El Alquitrabe (y II) Imprimir E-mail
Jueves, 10 de Diciembre de 2009 05:45

Uno de los males de la Pastoral Católica de nuestro tiempo consiste en que suele hablar de lo que no sabe. O de aquello que no conoce sino de oídas; lo que quiere decir sin haberlo experimentado nunca, sin haberlo vivido jamás, y sin haberlo contemplado siquiera de cerca. O sea, para expresarlo con una sola palabra, del alquitrabe. Y hasta si se quiere decir de una manera más asequible al público que no tiene fácil acceso a los diccionarios, del tópico (aunque la palabra alquitrabe no se encuentra en ninguno de esos relicarios de la Lengua que son los diccionarios, pues no debe olvidarse que nada se sabe acerca de él). Los más radicales y aficionados al lenguaje fuerte lo llamarían topicazo, siempre empeñados ellos en hacerse oír y entender.

 

Pongamos por caso algunos ejemplos, con el cuidado de siempre de no hacernos demasiado prolijos. Son innumerables los expertos de laboratorio pastoral que, o bien se dedican a escribir Cartas Pastorales, o bien a redactar exhortaciones e instrucciones al respecto…, sin haber practicado jamás la Pastoral. Llegados a este punto, es obligado llamar la atención acerca de los autores de Manuales de Pastorales modernas especializadas (de jóvenes, de enfermos, de inmigrantes, de obreros, de marginados, de etc., etc). Todos ellos, unos y otros, casi siempre bajo el denominador común de no haber tratado nunca con jóvenes (salvo con algunos más bien raros y extraños), de no haber visitado enfermos, de ignorar lo que significa sentarse en un confesonario, de no haber convivido con obreros, de no haber, etc., etc… Sin contar los más peculiares del conjunto, que no son otros sino los escritores de espiritualidad que no han practicado nunca ninguna clase de espiritualidad. A este propósito, recuerdo algo que me sucedió en mis tiempos de juventud: obligado a asistir en Madrid a un Cursillo de mentalización, como preparación para mi inminente trabajo pastoral en Hispanoamérica adónde mi Obispo había tenido la ocurrencia de enviarme, pude comprobar, no sin cierta sorpresa, que ninguno, pero absolutamente ninguno, de los “profesores” había estado jamás en América; ni en la del Norte ni en la del Sur. Pues fue allí donde empezaron a surgir en mi ánimo las primeras fuertes sospechas de que la Lógica, como parte de la Filosofía, no ha sido nunca excesivamente considerada en gran parte del estamento clerical.

 

Puestos a considerar el tema, ya hemos visto en el anterior editorial que el Prelado de Cáceres, según declaraciones propias, no concibe el Cristianismo sin la mediación del compromiso con los pobres. Hay que reconocer que el Obispo tiene absolutamente razón y que, en definitiva, al proclamar tal verdad no hace sino afirmar lo que todo el mundo afirma. Lo que todo el mundo pregona, efectivamente; por activa y por pasiva, como suele decirse.

 

Pero el problema —aunque suele pasar inadvertido— consiste aquí precisamente en eso. En que todo el mundo que quiere ser reconocido como apóstol —agente de pastoral, en el caso de los laicos, es hoy una expresión más ortodoxa— enarbola ese estandarte.[1] Salvo que la pobreza, entendida como virtud cristiana, suele ser cosa demasiado seria, demasiado importante, demasiado sublime…, y demasiado difícil de practicar.

 

Estoy seguro de que el Obispo de Cáceres posee suficiente conocimiento experimental de la materia como para hablar de la necesidad del compromiso con los pobres. Unas palabras de cuya sinceridad no me cabe duda.

 

Pero existen otros casos en la Iglesia. Abundantes aprovechados que utilizan el tópico del famoso compromiso sin saber nada acerca de él, en primer lugar; y luego, además, para sus fines particulares. Que suelen ser varios, pero que siempre confluyen en el lugar común de conseguir prestigio, numerosas prebendas y, sobre todo, no pocas riquezas. Sí, sí, efectivamente: he dicho riquezas. Pues no son pocas las Familias Espirituales que han conseguido multitud de posesiones, haberes y dinero, pregonando precisamente a todos los vientos su estricta pobreza. Ya sé que esto sonará a muchos como piedra de escándalo; que es, por desgracia, el fruto a cosechar por decir verdades de Perogrullo; o las que todo el mundo conoce pero nadie dice.

 

Por mi parte, debo a Dios la gracia inestimable de haber convivido varios años con los pobres. En las elevadas altiplanicies de la cordillera andina del Ecuador, a casi cuatro mil metros de altura, donde los indios temblaban de frío y jamás calmaban su hambre. O en los barrios más humildes y peligrosos de alguna de las grandes ciudades de Venezuela, como Barquisimeto, donde la miseria era el aire a respirar y donde cualquiera moría de muerte violenta. Ningún habitante de la gran ciudad se atrevía a entrar en mi barrio después de ponerse el sol. Etc.

 

Por supuesto que todavía no estoy tan loco como para pretender decir con esto que he conocido la pobreza. Lo más que puedo decir al respecto es que la he visto de cerca.[2] El respeto que me merece esta importante y bellísima virtud, además del amor a la verdad, no me permiten otra cosa.

 

Pero esas mismas razones son las causantes de un fuerte sentimiento de dolor. El producido al ver cómo se profanan palabras y conceptos, que por estar bien fundados en el Evangelio, son algo más que sagrados. Quiero decir que se alardea de ellos sin haberlos conocido nunca. Y lo que es aún peor, que son aprovechados para conseguir a su través precisamente aquello que ellos denuncian y aborrecen: las riquezas del Mundo.

 

Sea de ello como fuere, la Iglesia debiera ser más firme en exigir a sus Pastores (a los más encumbrados y a los menos importantes), tanto en ésta como en otras materias, que no hablen nunca del alquitrabe. Es decir, de aquello que no saben. Pues ¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego?  ¿No acabarán cayendo ambos en algún agujero?  (Lc 6:39).



[1]Confío en que nadie me querrá tan mal como para preguntarme acerca de lo que significa la horrorosa expresión agente de pastoral aplicada a un laico, puesto que lo ignoro y además me produce convulsiones: ¡Las ovejas del Rebaño de Cristo convertidas en pastores!

[2]Para una explicación ajustada de la pobreza como virtud cristiana, véase mi libro El Amigo Inoportuno, Shoreless Lake Press, New Jersey (USA), 1995, pags. 107 y ss.