El Complejo de Inferioridad (y V) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Viernes, 01 de Enero de 2010 05:29

Hemos visto que el abandono que sufren las ovejas del Rebaño de Cristo, por obra de la Jerarquía de la Iglesia que no cumple con el deber de predicar la recta Doctrina, se debe sobre todo a la presencia de un complejo de inferioridad.

 

Un complejo motivado por el miedo. El cual se origina, a su vez, por la debilidad de la fe y el enfriamiento de la caridad. Por ese camino hemos llegado a la conclusión de que esta última malaventuranza —el enfriamiento de la caridad— es la causa más profunda del temor y, por lo tanto, del complejo de inferioridad.

 

Que la cobardía, o el temor, son una consecuencia de la falta de Amor no es una mera opinión nuestra, sino que es el Apóstol Evangelista quien lo dice: En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor (1 Jn 4:18). De manera que, si como asegura San Juan, el amor excluye y es incompatible con el temor, la presencia de este último es la demostración palpable de que ha desaparecido el Amor.

 

De ahí que reducir la causa de la falta de alimento espiritual, sufrida por los fieles, a un simple complejo de inferioridad por parte de la Jerarquía, sería quedarse en la superficie del problema. Hasta aquí hemos analizado el fenómeno —aunque someramente— y hemos visto que ofrece variantes y características, además de una pluralidad de causas. Estas últimas aparecen cada vez como más graves y preocupantes, a medida que se manifiestan como más profundas y determinantes.

 

Según Jesucristo, la abundancia de la iniquidad es causa concurrente en cuanto al enfriamiento de la caridad (Mt 24:12). El lamentable fenómeno del que venimos hablando, y que hoy padece tan fuertemente la Iglesia, no se reduce a una mera actitud temerosa por parte de la Jerarquía. Sino que debe ser atribuido al Mal, escrito esta vez con mayúscula, en plena manifestación de su Poder y en completa libertad de actuación; que es el que, a través de sus múltiples sicarios (Sociedades secretas, Gobiernos, Partidos Políticos, Instituciones, medios de comunicación…), está moviendo los hilos y, por lo que se ve, con gran efectividad y pleno éxito. El cáncer de la Iniquidad, cada vez más extendido en el mundo, incluso ha penetrado y ha infectado también el Cuerpo de la Iglesia; de tal forma que la Esposa de Cristo está sufriendo el mayor ataque de su historia y, por esa misma causa, una crisis más grave y peligrosa que las producidas en su día por la herejías arriana o Protestante.

 

Con todo, los cristianos siempre podrán confiar en la promesa del Señor en cuanto a que las Puertas del Infierno no prevalecerán (Mt 16:18). Por lo que siempre poseerán la seguridad de que la Iglesia no puede desaparecer. Lo inquietante, sin embargo, a la vista de la gravedad de los hechos, de la casi universal anarquía y de la profunda confusión reinante, se refiere ahora a la dificultad de buscarla. Sabemos que la Iglesia sigue ahí, puesto que no puede haber desaparecido ni desaparecer jamás; pero ¿dónde está, exactamente…?  Pues todo parece indicar que, ante el silencio de gran parte de la Jerarquía, la diversidad de doctrinas (a menudo contrarias) predicadas por unos y por otros o discutidas por los teólogos, el hecho de que el Magisterio anterior al Concilio haya sido puesto en duda (y como consecuencia, también el posterior), la práctica desaparición del principio de autoridad, el cisma de facto (no reconocido oficialmente, pero real) producido en algunos países con respecto a Roma, el cuestionamiento de casi todos los dogmas por parte de la Nueva Teología, al que hay que añadir su descubrimiento de que todos los hombres son cristianos desde el primer momento de su existencia (el cristianismo anónimo), así como la pretendida validez para la salvación de todas las religiones…, etc., etc., habría que formular la misma pregunta de San Pedro: Señor, ¿a quién iremos?  (Jn 6:68).

 

Sin embargo, pese a la gravedad de los hechos y a todo lo que parezca, amén de los argumentos negativos que se puedan aportar, siempre los cristianos podrán contar con la suprema verdad contenida en el grito triunfal del Apóstol San Juan: Ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Jn 5:4). Y más aún todavía, con la misma promesa del Señor: Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta la consumación del tiempo (Mt 28:20). Y así será también, pues de otro modo la promesa acerca de la derrota final de las Puertas del Infierno quedaría incumplida. En cuanto a la esperanza de que la Iglesia llegue a gozar algún día de abundancia de Pastores dispuestos a conducir valientemente el Rebaño, también sobre este punto existe la promesa del Señor: Rogad al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies (Lc 10:2). Bastaría pues con la verdadera oración, cuando los cristianos al fin se decidan a hacerla. Y siempre con el recuerdo puesto en Abrahán, que supo esperar contra toda esperanza (Ro 4:18) y no quedó defraudado.

Última actualización el Viernes, 01 de Enero de 2010 15:36