El amor divino-humano hecho realidad por Jesucristo, Dios y hombre (II) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Lunes, 11 de Enero de 2010 04:54

En medio de la grave crisis que sufre la Iglesia, y mientras que por todas partes se extienden cada vez más la confusión y la iniquidad, todavía hay gente que busca sinceramente a Jesucristo, como única esperanza que todavía permanece para los cristianos…, y también para el mundo. A muchos les parecerá increíble, pero es cierto.

 

El último verso del Oráculo de Isaías, tal como lo hemos visto en el editorial precedente, termina con una exclamación extraña: ¡Regresad, venid!  Sin duda alguna porque son muchos los que desearían regresar. Y muchos también los que, sumergidos de lleno en la angustia que padecemos, ansían encontrar de nuevo a Jesucristo y por eso lo buscan. El Cantar de los Cantares lo expresaba así: Me levanté y recorrí la ciudad,//las calles y las plazas,//buscando al amado de mi alma.//Busquéle y no le hallé.//Encontráronme los guardias//que hacen la ronda en la ciudad://¿Habéis visto al amado de mi alma? [1]

 

Y el Oráculo dice a todos: Regresad, venid. Porque la búsqueda del Esposo exige recorrer los caminos, de manera incansable, una y otra vez, desandando tal vez lo andado y volviendo a empezar. Y además llamándolo, a fin de que acuda cuanto antes, como exigen la impaciencia y la prisa que siempre acompañan al amor: Y el Espíritu y la esposa dicen: “¡Ven! ” Y el que oye, diga: “¡Ven! ” Y el que tenga sed, que venga (Ap 22:17).

 

La prisa y la urgencia del amor impulsan a la esposa, no ya a correr, sino a volar incluso para alcanzar al Esposo. Con un esfuerzo que suele tener éxito, porque el Esposo, que tiene aún más interés que la esposa por llegar a la unión, se deja alcanzar. Y no solamente eso, sino que, tal como se desprende de la ley de reciprocidad en el amor, Él mismo trata también de alcanzar a la esposa, según viene a decir San Pablo: Por cuanto yo mismo he sido alcanzado por Cristo (Flp 3:12). Las urgencias y prisas del amor afectan también al Esposo, mucho más enamorado aún que la esposa. Por eso llega saltando por los montes, triscando por los collados…, como la gacela o el cervatillo (Ca 2: 8–9). Y su impaciencia es también mayor que la de ella: Levántate ya, amada mía,//hermosa mía, y ven… //Ven, paloma mía,//que anidas en las hendiduras de las rocas,//en las grietas de las peñas escarpadas.//Dame a ver tu rostro, dame a oír tu voz… (Ca 2: 10.14.)

 

El amor del Esposo por la esposa es hasta el fin, total, absoluto e infinito: Habiendo Jesús amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin… (Jn 13:1) Para que el amor con que tú me amaste, ¡oh Padre!  esté en ellos y yo en ellos (Jn 17:26). En el Cantar, el Esposo y la esposa se buscan mutuamente; pero en el Nuevo Testamento es sobre todo el Esposo quien va en busca de la esposa, de modo apasionado y dispuesto a afrontar todos los riesgos. Al fin y al cabo la revelación del amor de Dios a los hombres, comenzada en el Antiguo Testamento, alcanza su punto culminante en el Nuevo: He aquí que estoy a la puerta y llamo… (Ap 3:20) ¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va en busca de la perdida hasta que la encuentra?  Y, cuando la encuentra, la pone gozoso sobre sus hombros… (Lc 15: 4–5) Jerusalén, Jerusalén¡cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y no has querido! … (Mt 22:37; cf Lc 13:34) Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer (Lc 22:15; cf 12:50). Y ni podía ser de otra manera ni podría ser imaginado de otro modo. 

 

Reflexión marginal: ¿Queda alguien todavía dispuesto a creer en todo esto…?  ¿En que Dios nos ha amado en Jesucristo hasta el fin…?  Anda por ahí alguien cansado ya, tanto de las mentiras del Mundo como del angustioso vacío de la Pastoral moderna…?  ¿Ciertamente que sí…?  Y puesto que la respuesta es rotundamente afirmativa, vamos a continuar hablando de lo que hasta aquí venimos echando tanto de menos: del amor de Dios y del amor a Dios. En definitiva, de la única cosa que puede aquietar nuestro angustiado y cansado corazón.



[1]Ca 3: 2–3.