| El amor divino-humano hecho realidad por Jesucristo, Dios y hombre (III) |
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| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Viernes, 15 de Enero de 2010 00:00 |
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Todo esto induce a pensar que el Amor de Dios —o más sencillamente, el Amor— tal como aparece en la Revelación y sobre todo en el Nuevo Testamento, es la más fascinante y tremenda de las realidades, como que de ella se derivan, o participan, todas las demás. Es la realidad misma del Ser, ya que ambos son la misma cosa. Según se dice en el Libro del Cantar de los Cantares (8: 6–7): Que es fuerte el amor como la muerte// y son como el sepulcro duros los celos.// Son sus dardos saetas encendidas, son llamas de Yavé.// No pueden aguas copiosas extinguirlo// ni arrastrarlo los ríos.// Si uno ofreciera por el amor toda su hacienda,// sería despreciado. Siendo la base y el alma de toda la Revelación, y aun la esencia misma del Nuevo Testamento, el amor no puede ser entendido sino como algo verdaderamente maravilloso y terrible. La primera y la más grande de las realidades que existen en el universo, y la única que ha existido desde siempre. Puesto que el Amor es el mismo Dios, ¿qué podría ofrecer el hombre a cambio de él, o qué otra cosa mejor podría esperar? Para el Cantar, como hemos visto, si uno ofreciera por el amor toda su hacienda, sería despreciado.
El Amor de Dios, o el Amor, si se quiere así, tal como ha sido entregado a los hombres como maravillosa donación, es urgente, punzante, apremiante, impulsivo, apresurado, celoso, intransigente, absorbente, enemigo de dilaciones y componendas, totalitario, generoso hasta el fin, dadivoso hasta de sí mismo y tan macizo y consistente como el mismo ser. No podría ser de otra manera, desde el momento en que el amado no es para el amante —o el amante para el amado— alguien que importa mucho o que no importa tanto, a quien puede poseerse o por quien no sucede nada si no se posee, que puede estar cerca o a quien se puede esperar con calma si está lejos todavía, que puede ser esencial para la propia vida o, sencillamente, una cosa más de las que forman parte de ella. Lejos de todo eso, lo que cada uno de los amantes significa para el otro es nada menos que la propia vida y el objeto de todos los anhelos de su existencia… De ahí que la Pastoral del pasteleo, practicada hoy tan a menudo, no sea otra cosa que una corrupción del mensaje del Nuevo Testamento, que queda reducido así a un cuerpo de doctrina de muy escaso contenido sobrenatural. Todo parece indicar que, para esta Pastoral, es como si las cosas carecieran de relieve y no importaran demasiado. Da por establecidos una serie de principios acerca de los cuales no admite discusión alguna. Entre los que se pueden citar los siguientes, sin pretender ser exhaustivos: - Ante todo, es necesario creer en la bondad de todos los hombres. Sin olvidarse de proclamar a la tolerancia y a la comprensión como las virtudes supremas. Siendo el radicalismo el mayor de los pecados —o tal vez el único— conviene adoptar posiciones que excluyan como nocivas las convicciones firmes. Así como es igualmente necesario que las diversas religiones convivan en un clima de mutua colaboración (en el fondo, todas son igualmente buenas); lo cual se ha hecho posible desde que se ha convertido en sospechosa cualquier pretensión a defender la existencia de dogmatismos o de verdades inquebrantables. Los Antiguos decían que los dioses vuelven locos a los hombres a quienes quieren perder. El Nuevo Testamento diría que los hombres han preferido la mentira y se han adherido gozosamente a ella. Por nuestra parte no podríamos añadir sino que sólo resta esperar las consecuencias. (Continuará) |
| Última actualización el Viernes, 15 de Enero de 2010 04:57 |



