El Diablo reza Maitines (I) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Viernes, 29 de Enero de 2010 15:36

Alta madrugada en el convento. Los frailes abandonan el lecho y se encaminan a la capilla con paso somnoliento. Con el orden y la parsimonia de siempre, van ocupando sus asientos y abriendo sus libros, mientras se disponen a cantar sus rezos. Algún bostezo medio ahogado. De repente uno de ellos, el Hermano Pedro, se sintió invadido por un sentimiento de horror. Situado como estaba en la parte posterior del coro, comenzó a darse cuenta con espanto que la puerta trasera, que apenas si alguna vez se utilizaba, se abría lentamente para dar paso al individuo más extraño y espantoso jamás visto por él. Dado su aspecto inconfundible, el Hermano pensó enseguida que se trataba del Diablo; y en verdad que tenía todas las trazas de serlo. Efectivamente; vestido de hábito, como el resto de frailes, asomaba bajo la capucha la horrorosa e inconfundible cara de Satanás; por lo demás imposible de describir.

El Hermano Pedro ahogó un grito:

—¿Pero tú…? 

—No te asustes. No pienso hacerte daño.

Y el Hermano Pedro: —Pero, ¿y los frailes? 

—Tranquilo—, contestó el Diablo, tratando de calmarlo con voz cavernosa. —Ninguno puede verme. Y aunque me vieran, tampoco pensarían que soy yo. Recuerda que os han dicho que ni yo ni el Infierno existimos. Que el buen Padre Dios no condena a nadie y que sólo quiere la salvación de todos; completamente gratis además y sin esfuerzo alguno. Y los muy imbéciles se lo han creído; o al menos han hecho como que lo creen. Tú en cambio me tienes miedo, y por eso te respeto. No me molesto en dialogar con los necios que niegan mi existencia, si bien he de reconocer que me agradan y adulan.

El Hermano Pedro comenzaba a recobrar el aliento.

—Pero entonces, ¿a qué has venido aquí?  

El Diablo no tardó en responder, no sin reprimir un respingo que tal vez pretendía ser una risotada:

—Pedro, ¿tú también haces preguntas estúpidas?  ¿A qué se viene al coro?  Pues a rezar, idiota.

El Hermano se sentía cada vez más asombrado:

—Pero, ¿acaso rezan los demonios…? 

La pausa del fraile para tomar aliento fue aprovechada en el acto por el Demonio:

—Pues claro que sí, necio malnacido. ¿Y por qué no íbamos a rezar?  ¡Pero si es uno de nuestros más lucrativos negocios, hijo de [censurado]…!  Te lo voy a explicar y lo comprenderás enseguida. Precisamente uno de estos días celebro una sesión de oración, con ribetes de alto rango, acompañado de mis principales colaboradores en vuestro Mundo. Imposible que te imagines, ni de lejos, el fruto a obtener; y aún más que todo eso, lo que pienso divertirme.

A estas alturas el Hermano Pedro ya había logrado un cierto dominio de sí mismo:

—Pero yo siempre he oído decir que al Diablo no le gusta perder el tiempo. ¿No será, por lo tanto, todo eso un desperdicio de tiempo, y no contribuirá también a difundir, siquiera de alguna manera, la práctica de la oración? 

Nuevo respingo de Satanás.

—Vosotros, los humanos, siempre pensando con el [censurado]. No tenéis remedio. En primer lugar, es verdad que yo nunca pierdo el tiempo. Entre otras razones, porque no lo tengo. Mi asquerosa existencia transcurre en la eternidad, donde no existe el tiempo, pues fue allí donde me puso ese maldito de vuestro Dios. Pero es que además —y esto es lo más importante— no te imaginas lo productivo que resulta ridiculizar una práctica del culto tan desgraciadamente importante como es la oración. Cuando los bobos de tus congéneres nos vean rezando (¡? ) quedarán más confirmados en la idea de que la oración es un camelo. En este sentido, a partir del último Concilio, he de reconocer —con mucho agrado, desde luego— que las cosas nos han sido puestas a huevo. En ese mundo vuestro, muchos de mis secuaces piensan —siempre tontos, además de [censura]— que me hacen favor difundiendo marranadas por los media, multiplicando desde la escuela la propaganda atea, o haciendo creer a todos los ingenuos del mundo que las mayores aberraciones, impropias incluso de los animales, son logros del progreso. No, mi odiado Pedro. Porque son precisamente los actos de culto que ahora celebráis, y las funciones a las que continuáis llamando litúrgicas, las mejores fuentes de nuestra cosecha. No creéis en ellas, y además las habéis emparejado con el ridículo y la farsa. Pero, ¿qué digo?  ¡Si lo mejor de todo es la predicación!  He conseguido que vosotros todos, frailes, curas, Obispos y Cardenales, aprendáis a predicar!  ¡Por fin os habéis decido a hablar aburriendo a la gente!  Sin proclamar la recta doctrina, sin aludir a los verdaderos problemas que afectan a los que os siguen, sin denunciar nunca las verdaderas raíces del mal y pendientes siempre de lo que dirán quienes lo dirán… Y más que todo eso, cuando cualquiera es capaz de darse cuenta de que lo que predican vuestros Pastores es enteramente ajeno a sus vidas: genial. Te digo, Pedro, que de poder reír lo haría con gusto cuando veo a vuestros progres lanzar otra nueva película contra Ése a quien llamáis Jesucristo. ¡Infelices…!  Si mis mejores agentes se encuentran precisamente dentro

Al Hermano Pedro casi se le escapa un grito:

—¿Qué quieres decir con eso? 

El Diablo pareció ponerse más furioso: —¿Me preguntas qué es lo que trato de decir?  Pues verás… (Continuará)

Última actualización el Viernes, 29 de Enero de 2010 18:12