| Haití (I) |
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| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Jueves, 21 de Enero de 2010 16:52 |
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Lo ocurrido en Haití ha sido lo suficientemente doloroso como para conmover al mundo entero. Y una formidable ocasión para volcarse en favor de tanto desgraciado, mediante el ejercicio de una intensa caridad cristiana y de toda clase de labores humanitarias. Ante la magnitud de la desgracia, toda ayuda que el mundo pueda prestar será sin duda insuficiente. Los Estados Unidos han ofrecido un maravilloso (y aislado) ejemplo de generosidad y, tal como ahora se dice, de solidaridad; mientras que otros, como Europa en conjunto por ejemplo, se han mostrado más reticentes o han reducido su ayuda a la proporcionada por Grupos u Organizaciones aisladas. Poca gente habrá quedado sin compadecerse y sin sentirse solidaria con respecto a la desgracia y al dolor de tantos infelices. Muy poca gente en efecto, o prácticamente nadie, habrá quedado indiferente. Posiblemente en número tan escaso como los que se habrán parado a pensar sobre la tragedia y sus posibles causas. Y digo posibles causas porque no cabe descartar que hayan existido otras, además de las relacionadas con los fenómenos tectónicos. Y una de ellas, por supuesto, podría ser achacada a la intervención de Dios. Como ejercicio de justicia punitiva y como advertencia. Que un Padre no deja de ser bueno cuando castiga a sus hijos; pues, tal como dice el Libro del Eclesiástico, quien ama a su hijo usa los azotes, a fin de alegrarse en el futuro (Eco 30:1). No ignoro que voy a ser causa de escándalo. Es demasiado atrevimiento insinuar que ciertas desgracias que afectan a los humanos pueden llevar el sello del Dios justiciero. ¡Como si fuera imposible el castigo por parte de Dios, o no fuera propio de Él corregir y encaminar a sus hijos a fin de procurarles el bien!
Recuerdo cuando empezó a extenderse por el mundo la epidemia del sida. Todo el mundo sabe que vino a coincidir con la aparición de la Homosexualidad como fenómeno universal; por primera vez en la Historia reconocido, legalizado, encomiado, proclamado y ensalzado (el orgullo Gay). Y todo el mundo sabe también que fue en aquella época la causa más frecuente de transmisión de la enfermedad. Lo cual dio ocasión para que muchos hablaran de la presencia de un posible castigo divino. Sugerencia a la que no había porqué achacarle nada de particular: se trataría o no se trataría de un castigo de lo Alto, sin que en realidad nadie estuviera en posesión de razones suficientes para saberlo; pero evidentemente la posibilidad de que lo fuera no se podía descartar. En cambio sí que fue peculiar la intervención del Vaticano. El cual, mediante una comunicación oficial (no recuerdo ahora exactamente el Organismo que la hizo pública), determinó que el sida no era un castigo divino. El conocimiento del anuncio, y la consiguiente desacreditación de las iras celestiales, no dejaron de ser un alivio para mí; aunque confieso que, por otra parte, la cosa me llenó de estupor: ¿Cómo sabía el Vaticano que la epidemia no tenía carácter de castigo de Dios? ¿Alguna revelación, quizá? No Revelación pública, desde luego, que ya estaba cerrada y bien cerrada. ¿Una posible revelación privada entonces, recibida tal vez por algún oficial de la Curia? Mis poco extensos conocimientos, tanto de Historia de la Iglesia como de la Espiritualidad Cristiana, no me proporcionaban pie suficiente como para imaginarme a oficiales vaticanistas recibiendo dones extraordinarios del mundo de lo sobrenatural. Y de todas maneras la cosa era inútil, puesto que nadie está obligado a creer en revelación privada alguna; y menos todavía a pretender imponerla a los demás mediante decreto. Una cosa era segura, sin embargo: la epidemia del sida no podía ser una bendición de Dios; y menos todavía cuando se conocía la principal causa de transmisión de la enfermedad. Soy consciente de que en el mundo de hoy, tal como están las cosas, hablar de castigos divinos y referirlos además a esto o aquello es ponerse en peligro de acabar en alguna clínica de Salud Mental. Sin embargo, examinados serenamente los hechos, es de todos sabido aunque no se diga (o aunque se diga lo contrario), que el mundo está desquiciado…, y la Iglesia en particular. Su Santidad Benedicto XVI acaba de anunciar solemnemente que la Iglesia está definitivamente comprometida con el Ecumenismo, sin posibilidad de vuelta atrás. Lo que no deja de ser loable, como sucede en general con todo lo que dice el Papa: siempre será bueno salir en busca de los hermanos separados para reunirse con ellos. Y digo lo de encontrarse con ellos porque ahora está muy mal visto hablar de que los hermanos deben regresar al redil. Desde que ya no hay herejes, no hay porqué hablar de la necesidad de conversión por parte de nadie; y por eso la Iglesia ya no está tan interesada en ser misionera. Todo lo cual debe estar muy bien. Sin embargo, bueno sería (me atrevo a aventurar), que antes de salir a encontrarnos con quienes se separaron y marcharon lejos, tratáramos de reunir a los que todavía quedan dentro. Pues sucede que las divisiones internas en la actual Iglesia son de tal calibre, y la confusión es de tanta monta, como para ser bien capaces unas y otras de preocupar a cualquiera. En el día de hoy, las distancias ideológicas internas entre católicos son más profundas que las existentes hacia otras confesiones cristianas: conservadores y tradicionalistas, lefebvrianos y defensores del Concilio, fieles obedientes a Roma y Conferencias Episcopales funcionando por su cuenta, partidarios de la Misa de Pablo VI o de la tradicional de Rito Latino, adictos a la Liturgia ordinaria o decididos por las ceremonias folclóricas de los Movimientos Neocatecumenales, defensores del aborto y luchadores de los Movimientos pro–vida, católicos socialistas y católicos de la vieja guardia, creyentes en el Magisterio de la Iglesia o discípulos de Karl Rahner, etc., etc. Haití posee oficialmente una población mayoritariamente cristiana (alrededor del sesenta por ciento). Pero se trata de datos oficiales. La realidad es muy distinta. La corrupción general en todos los órdenes, la religión del Vudú bastante extendida, además de otras supersticiones y cultos diabólicos, han hecho de Haití un lugar en el que la práctica del Cristianismo se encuentra en estado de casi total descomposición. Es el único país del mundo consagrado oficialmente al Diablo (el 14 de Agosto de 1791). Por otra parte, el Presidente Arístide (salesiano, por cierto), mediante Decreto del 4 de Abril de 2003, reconoció al Vudú como religión de pleno derecho. Por último, dos precisiones: En cuanto a la primera, si acaso fuera cierto que se trata de un castigo de lo Alto, es de suponer que esta catástrofe no es sino el comienzo. Para Haití, desde luego…, y para el resto del mundo. Por otra parte, es bien cierto que suponer que es Haití el país de mayor iniquidad existente en el mundo, sería una afirmación, más que aventurada, seguramente falsa. |
| Última actualización el Jueves, 21 de Enero de 2010 18:29 |



