El Amor a Jesucristo (y II) Imprimir E-mail
Martes, 06 de Octubre de 2009 04:11

Sin el ejercicio de los sentidos el hombre no puede percibir la bondad, ni la belleza, ni la bondad de la belleza, ni la belleza de la bondad; cosas todas sin las cuales no se puede enamorar. El hombre primeramente ve y oye, y luego se enamora. Después de la curación del ciego de nacimiento, vio Jesús que le habían echado fuera, y, encontrándose con él, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre? ” Respondió él diciendo: “¿Quién es, Señor, para que crea en él? ” Díjole Jesús: “Le estás viendo; es el que habla contigo”. Dijo él: “Creo, Señor”. Y se postró ante él (Jn 9: 35–38).

 

Con todo, no es suficiente con que el hombre ame a la manera divina y a la manera humana. Como el amor supone la total reciprocidad, puesto que Dios quiso mantener con el hombre relaciones de amor perfecto, tuvo que hacerse hombre, a fin de poder Él también amar a la manera humana, y no solamente a la divina.

 

El Cantar de los Cantares habla del amor divino–humano, que llega a su plenitud en el hombre por medio de Jesucristo. El libro habla del amor de la manera más comprensible para el hombre, y por eso se centra en el amor conyugal, utilizando el mundo de imágenes y lenguaje que es propio de esta forma de amor. Sin embargo, la utilización de este punto de referencia no tiene una intención meramente pedagógica. La verdad es que el amor divino–humano, como amor que es absoluto y total, incluye todo lo que contiene de verdadero amor la entrega conyugal. Y lo mismo que ésta, también se alimenta de la contemplación de los amantes, del uso de requiebros, de caricias y de entrega; siempre mutuos y recíprocos, pero que aquí tienen lugar, a la vez, a la manera divina y humana. Como el amor conyugal se muestra ante el hombre, de un modo muy patente, con esas características y matices, parece el más adecuado para hablar del amor perfecto, cual es el amor de entrega y de totalidad. Por eso el amor conyugal es superior en el hombre (al menos en cierto modo) al amor paterno filial (recuérdense las palabras del Señor en Mt 19: 4–5, citando el Génesis) y a todo otro amor.

 

Este amor es el que causa las nostalgias y los deseos impacientes cuando falta la persona amada, el que provoca su búsqueda apasionada por parte del otro amante, el que inspira las ansias y los requiebros ardientes, y el que al fin se consuma con caricias y en mutua entrega. A veces es también la forma de amar que echan de menos ciertos cristianos, los cuales están convencidos de que, si apenas se habla de ella cuando se trata de Dios, es porque se ha olvidado que lo esencial de la Buena Nueva no es un mensaje de justicia social, sino la Persona de Jesucristo y el Amor que Él vino a traer a los hombres. Según estos cristianos, el amor que verdaderamente seduce y enamora, no es tanto el que se siente ante la belleza de un mensaje —ni siquiera del mensaje evangélico—, como el que produce la contemplación de una persona.

 

Sin embargo, como el Cristo del que hablan ciertos exegetas y teólogos modernos es un Cristo fantasma, es incapaz de seducir a nadie. Este Cristo, sin divinidad y sin milagros, y hasta sin humanidad (puesto que no tiene existencia real alguna), fabricado al parecer —según dicen ellos— por la primitiva comunidad cristiana, y que solamente había resucitado en la fe de los apóstoles, se ha desvanecido en realidad, quedándose sin cuerpo y sin alma, y haciéndose incapaz de ser amado por nadie. ¿Cómo se va a amar lo que no se puede ni ver, ni oír, ni tocar?  ¿Cómo se va a amar a un fantasma que solamente puede ser imaginado por las mentes complicadas de ciertos eruditos?  Este Cristo que, según se dice, es el único que puede ser aceptado por el hombre moderno, es tan imposible de amar como que el amor se dirige siempre a la realidad de las personas, y no a los productos de laboratorio de la pseudociencia.