| El Complejo de Inferioridad (I) |
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| Lunes, 14 de Diciembre de 2009 17:11 |
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Se quiera reconocer o no, es un hecho que los escasos católicos que todavía asisten a la Misa dominical experimentan aburrimiento ante las homilías que escuchan. Aunque más bien habría que decir ante las homilías que oyen, puesto que escuchar supone una cierta atención por parte del auditorio. El cual, en la inmensa mayoría de los casos, se siente por completo desinteresado con respecto a lo que se le está diciendo. En cuanto a las razones del fenómeno, una vez estudiado el asunto, es indudable que pueden encontrarse muchas que no eximen de culpa a la audiencia: la crisis de Fe, el paganismo reinante, la descristianización del ambiente y las reformas litúrgicas del postconcilio, etc., etc., y donde todo va a confluir a lo mismo. Pero, aparte de elaborar un análisis de utilidad para conocimiento de expertos y elaboración de estadísticas (generalmente maquilladas), una investigación superficial en lo que se refiere a la solución del problema, o al menos a su mejora, no creo que condujera a ningún resultado práctico.
Parece más interesante buscar las raíces profundas del problema. Lo cual, preciso es reconocerlo, es probable que tampoco consiga nada, aparte de un mejor conocimiento de los hechos. La gente no escucha porque casi todo lo que se le dice es intrascendente y no suele interesar a nadie. Es frecuente que las exhortaciones de los predicadores discurran por alturas alejadas de la realidad (lo que ordinariamente se denomina andar por las nubes), mientras que el Pueblo fiel se queda en tierra.[1] Sería interesante estudiar esta diferencia de planos (líneas paralelas que nunca se encuentran) en los que transcurren las aparentes preocupaciones de los Pastores, por un lado, y las del Pueblo de Dios, por otro. No es posible negar que la predicación se ha degradado en la misma medida en que el Cristianismo como vivencia también se ha degradado. La culpa, desde luego, es del conjunto del Pueblo Dios y no sería justo cargarla enteramente sobre la Cabeza. Sólo que aquí, a diferencia de lo que disponían en España las Ordenanzas de Carlos III para el Ejército, las cuales cargaban toda la culpa y penalizaban siempre a los de abajo (Se castigará siempre al inferior, era el estribillo con el que solían terminar todas), es imposible dejar de asignar a los Pastores al menos la mayor parte de la responsabilidad con respecto al problema. Lo primero que llama la atención aquí es una importante y aparente contradicción. Según dice la Carta a los Hebreos, la palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que una espada de doble filo: entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón.[2] Con todo, y pese a ser la Carta a los Hebreos Palabra de Dios inspirada, aún es más contundente y directo lo que dice el mismo Jesucristo: Las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Y sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen.[3] Y de ahí la pregunta: ¿Con qué nos quedamos…? ¿Es viva la Palabra de Dios o es más bien aburrida? La respuesta no parece difícil de encontrar, y todo tiende a indicar que es precisamente ésta: Porque lo que se predica tiene poco que ver (y a veces nada) con la Palabra de Dios. Y llegados a este punto es casi obligatorio procurar omitir en lo posible los ejemplos personalizados. Por mor de la caridad y también para evitar de paso el escándalo de los débiles. ¿Cómo se ha dado lugar a esta situación…? ¿Precisamente en unos momentos en los que un Occidente postcristiano, parte a su vez de un mundo casi en su totalidad pagano, necesitan tanto el uno como el otro, con más urgencia que nunca, la Palabra de Dios? Para facilitar las respuestas, y a fin de centrar el problema en lo que más nos interesa, procuraremos ceñirnos al Catolicismo. Con respecto a lo cual, la primera consideración que viene a la mente es el hecho indiscutible del extraordinario y extraño complejo de inferioridad que sufren en la actualidad los Pastores de la Iglesia. O al menos un gran número de ellos. Claro que esta afirmación, con ser verdadera, anda lejos de responder al conjunto del problema. Para entender lo cual, intentaremos examinar la cuestión a través de tres capas de profundidad, en la esperanza de lograr un acercamiento gradual al fondo de la situación. Y en primer lugar, el fenómeno del complejo de inferioridad en sí mismo. Realidad ante la cual sería vano negar o poner en duda su existencia. Se manifiesta de numerosas y muy variadas maneras. Aunque todas coinciden en un hecho tan simple cual es el de escamotear la Palabra de Dios. El procedimiento se concreta, a su vez, en dar de lado a los problemas. Para lo cual basta hablar exclusivamente de banalidades y no aludir, ni de lejos, a realidades que podrían comprometer ante los Poderes a quienes se atrevieran a denunciarlas. El Apóstol San Pablo proclamaba que él no sentía vergüenza alguna en proclamar el Evangelio (Ro 1:16), mientras que San Pedro, a su vez, también insistía en que nadie debe avergonzarse de ser cristiano (1 Pe 4:16). Sin embargo, después de transcurridos tantos siglos, en los tiempos en los que vivimos la Pastoral Católica ha aprendido el arte de sortear los problemas. Mediante el procedimiento, como acabamos de decir, de hablar de banalidades, de cosas indiferentes o de cuestiones diversas más o menos interesantes, pero en las que nunca cabe la probabilidad de que alguien se sienta molesto por sacarlas a flote. A tal fin, se evita la predicación del Evangelio y se limita el tema de los discursos, como se dice ahora corrientemente, a las cuestiones relativas a pájaros y flores. Pero la cuestión es demasiado importante y delicada como para merecer la consideración más amplia que habíamos anunciado al principio. Será necesario, por lo tanto, continuarla. |



