo anónimo y de las doctrinas de la salvación universal? Así es como se desemboca en la conclusión de que no es posible que tal Dios castigue a nadie. Por supuesto que esa conclusión, al igual que las premisas de las que parte, no son sino una falsedad, como vamos a tratar de demostrar. Aunque antes conviene hacer dos precisiones de importancia. La primera tiene que ver con el hecho de que, puestos a suponer que la tragedia lleva el sello de un castigo divino, si acaso fuera cierto y puestos a recabar responsabilidades, habría que pedirlas primeramente a Francia, además de acusarla como la culpable principal de la tragedia. Dado que aquí no podemos hacernos eco de disquisiciones históricas, ni siquiera someramente, baste con apuntar que, una vez consumada la independencia, Francia dejó en Haití un pueblo de esclavos negros sumidos en la más espantosa miseria, tanto en el orden material como en el espiritual. Y no es eso todo. Sino que después ha seguido esquilmando y explotando a este infeliz país hasta una época bien reciente. En cuanto a la segunda, conviene advertir que la discusión acerca de si la tragedia tiene o no carácter de castigo divino, es baladí y no tiene mucho sentido. Puesto que ya fue definitivamente aclarada, en el orden práctico al menos, por el mismo Jesucristo. Recordemos el texto: Estaban presentes en aquel momento unos que le contaban lo de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Y en respuesta les dijo: —¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los galileos, porque padecieron tales cosas? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente (Lucas 13: 1–5). En definitiva, ¿pensáis que estos eran más culpables que todos los demás? Pues os digo de verdad que si no os convertís, todos pereceréis igualmente. Palabra de Dios. Tal vez todos los que habitamos en este viejo mundo deberíamos reflexionar, antes de que sea demasiado tarde. |



