| En la Ausencia de Jesús (II) |
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| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Jueves, 16 de Febrero de 2012 05:06 |
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Los cristianos de todas las épocas, mientras transcurría el tiempo de su peregrinación por este Valle de Lágrimas, se sintieron apesadumbrados porque se sabían ausentes del Señor: Siempre estamos llenos de buen ánimo, aun sabiendo que mientras moramos en el cuerpo, estamos en destierro lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión (2 Cor 5:6). No obstante lo cual, como dice San Pablo, vivían de buen ánimo; pues pese a todo tenían fe, y de ahí su convencimiento de que al fin algún día se reunirían con Él. En los ya viejos tiempos para nosotros, a los que la Historia ha denominado con el nombre de Edad Media y los intelectuales de espíritu abierto conocen más bien como Edad Oscura, todavía existía la luz de la fe, en intensidad más que suficiente para iluminar los caminos de la existencia y dar un sentido de esperanza a la vida. En la época actual, por el contrario, que es la de las Luces, la de la Ciencia y la del Progreso, ya no existe la fe, por lo que que reinan en lugar suyo las tinieblas. Para quienes nieguen esto último, traeremos a colación las palabras de Jesucristo: El que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8:12). Lo cual significa, a sensu contrario, que quien no le sigue, porque no cree en Él, permanece en las tinieblas y carece de la luz de la vida. Pero como tampoco tales palabras van ser creídas, conviene recordar que hay quien está dispuesto a negar que la suma de dos y dos son cuatro y, por supuesto, a desconocer el refrán del asno y Aristóteles. Es evidente, desde luego, que las palabras de Jesucristo pueden ser rechazadas; aunque siempre quedará en pie lo que Él mismo dijo acerca de ellas: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mc 13:31). La situación de los cristianos actuales es mucho peor que la de aquellos que vivieron en los antiguos tiempos. Y desde luego, terriblemente más desgraciada. Porque ahora, cuando apenas si ya existe la fe, nada hay que esperar ni nadie a quien aguardar. Es realmente curioso que el índice de suicidios haya aumentado, tanto en números absolutos como en proporción, como nunca antes había conocido la Historia de la Humanidad. Es cierto que aún quedan, por aquí y por allá, núcleos aislados de cristianos; aunque asediados por todas partes por un ambiente pagano cada vez más asfixiante. Pero son simples grupos reducidos y sin conexión entre sí ---el pequeño rebaño, del que hablaba el Señor---, y además andan desconcertados, como ovejas sin pastor. Por supuesto que jamás faltará la inmensa mayoría, bien dispuesta a rugir y a negar airadamente estas afirmaciones. Pues siempre serán multitud los dispuestos a negar que dos y dos son cuatro, sin querer abrir los ojos a la realidad. La gente que vive hoy día en el mundo, alimentada de ilusiones y sostenida por el engaño, es legión. Y mientras tanto el viejo refrán, como ha ocurrido siempre con los refranes populares, sigue siendo verdadero: Más consigue un asno negando que Aristóteles probando. Y claro está que pueden alegarse razones, en número ilimitado o tantas como se quiera, además de decirle a la gente que abra los ojos y que vea lo que está viendo; pero será completamente inútil. Y es que nunca tuvieron tanta actualidad las palabras del Evangelio de San Juan: Y la luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron (Jn 1:5). Por mucha Primavera Eclesial, y por mucho Nuevo Pentecostés, pregonados como momentos de gloria y resurgimiento que vive la Iglesia en la actualidad y en los que se quiere hacer creer, sin embargo, para cualquiera que tenga ojos en el rostro y esté dispuesto a abrirlos..., no tiene más que mirar en derredor suyo y ver: y no contemplará otra cosa que una apostasía generalizada, concretada en una deserción en masa de quienes un día fueron católicos..., y que ahora, o bien creen que lo siguen siendo (absorbidos que han sido por las doctrinas de la herejía modernista, que hoy se imparte libremente en casi toda la Iglesia), o quizá más probablemente les importe un bledo el problema. Por supuesto que la Iglesia no desaparecerá nunca, según las palabras bíblicas; que por cierto son también las que aseguran que, hacia los últimos tiempos, el Cuerpo místico de Cristo quedará reducido a su mínima expresión e incluso, según las mismas palabras de Cristo, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿creéis que encontrará fe sobre la tierra? (Lc 18:8). Y a quien se empeñe en tachar estas afirmaciones de pesimistas, derrotistas, oscurantistas, etc. ---siempre hay gente buena y bien pensante---, habrá que aconsejarle que considere con imparcialidad hechos concretos y objetivos: Por ejemplo, el enorme deterioro que en pocos años ha sufrido el prestigio de la Jerarquía. Muchas aclamaciones al Papa, en efecto, al mismo tiempo que la doctrina del conciliarismo (negación del Papa como Cabeza monárquica de la Iglesia), cada vez más extendida, hace que su autoridad sea cada vez menos reconocida y acatada. Por citar algún caso, todo el mundo sabe que pululan por ahí Documentos, llenos de cientos de firmas de sacerdotes, que se permiten aconsejarle al Vicario de Jesucristo acerca de lo que tiene que decir y hacer (en contra de lo que siempre fue Doctrina de la Iglesia); y por supuesto que todos ellos quedan en la más absoluta impunidad. Al mismo tiempo, el papel de los Obispos en sus Diócesis, gracias a la fuerza del ambiente y a los Grupos de presión que dominan las Conferencias Episcopales, se ha convertido en algo casi nulo, en lo que se refiere al poder de decisión de estos Pastores. Nada tiene de extraño que dediquen sus enseñanzas pastorales a hablar de cosas que no interesan a nadie..., cuando no a mostrar posiciones de cobardía. Cuando todo un Arzobispo, por ejemplo, se atreve osadamente a decir que la conducta de los homosexuales no es correcta, y al día siguiente pide perdón públicamente, ante la posibilidad de que alguien se haya sentido ofendido, es que algo huele a podrido en Dinamarca. ¿Puede alguien imaginarse a San Pablo diciendo a los de Corinto, en su Primera Carta: No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los injuriosos, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios (1 Cor 6: 9--10), para luego pedirles perdón al día siguiente ante la posibilidad de haber molestado a alguno? Difícil cosa de concebir, ¿No es cierto...? Pues a eso ha llegado precisamente, entre otras muchas cosas, nuestro cristianismo de hoy. |
| Última actualización el Jueves, 16 de Febrero de 2012 16:03 |



