| El Diablo reza Maitines (II) |
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| Lunes, 01 de Febrero de 2010 02:30 |
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—Un momento, por favor. El Hermano Pedro sintió la necesidad de interrumpir al Diablo. —Un momento… Me estás hablando, y acabo de caer en la cuenta de que no puedo creer nada de lo que me dices. Siempre se me ha dicho que eres el Gran Mentiroso y el Padre de todos los Mentirosos. El Diablo hizo un guiño, soltó algo que parecía un bufido, y miró fijamente al fraile. —Me halagaría eso que me dices si no fuera porque es verdad. Y no sé si te das cuenta que me molesta cualquier cosa que roce a la verdad, siquiera sea de lejos. Por lo demás, siempre seréis igual de tontos los humanos. Por supuesto que digo siempre la mentira…, menos cuando me conviene decir la verdad, claro está. Te pondré un ejemplo, aunque no creo que seas capaz de comprenderlo: la mejor forma de engañar a los mentirosos —y en esto tengo toda una multitud de discípulos— es decirles la verdad. Aunque en los últimos tiempos he inventado un procedimiento mejor. Consiste en lo siguiente, y te vas a asombrar; escucha atentamente: A toda esa inmensa muchedumbre de descerebrados que me siguen y admiran, les he enseñado a utilizar palabras que suenan bien al oído y que se refieren a cosas que suscitan la admiración de los que no piensan. Y no necesito decirte, porque además la cosa cuenta a mi favor, con que hoy en día, eso de pensar casi nadie lo practica. Pues bien; todo lo que hay que hacer es cambiar disimuladamente el significado de las palabras y, si es posible incluso, colarle el opuesto. —Escucha— continuó el Diablo. —Lo vas a comprender enseguida. Lo he conseguido, por ejemplo, con vocablos como el progresismo o el de cultura. Gracias a las investigaciones realizadas por mí y mis expertos, no puedes imaginarte a cuanto asciende el inmenso número de idiotas que he logrado engañar. A mí se debe que ahora califiquen como progreso a formas de comportamiento que en realidad son canallescas; pero que efectivamente, hacen progresar sin falta a quienes las practican…, hacia mis deliciosas moradas, donde cariñosamente les aguardo y les preparo la bienvenida. En cuanto a la cultura —esta vez puedes creerme si te digo que hasta yo mismo, con todo mi saber, me asombro cuando veo hasta donde puede llegar la estupidez humana—, en cuanto a la cultura, digo, no puedes imaginar las cosas a las que llaman así, por ejemplo, la panda de mis amigos españoles que se autodenominan intelectuales. Por cierto que ya veo que a cualquier cosa sois capaces de llamarle mariposa; no tenéis remedio, ¿eh…? Estos tales, en las campañas que incansablemente libran a mi favor, hasta son capaces de hacer películas que, ¡asombrate! , ni yo mismo con todas mis diabólicas facultades soy capaz de aguantar. Y luego, para colmo —si pudiera reír, resultaría hasta divertido—, aparecen mis amigos de mi sucursal en Norte América y le conceden un premio a alguna de ellas. La verdad es que aún no termino de comprenderos… Pero me parece que nos estamos saliendo de tema.
El Diablo carraspeó y pareció tomar aliento, antes de continuar. —Te decía, aborrecido Pedro, que a veces digo la verdad. Solamente cuando me conviene, por supuesto, o bien cuando creo que voy a obtener con ella algún provecho. Recuerda, por ejemplo, cuando le dije a vuestro Jefe que le daría toda la gloria del mundo, puesto que me había sido entregada, si me adoraba (Lc 4:6). En aquella ocasión dije la verdad, como demuestra el hecho de que hasta Él me dio la razón, puesto que me llamó príncipe de este mundo (Jn 12:31). Cosa que, si por un lado me halaga, por otro me [censurado] que ambos estemos de acuerdo en algo, siquiera sea en una cosa. El entusiasmo de Satanás parecía ir en aumento. El Hermano Pedro no hubiera sabido si aquello era rabia apasionada o pasión rabiosa. No pudo contenerse: —¡Ten cuidado, que nos van a oír lo frailes! —¡Calla, memo, que hasta me emociono! — Y el Diablo continuó: —¡Conservar las palabras y cambiar su significado…! Pero ¿qué diablos? ¡Si ha sido el mayor éxito que he conseguido desde hace varios siglos…! ¿Te imaginas adónde he llegado, gracias a eso, desde el momento en que se os ocurrió celebrar el último Concilio? ¿Y a qué piensas tú que se debe el desbarajuste y la confusión que se ha organizado en ese engendro que vosotros llamáis vuestra Iglesia? Muchacho, ¡esto si que es sacar provecho de una cosa! Salto emocionado de Satanás y nuevo ruido que el Hermano Pedro no supo calificar. O tal vez porque se avergonzaba de pensar acerca de lo que podía ser. Con todo, aprovechó la breve pausa para preguntar: —Pero Satanás —¿puedo llamarte así? —, me has dicho antes que ibas a celebrar con tus más importantes colaboradores una jornada de oración. Y no lo entiendo, pues sigo pensando que, de una manera o de otra, eso va a contribuir a fomentar la fe de la gente. El Diablo esbozó algo que, por primera vez, pareció recordar a una sonrisa. De todas formas soltó una risotada. —¿La fe de la gente, dices? — Nueva risotada, acompañada esta vez de exabruptos que la censura no ha permitido trascribir. —Por supuesto—, continuó— que se hablará de Dios, de la paz universal, del entendimiento entre los hombres, de una religión válida para todos… Chico, ¡todo esto es alimentar la incredulidad! ¿Te imaginas, por ejemplo, lo que significa hacer creer a la gente que el único Dios bueno que existe lo es para todos, que no le importa que los hombres sean buenos o malos, que respondan o que no respondan al llamamiento de eso que llamáis su Amor, que está dispuesto a pasar por todas, que todas las religiones son iguales y que todo lo que hagáis, sea lo que sea, bueno o malo, es estupendo. Si conseguimos que la gente crea eso —y lo vamos a conseguir, pues para eso tengo bien entrenados a mis colaboradores—, ¡albricias y [censurado]…! ¡Porque entonces es cuando habremos logrado que el mundo crea en un Dios idiota…! (Continuará) |
| Última actualización el Lunes, 01 de Febrero de 2010 04:49 |



