El Complejo de Inferioridad (II) Imprimir E-mail
Sábado, 19 de Diciembre de 2009 03:04

Hemos dicho que el complejo de inferioridad que padece la Pastoral católica utiliza la conocida práctica de arrojar balones fuera. Eludir los verdaderos problemas —y tanto más cuanto más grave y urgente sea la necesidad de encararlos— y, en todo caso, puesto que predicar es necesario, hablar de trivialidades, banalidades o de falsos problemas que, por el mero hecho de no ser tales problemas, no afectan a nadie.

 

El Mensaje de Navidad del presente año (2009), firmado por todos los Obispos de la Patagonia, tiene por tema La protección del medio ambiente. Ante lo cual es de suponer que cualquier creyente estará dispuesto a envidiar la situación del Cristianismo en Argentina; una feliz Arcadia en la que, al parecer, no existen problemas que afecten a la vivencia de la Fe.

 

En cuanto a los Estados Unidos, data de muy antiguo la práctica de publicar libros con chistes como contenido, aunque especialmente ideados para las homilías dominicales. Claro que, tal como suele ocurrir con los productos preparados de antemano, la homilía tiene que adaptarse al chiste prefabricado, a fin de que ambos encajen debidamente; o dicho de otra manera, para que la risa se adapte al contenido de la homilía: ¿o acaso es la homilía la que tiene que adaptarse al sentido de la broma?  Sea como fuere, es indudable que el chiste de fabricación industrial, ya preparado para dar cuerpo a la homilía, es la más clara expresión de la inanidad de la predicación y de la ausencia de ideas y de sentimientos por parte del predicador. Los desgraciados asistentes a las funciones litúrgicas se ríen de la gracia —¡qué remedio queda! — Al fin y al cabo más vale reír que llorar.

 

El complejo de inferioridad pastoral tiene miedo de todo. De suscitar las iras del Poder, de oponerse a los criterios establecidos por el mundo (los nuevos dogmas, que ni siquiera necesitan de definición), de la reacción negativa de los media, de ser tachado de conservador o de tradicionalista, de molestar o suscitar disgusto entre los oyentes, de posibles represalias que quizá comprometan el status del que se disfruta, etc., etc. Sucede que, al menos en el presente estado de la Historia del Mundo, el Mal tiene mucho más poder que el Bien (en realidad el Bien parece no tener ninguno); y siempre ha parecido más discreto pertenecer al bando más seguro. Por otro lado, buena parte de la Jerarquía de la Iglesia padece además otro extraño subcomplejo: el temor reverencial hacia todo lo que diga y disponga la Izquierda en general. Tal como están las cosas, si la Izquierda proclama algún día que es falso el teorema de Pitágoras, serán muchos lo que empiecen a pensar que el sabio griego y quienes han aplicado su principio han estado equivocados durante siglos. Así se explica que, cuando algunos creyeron que la victoria del Comunismo en el mundo era algo definitivo, llegaron a convencerse igualmente de la necesidad de asegurar al Coloso, por todos los medios posibles —incluido un Pacto preconciliar—, que nadie alzaría la voz contra él. 

 

El complejo de inferioridad eclesial está convencido de que nada se puede hacer contra el poder creciente del Mundo. Por eso hablaba Maritain del arrodillamiento ante el Mundo.[1] Y por eso parece ahora cumplirse al pie de la letra lo anunciado en el Apocalipsis para el fin de los tiempos:

 

Toda la tierra, admirada, siguió a la bestia. Y adoraron al dragón porque había otorgado el poder a la bestia. También adoraron a la bestia, diciendo:

 

—¿Quién es como la bestia, y quién puede luchar contra ella? [2]

 

Y poco más adelante, añade:

 

Hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, reciban una marca en la mano derecha o en la frente; para que nadie pueda comprar o vender sino el que tenga la marca, el nombre de la bestia o el número de su nombre.[3]

 

De ahí la logomaquia, a la que tantas veces hemos aludido. Palabras y palabras, aunque sin llegar jamás al fondo de algún verdadero problema: ¿Quién se atreverá a enfrentarse al Mundo y a los Poderes?  A pesar de que aquí interfiere un grave problema que ya fue planteado por el mismo Jesucristo, referido esta vez a la necesidad de predicar el Evangelio (Mc 16:15); sin que pueda considerarse suficiente para ello dedicarse a cuestiones colaterales, que nada o poco tienen que ver con su Doctrina. Dicho de otra forma, la necesidad de predicar las verdades evangélicas, sin disimulo ni cortapisas. 

 

El Maestro, como se sabe, ya advirtió acerca de aquellos que se avergonzarían de él. Pero no solamente de Él como Persona, sino también de sus palabras: Porque quien se avergüence de mí “y de mis palabras”, de él se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria.[4] Lo que nos conduce a aspectos del problema especialmente delicados y que merecen especial consideración; puesto que hasta ahora no hemos hecho sino rondar los prolegómenos, pero sin llegar todavía a lo más profundo y preocupante de tan decisiva cuestión.



[1]Lo curioso del caso es que lo decía cuando él mismo ya se había postrado ante él. Su Humanismo Integral principalmente, y toda su filosofía, vienen a resumirse en la exaltación del hombre como tal, valorado por primera vez en sí mismo, en una independencia que daba de lado (aunque sin negarlo expresamente en la teoría) al teocentrismo que hasta ahora había prestado sentido al hombre como creatura.

[2]Ap 13:4.

[3]Ap 13: 16–17.

[4]Mc 9:26.