Del Perfecto Amor (II) Imprimir E-mail
Miércoles, 29 de Julio de 2009 00:00

Habiendo sido creado el hombre por el Amor Infinito, para amar y para ser amado, si acaso ha transcurrido su vida sin llegar a conocer el verdadero amor, no es que haya perdido el sentido de su existencia, sino que ni siquiera ha sido un ser humano; y además, sencillamente, es que no ha vivido.

 

De vez en cuando se dan en la vida de todo hombre momentos felices. De los cuales son los más importantes aquéllos en los que ciertas cosas fundamentales, que antes se creían por fe, ahora se creen o se comprenden por visión. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el esfuerzo por la santificación. Llega un momento en el que el hombre se convence de que sólo cuenta la misericordia de Dios y de que él por sí mismo no puede hacer nada. Como dijo al morir el Cura Rural de Bernanos: Todo es gracia. Lo cual es una gran verdad. Y ya que todo es gracia, y puesto que el hombre no puede valerse por sí mismo ni hacer nada para sí mismo, no vale la pena que se convierta en el centro y objeto de sus propias preocupaciones. Es mucho mejor, en todo caso, preocuparse por los demás: Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.[1]

 

Pero no por eso está nadie autorizado a abandonar el esfuerzo. Sería una insensatez y un grave delito, porque la vida humana está destinada a transcurrir por entero en una lucha dura y titánica: En la lucha contra el pecado todavía no habéis resistido hasta la sangre.[2] En realidad contra el pecado y contra todo, pues milicia difícil y agitada es la vida del hombre sobre la tierra.

 

Claro que el esfuerzo humano, considerado solamente como tal, no supone demasiado: Muy bien, siervo bueno y fiel; aunque has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho. . . Si bien adquiere grandeza y un sentido nuevo cuando es considerado como acto amoroso de respuesta al amor. Por eso se le dice al siervo: Entra en el gozo de tu Señor.[3] No se trata de hacer muchas y variadas cosas, sino solamente una, que es la mayor y más grande de todas: la donación de la propia vida, entregándolo todo. No importa lo poco ni lo mucho, sino la totalidad de lo que se posee. El amor - que es reciprocidad y correspondencia perfectas - no obra de otra manera; y menos aún cuando se trata del perfecto amor, cual es el amor divino-humano. Pues no es posible responder a Dios en reciprocidad con la cantidad, sino solamente con la totalidad. El abismo infinito que media entre el Creador y la creatura ha de ser salvado para que pueda existir una relación de intimidad entre ambos; lo cual solamente es posible mediante el amor. Por él puede alguien amar en totalidad a otro y ser correspondido por ese otro también en totalidad. Gracias al amor puede una persona invocar a otra como y escuchar de ella, a su vez, ese mismo . Lo cual es verdad de un modo absoluto en el amor divino-humano. En cuanto a la relación de amor entre los hombres, no hay otro mejor nexo de unión, ni más eficaz fuente de diálogo, ni superior manera de acercamiento, ni otra forma de conseguir algo que se pueda llamar seriamente respeto mutuo o reconocimiento de los derechos del otro. Todo lo que no sea eso no es sino retórica barata de juegos de palabras y discursos vanos que no sirven para nada.

 

(Del libro El Amigo Inoportuno, pags. 37 y ss.)



[1] Mt 10:39.

[2] Heb 12:4.

[3] Mt 25:23.

Última actualización el Jueves, 30 de Julio de 2009 12:06