El Cáncer y la Cataplasma (I) Imprimir E-mail
Lunes, 21 de Diciembre de 2009 06:08

(NOTA: Dada la importancia y actualidad del tema, interrumpimos temporalmente la serie de editoriales sobre "El Complejo de Inferioridad", que continuará después, para introducir el actual).

 

Si alguien pretendiera curar un cáncer mediante la aplicación de una cataplasma sería tachado de iluso, en el mejor de los casos, aunque la mayoría de la gente lo consideraría loco. Y con toda razón.

 

Pero lo que nunca nadie efectuaría en el tratamiento de enfermedades corporales, es lo que se hace, y con bastante frecuencia además, con respecto a cosas mucho más importantes y graves. Lo curioso del caso es que nadie parece advertir tamaña incongruencia; la cual, por otra parte suele ser, como acabo de decir, el pan nuestro de cada día.

 

No hace demasiados días, el Papa ha nombrado un nuevo Obispo para cierta diócesis española; bastante problemática, por cierto. Lo de problemática es conveniente decirlo porque apenas si queda en ella algo que se parezca al Catolicismo. Y en cuanto a la mayoría de su clero, como no se podía esperar otra cosa, hace tiempo que perdió de vista lo que significa el carácter sacerdotal.  

 

Con motivo de dicho nombramiento, el clero diocesano casi en su totalidad ha publicado oficialmente una dura protesta, la cual viene a traducirse prácticamente en que no está dispuesto a recibir al nuevo Obispo. Las razones aducidas por los querellantes vienen a resumirse en que la persona nombrada no reúne las condiciones requeridas para continuar, según ellos, con la misma orientación pastoral que se ha practicado hasta ahora en la diócesis. En cuanto a las condiciones que se requerirían en este caso, capaces de contentar a los contestatarios, dada la condición de quienes protestan, no son difíciles de adivinar. Pueden resumirse en no hacer gala de la fe (más bien de hacer caso omiso de ella) y, lo que no es menos importante, ostentar un carácter político de izquierdas y de progresista a ultranza; todo ello adobado con una pretendida dosis de nacionalismo y de independentismo. En definitiva, una abierta y clara rebelión contra el Papa.

 

También, como era factible suponer, las reacciones contra los rebeldes, si bien no demasiado numerosas y en modo alguno contundentes —todo hay que decirlo—, no se han hecho esperar. Los argumentos de los abanderados de la legalidad también son fáciles de adivinar: se trata de una rebelión contra el Papa, de un olvido del verdadero carácter sacerdotal y de la debida obediencia a la Jerarquía (incluida la promesa hecha en la ordenación de obedecer al propio Obispo y a sus sucesores), etc., etc. Argumentos todos ellos fundados y por supuesto verdaderos. Y, como igualmente puede suponerse, tales argumentos han ido acompañados de las pertinentes soluciones acerca de lo que habría que hacer: el Papa debe mantenerse firme, la Conferencia Episcopal debe apoyar al nuevo Obispo quien por su parte debe mostrar valentía y firmeza, los verdaderos cristianos de la diócesis (seguramente se refieren a los pocos que quedan) deben manifestar su fidelidad a la Jerarquía y a sus disposiciones, etc., etc. Y una vez más y de nuevo, soluciones todas fundadas y a las que no les falta razón.

 

Pero que serán absolutamente inútiles. Aquí podría decirse, con toda verdad, que pretender curar un cáncer con una cataplasma es lo mismo que dar voces al viento.

 

Ante todo, hay que decir que el hecho, lejos de ser nuevo, goza ya de precedentes dentro de la Nueva Iglesia. Don Marcelo González Martín, quien fue en su día Arzobispo de Barcelona (España), después de sufrir lo indecible por obra del clero progresista diocesano, fue prácticamente expulsado de la Sede y hubo necesidad de que fuera nombrado para otra diócesis. Después de lo cual no sucedió absolutamente nada, hasta el punto de que ni siquiera mediaron medidas disciplinares de ninguna clase. E igualmente, no hace demasiado tiempo, el nombramiento por parte del Papa de un nuevo Obispo para cierta diócesis de un país europeo, fue rechazado de plano por la Conferencia Episcopal correspondiente. El Papa aceptó la negativa de los Obispos y tampoco ocurrió nada, sin que de nuevo mediaran esta vez declaraciones o explicaciones de ninguna especie.

 

Pero sucede que el hecho, en este caso la rebelión contra el Obispo y, en último término, contra el Papa y contra la Iglesia, no es sino la manifestación de un mar de fondo que viene a traducirse en la triste situación de crisis y de corrupción que en estos momentos sufre la Iglesia.

 

El Obispo nombrado para esa diócesis tomará posesión de su cargo pese a las protestas, o quizá no lo haga. Aunque el resultado será el mismo. Pues aun cuando acepte hacerse cargo de la diócesis, si llegaran a faltarle arrestos (muchos habría de necesitar) para enfrentarse a la situación que le aguarda, la catástrofe será segura. De aquí el unánime pronóstico de la mayoría: o bien no podrá, o bien no se atreverá a hacer nada. De un modo u otro, pronto se descubrirá que las soluciones aportadas por los bienpensantes no son otra cosa que paños calientes. 

 

Y con paños calientes —o con cataplasmas— no se soluciona nada o muy poco. Sucede aquí algo que es común en algunos casos de enfermedades graves: o se emprende cuanto antes un tratamiento a fondo (como puede ser una operación quirúrgica arriesgada) o el enfermo muere. Y la situación actual de la Iglesia, dígase lo que se diga, es extremadamente delicada. Por más que pase desapercibida para una inmensa mayoría a la que sería sumamente difícil, o casi imposible, adquirir conciencia de ella, o a los muchos conformistas también que en modo alguno desean complicarse la vida.

 

Tengamos en cuenta que, desde los tiempos que siguieron al Concilio, se ha venido dando de lado con frecuencia al principio de autoridad (la Iglesia no está para condenar ni castigar, sino para comprender y tender la mano, suele decirse), permitiendo a cada cual decir o actuar a voluntad sin acatamiento a nada ni a nadie (el número de teólogos y miembros de la Jerarquía herejes, a quienes se les ha permitido seguir hablando, escribiendo o enseñando, son incontables). Se ha cuestionado todo el Magisterio de la Iglesia anterior al Concilio Vaticano II (con lo cual quedado debilitado al máximo también el posterior). Se ha permitido reducir al mínimo la autoridad de los Obispos, mediante el instrumento de los Grupos de Presión, que en realidad son los que manejan a las Conferencias Episcopales. Se ha colocado, y se le ha dado culto, a la estatua de Buda, junto con la de otros ídolos y abominaciones, nada menos que en los altares sacrosantos del Serafín de Asís. Le han sido reconocidas a los laicos funciones y atribuciones que en modo alguno les correspondían, perjudicando así gravemente al estamento sacerdotal y contraviniendo la estructura de la constitución divina de la Iglesia (que distingue perfectamente entre Jerarquía y simples fieles). Se ha distorsionado el sentido de la mayoría de los dogmas. Se ha desvirtuado el contenido y significado de los sacramentos y se ha logrado que el Pueblo cristiano deje de interesarse por una práctica que ahora se le presenta bajo el aspecto de algo inane e innecesario… ¿Y para qué seguir?  ¿Podrá alguien en su sano juicio creer que el problema de los sacerdotes rebeldes, aludidos antes, se va a arreglar con palmaditas en la espalda o advertencias recriminatorias (aunque moderadas)? 

 

Como se ve, la cuestión es tan importante que habremos de continuarla mañana.

 

Última actualización el Lunes, 21 de Diciembre de 2009 06:14