Del Verdadero Amor Imprimir E-mail
Martes, 07 de Julio de 2009 06:10

Puesto que el amor divino-humano es amor verdadero, y el más perfecto que existe después del Infinito Amor, tiene que darse en él la condición de total y recíproca entrega que es propia del acto amoroso. Así se entiende que el Amante divino se entregue en posesión al hombre, dando lugar a una situación de pertenencia tan auténtica como es verdadero el amor que Dios profesa a la criatura enamorada que le corresponde. Es lo cierto que el Nuevo Testamento - que contiene la buena nueva de la donación que Dios ha hecho al hombre de su propio amor -  no habla de otra cosa, y aun antes ya lo había hecho también, en el Testamento Antiguo, El Cantar de los Cantares especialmente.

 

El Discurso eucarístico de Cafarnaúm (Jn 6: 26-59) es una proclamación de la entrega amorosa de Dios al hombre. Pareció tan increíble, a causa de su excesiva generosidad, fruto de un amor no menos excesivo, que provocó el escándalo de la mayoría de los que la oyeron (Jn 6: 60.66). Del Discurso se desprende que, tal como el alimento es asimilado y convertido en algo propio por el que lo toma[1], así se ofrece también Jesús al hombre: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.[2] Pero el escándalo ante el misterio eucarístico, que no ha desaparecido nunca a lo largo de los siglos, ha adquirido en la actualidad mayor virulencia, debido seguramente a un enfriamiento de la caridad (Mt 24:12) que ha sido causado, a su vez, por la pérdida de la fe: es imposible creer en las locuras de que es capaz el amor cuando ya no se cree en el amor. Como tantas veces se ha dicho, sólo los enamorados son capaces de creer verdaderamente en el amor; y sólo los que abren generosamente su corazón pueden admitir que exista alguien dispuesto a una entrega como la eucarística. De ahí que, a medida que los cristianos han ido abandonando la fe en la presencia real, han ido abandonando también la creencia de que Dios pueda amar al hombre hasta entregarse a él en verdadera posesión.

 

(Del Libro Comentarios al Cantar de los Cantares, vol. I, pags. 118-120).



[1]  El alimento asimilado no se convierte en mera propiedad de quien lo come, sino en parte de él mismo.

[2]  Jn 6:55.