El Amor a Jesucristo (I) Imprimir E-mail
Viernes, 02 de Octubre de 2009 06:57

Sólo una cosa es necesaria, decía Jesucristo (Lc 10:42). Y sólo una cosa debiera preocuparnos, debiéramos decir los cristianos: el amor a Jesucristo.

 

Dios se ha hecho hombre porque ha deseado ser amado por el hombre a lo divino y a lo humano. A lo divino, porque esa es la forma de amar propia de Dios, la forma perfecta del amor perfecto, y la forma que hace perfecto el amor del hombre; y a lo humano, porque esa es la forma de amar propia del hombre.

 

Una vez que Dios se ha hecho hombre, el hombre ya puede amarlo de la manera que le es propia —a lo humano—, y, al mismo tiempo también, con un amor perfecto y total, de locura —a lo divino—. Por fin puede el hombre enamorarse verdaderamente de Dios, en el sentido de que ahora es capaz de hacerlo objeto sensible de su amor, al modo de alguien que es semejante a él: Ved mis manos y mis pies: Soy yo mismo. Palpadme y ved, que el espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo, decía el Señor a sus discípulos, después de haber resucitado; y añade el texto evangélico: Después de decir esto les mostró las manos y los pies (Lc 24: 39–40).

 

El amor divino–humano nace, se desarrolla, y se consuma en el hombre a la manera humana y divina a la vez. Es un amor al modo humano (puesto que es el hombre el que ama, y ha de amar por lo tanto conforme a su naturaleza), pero que ha sido como elevado al infinito por la gracia. Con Cristo, el hombre ama a Dios a su manera, y, al mismo tiempo también, a la manera de Dios; pero de tal modo que, amando al verdadero Hombre que es Jesucristo, ama en Él al verdadero Dios.

 

El Señor tiene especial interés en mostrar a sus discípulos que su cuerpo resucitado es real, con la posibilidad de ejercitar todos sus sentidos, y por eso incluso come delante de ellos (Lc 24: 41–43). Téngase en cuenta que el ejercicio del sentido del gusto —con la posibilidad de comer— es quizá una de las cualidades más difíciles de entender en un cuerpo glorioso; debido a lo cual, es uno de los argumentos más fuertes a efectos de demostración. El caso es que, a través y por medio de un cuerpo y de un alma humanos, que el Verbo ha hecho suyos, el hombre ama a la Persona del Señor (el amor se da solamente entre personas), y, por lo tanto, a Dios. Y, aunque es verdad que el Señor resucitado le dice a María Magdalena que no lo toque (Jn 20:17), eso se debe seguramente a que Él aún no ha subido al Padre, como Él mismo le advierte, y ella no puede, por lo tanto, amarlo todavía con el amor verdadero y perfecto que solamente hará posible la venida del Paráclito (Jn 16:7).

 

Sería bastante difícil para el hombre, por no decir imposible, enamorarse del llamado “Dios de los filósofos” o del Dios de ciertos teólogos. El hombre ama con ilusión y con ternura, con temblor y emoción, con los latidos del corazón apresurados, y con todo el fuego de la pasión, sin los cuales sentimientos no es concebible el amor humano. Para amar a Dios con amor verdadero y perfecto, y, por lo tanto, según su modo propio de hacerlo, el corazón humano necesita que Dios se le manifieste (1 Jn 1:2; Tit 2:11; 3:4) en una naturaleza humana. La cual, por ser realmente una naturaleza humana, y no una mera apariencia, puede ser vista, oída y palpada (1 Jn 1: 1–2).  (Continuará)