El amor divino-humano hecho realidad por Jesucristo, Dios y hombre (y IV) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Miércoles, 20 de Enero de 2010 03:05

Dentro de la corriente modernista que afecta a gran parte de la Iglesia actual, la Pastoral de hoy ha encontrado la fórmula feliz para sustituir la predicación del Evangelio, o el generoso testimonio de vida cristiana, por la práctica de labores humanitarias. Un fenómeno que también ha dado ocasión para que muchos se enriquezcan hasta límites sólo de Dios conocidos, gracias al maravilloso (y a menudo lucrativo) invento de tantas y tantas de las llamadas ONG’s (algunos dicen que prácticamente sucede con todas).

 

A lo que hay que añadir la constante repetición de ciertos eslóganes acerca de cuyo contenido, de modo misterioso, todo el mundo parece haberse puesto de acuerdo. Como el de los derechos humanos, o el de la solidaridad. Esta última palabra ha sustituido universalmente a la de la caridad en la Catequesis oficial; aunque en realidad nadie conozca como puede hacerse realidad tal cosa prescindiendo de Dios, y ni siquiera lo que significa exactamente.

 

Por otra parte, el procedimiento de hablar sin decir nada es otra manifestación de la manipulación a la que está siendo sometido el lenguaje. El truco resulta tan extraordinariamente eficaz que parece milagroso. No solamente contiene la virtud de no comprometer a nada al que habla, sino que incluso, en casi todas las ocasiones, sobre la base de la utilización de palabras rimbombantes (suenan muy bien y casi nadie se da cuenta de que carecen de contenido), el orador o predicador de turno adquiere incluso gran consideración de sabio, de hombre espiritual, y de experto en el diálogo que a todos une y a nadie descarta. Para más inri, apenas si alguien se da cuenta de la picardía que encierra la operación. En realidad ya no se puede decir que el truco sea algo exclusivo de los políticos, desde el momento en que también muchos Pastores de la Iglesia lo han hecho suyo. Así se ha hecho posible pronunciar discursos, escribir libros, redactar documentos…, todos los cuales parecen poseer una extraña y doble virtud: mientras que el autor del alegato jamás queda comprometido a nada ni con nadie, sus correspondientes destinatarios —oyentes o lectores— se ven sumidos en la perplejidad de no tener la menor idea de lo que se les ha dicho; tal vez por la sencilla razón de que no se les ha dicho nada. El fenómeno se ha extendido de tal manera que, si alguien se atreve a decir o escribir algo que tenga sentido —no importa que sea verdadero—, es calificado inmediatamente de persona extremista y hasta agresiva. Resulta difícil imaginar lo que muchos cristianos dirían ahora de San Agustín, por ejemplo, si leyeran sus tremendas diatribas contra los malos Pastores.

 

Por eso es más necesario que nunca, ante la gravedad de esta situación, que el pueblo cristiano adquiera conciencia del gran peligro que representan para él los sincretismos y los posibles malentendidos. Una necesidad que debería conducir a la puesta en práctica de medidas que acaben con tan tremenda amenaza.

 

Pero el tema reviste tal gravedad e importancia como para dedicarle otros nuevos espacios que contemplen, siquiera sea de forma superficial, algunos de sus aspectos.