El Cáncer y la Cataplasma (y II) Imprimir E-mail
Miércoles, 23 de Diciembre de 2009 02:27

El antiguo refrán ya lo había dicho así: A grandes males, grandes remedios. Y dado que en este caso el mal es grande, e incluso más de lo que parece, por supuesto que no se va a curar con pequeños remedios ni con moderadas medidas fundamentadas en actitudes de comprensión.

 

Es de admirar la facilidad con que los humanos olvidamos verdades de Perogrullo o derivadas del sentido común. Con respecto a la diócesis de la que hablamos, durante demasiados años se ha tolerado a Obispos más preocupados de la política que de la pastoral; sin que se adoptaran pertinentes medidas al efecto ni se removiera a nadie de su cargo. Al final, como era de esperar, no ha quedado allí otra cosa que mucho de nacionalismo y poco de Catolicismo. De ahí que no sea fácil comprender que todavía haya gente que se extrañe y se escandalice de cosas que suceden pero que, al fin y al cabo, no son sino el resultado lógico de un cúmulo de circunstancias toleradas, e incluso celebradas y bendecidas.

 

Lo que hace falta en realidad es una profunda reforma de la I­gle­sia. Todavía habrá quien se escandalice de esta expresión, lo cual no deja de ser sino otra manifestación del enorme deterioro que han sufrido la Fe y la Doctrina Católica. En los tiempos pasados —a decir verdad, durante toda la historia de la Iglesia— se venía empleando siempre con normalidad la expresión Ecclesia semper reformanda (la Iglesia, siempre en situación de reforma), a la que se solía añadir in Capite et in membris (tanto en la Cabeza como en los miembros). Sin que se produjeran sustos ni aspavientos por parte de nadie. Siempre fueron conscientes los verdaderos cristianos de que andaban lejos de haber llegado a la meta final de la perfección. Los Santos Padres no tuvieron empacho alguno en calificar con frecuencia a la Iglesia como Casta Meretrix (Casta y Meretriz), de tal manera que nadie había dudado nunca que Ella es Santa y Pecadora a la vez (su verdadera Cabeza es Cristo, mientras que los miembros somos hombres pecadores).

 

Desgraciadamente las perspectivas han cambiado en la actualidad. La Iglesia parece contemplarse a sí misma ahíta de Primaveras y de nuevos Advientos, manifestación exultante todos ellos de la nueva Iglesia, la misma que representa la culminación gloriosa de la humanidad como tal. De ahí que en la actualidad sería impensable, y hasta peligroso, hablar de la necesidad de reformas in Capite, tal vez in membris, y ni siquiera en alguna otra parte. Por lo demás, la Autoridad no se muestra muy dispuesta a ser objeto de críticas constructivas (extrañamente, sin embargo, suele aceptar de buen grado las destructivas). La misma actitud se observa por parte de los fieles, quienes no sienten ninguna necesidad de reformarse o de convertirse; y menos aún desde que se han enterado de que todos los hombres han sido salvados a partir del momento de la Encarnación de Cristo y de su unión con la naturaleza humana; y desde que ya no existe, además, distinción alguna entre paganos y cristianos, o entre salvados y condenados (salvación universal, teorías del cristianismo anónimo y del infierno como mera posibilidad real pero en realidad vacío).

 

Problemas como el de la diócesis española de la que venimos hablando, y como tantos otros cada vez más graves y en mayor número, solamente podrían solucionarse mediante un Concilio que estuviera dispuesto a emprender una verdadera y enérgica reforma de la Iglesia. ¿Será posible que algún día tenga lugar? 

 

Depende.

 

Si acaso estamos ante los últimos tiempos de la Historia del Mundo (tal como se desprende de los hechos, al parecer perfectamente encajados a las profecías), pero cosa que en realidad sólo Dios conoce, la respuesta tiene que ser negativa: De ninguna manera.

 

De lo contrario, si conforme a los planes de Dios la Historia del Mundo y de la Iglesia deben continuar, será absolutamente necesario en ese caso que se celebre. La Iglesia tendrá que hacerlo así, en cuanto que es necesario que se cumpla la promesa de su Divino Fundador acerca de su subsistencia hasta el final.

 

Por el momento, las perspectivas de un Concilio, o de algo que suene a verdadera reforma, no se adivinan por ninguna parte: ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo. Y la cosa tiene explicación, hasta cierto punto. Los llamados conservadores sentirían pavor ante la idea de un nuevo Concilio: una actitud comprensible cuando se tiene presente el recuerdo del último y se contempla la situación actual. En cuando a los que podrían ser calificados como liberales o progresistas, se sentirían igualmente horrorizados ante la idea: la nueva Iglesia actual, la del reconocimiento del valor e independencia de la razón humana, la de todos los hombres iguales en cuanto a la salvación, la de la bondad y validez de todas las religiones, la del antropocentrismo y glorificación del hombre, la que ya no piensa en la existencia de la senda estrecha, ni en trabas capaces de coartar las libertades de cada individuo…, desde luego que no entra en sus planes la necesidad de cambiar nada que pueda apartarla del nuevo itinerario que ha decidido seguir.

 

Después de esto, ¿qué es lo que le queda a los cristianos de buena voluntad?  Respuesta: la oración y la confianza en Dios. Solamente eso; no más, pero tampoco menos. Y sin embargo, de alguna manera que no es fácil llegar a conocer, sin duda alguna que será suficiente.