| La Promoción de los Seglares (I de II) |
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| Martes, 16 de Junio de 2009 03:57 |
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Uno de los fenómenos más interesantes de los que tuvieron lugar en los años que siguieron al Concilio, con consecuencias para la Iglesia sólo de Dios conocidas, fue el terremoto que se produjo con la llamada promoción de los seglares. Transcurridos los primeros instantes de la conmoción, todo el mundo estaba convencido de que, habiendo padecido hasta ahora los seglares la más completa de las pretericiones y la más injusta de las discriminaciones, había sonado por fin la hora de ponerlos en su lugar.
Un sacerdote amigo me contó en cierta ocasión algo que había oído referir a su vez a un eclesiástico de prestigio. El hecho dejaba bien clara la importancia que la Iglesia concede actualmente a los seglares —según afirmaba el tal eclesiástico— y se refería a que la guardia suiza del Vaticano saludaba ahora marcialmente a los obispos y a los seglares; pero no a los sacerdotes. Como es lógico, no creí en la veracidad de lo que me contaba mi amigo; pues si bien es cierto que no todos los locos están en el manicomio, es inverosímil que la guardia suiza haya llegado a tales extremos, por muy al día que se encuentre con respecto a los hallazgos de la nueva teología. Pero lo sorprendente de todo esto no es tanto la historia en sí —absolutamente imposible de admitir—, sino el hecho de que personas sensatas hayan podido creerla y contarla como cierta. Parece que el ilustre personaje, no solamente la tenía por verdadera, sino que incluso le concedía un valor de demostración incontrovertible (ya se sabe: Roma locuta, etc.). Expresé a mi amigo la fundada creencia de que, en el increíble supuesto de que tal disparate fuera cierto, lo único que quedaría demostrada sería la insensatez de la guardia suiza; o en todo caso la del monseñor de turno que hubiera ordenado el desaguisado. La verdad es que nunca llegué a comprender bien el problema de la promoción de los seglares; seguramente porque tampoco fui capaz de entender jamás la necesidad de que los seglares fueran promocionados. Mi ingenuidad me llevó siempre a pensar que los laicos tenían en la Iglesia un puesto específico y fundamental, tan bien definido y especificado que no necesitaban en modo alguno ser promocionados desde arriba; y menos aún mediante el añadido de atributos y competencias clericales. Para los simples como yo resulta difícil de entender que los seglares tengan que convertirse en una especie de clérigos o sacristanes para ser más seglares. Confieso que, ya por aquella época, tal pretensión por parte de los expertos y teólogos de moda me sonaba a otra nueva forma de clericalismo. Ahora estoy convencido de algo más, cual es que las reivindicaciones en favor de los laicos han preocupado siempre a los clérigos más que a los seglares. Por aquellos años, al menos por lo que se refiere a España, la gente corriente vivía mejor o peor su cristianismo —desde luego con más fe que ahora—, sin cuidarse demasiado de las inquietudes teológicas de los expertos de vanguardia. Tengo para mí que el desasosiego no nació en los lugares donde transcurre la vida del cristiano de a pie, sino en los laboratorios de alquimia pastoral. Lo que demuestra, una vez más, la admirable capacidad de la naturaleza humana para manipular los problemas: o bien inventando algunos falsos o inexistentes, o bien dando de lado a los que son verdaderamente importantes. Las razones de todo esto quizá no sean fáciles de explicar, y desde luego no soy yo el indicado para hacerlo; pero es posible que tengan algo que ver con ese extraño complejo de clericalismo que parece ser mal endémico de tantos hombres de iglesia. El hecho innegable es que la promoción se hizo sobre todo a base de clericalizar a los seglares, lo cual puede ser un indicio a favor de lo que estoy diciendo. Así es como tuvo lugar la copiosa lluvia de ministerios que cayó sobre los laicos y que perturbó para siempre la tranquilidad de su existencia cristiana. |
| Última actualización el Lunes, 06 de Julio de 2009 14:52 |



