| De Gloria Olivae (VII-3ªParte) (De la Gloria del Olivo) |
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| Martes, 24 de Agosto de 2010 03:43 |
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Puestos en duda prácticamente todos los dogmas de la Fe y debilitado el valor del Magisterio, no es demasiado extraño que, mientras que muchos católicos han desertado de su Religión, otros hayan abandonado toda práctica religiosa. Y aun entre muchos de los que han permanecido fieles reina el abatimiento y la confusión. La unidad y la firmeza de la Fe de los católicos, que habían permanecido intactas durante centurias, parecen haberse desvanecido. Tiempos de desolación, muy apropiados para recordar las palabras en las que el Evangelio de San Mateo describe ciertos sentimientos de Jesucristo: Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9:36). Todos los hombres hemos de soportar una vida de trabajos en este valle de lágrimas. Si bien particularmente los cristianos afrontamos el sufrimiento de un modo especial, llamados como estamos a compartir la muerte de Jesucristo. De ahí que nuestras penas y angustias se conviertan finalmente en alegría, desde el momento en que están siempre envueltas en la Esperanza y en la certeza de que nos hemos de reunir con Jesucristo en la Casa del Padre. Triste cosa sería, por lo tanto, que, de una manera o de otra, nos viéramos privados de ese consuelo de una vida eterna en la manera y forma como se nos había prometido, y por la que siempre habíamos suspirado.
En su homilía pronunciada en la fiesta de la Asunción de la Virgen del presente año, Su Santidad el Papa Benedicto XVI afirmó que cuando hablamos del cielo no aludimos a un lugar determinado: no nos referimos a un lugar cualquiera del universo, a una estrella o algo parecido. Y continúa el Papa diciendo que con ese término queremos afirmar que Dios tiene un lugar para nosotros. Para explicar lo cual se vale del recuerdo cariñoso que de un fallecido conservan en el corazón sus seres queridos: Podemos decir que en ellos sigue viviendo una parte de esa persona; aunque es como una “sombra”, porque también esta supervivencia en el corazón de los seres queridos está destinada a terminar. Añade a continuación que, como Dios no pasa nunca…todos nosotros existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. Existimos en toda nuestra realidad, no sólo en nuestra “sombra”. Aclara su explicación diciendo que en Dios, en su pensamiento y en su amor, no sobrevive sólo una “sombra” de nosotros mismos, sino que en Él, en su amor creador, somos guardados e introducidos, con toda nuestra vida, con todo nuestro ser en la eternidad. En suma, que según el Santo Padre, la vida eterna consistirá en que viviremos en Dios. En su corazón y en su amor. Aunque, a decir verdad, lo que se dice vivir en Él, en su pensamiento y en su Amor, en realidad ya lo estamos; según proclamaba San Pablo en su Discurso ante el Areópago de Atenas (Hech 17:28). Y hasta podríamos decir que en la mente de Dios estábamos ya también desde toda la eternidad; sin que tal cosa nos autorice a pensar, en modo alguno, en la tremenda falsedad de que ya existíamos desde siempre. Es evidente, sin embargo, que las palabras del Papa pueden ser entendidas en un sentido enteramente correcto. Si bien tal vez hubiera sido deseable la exclusión de algunas ambigüedades, además de la añadidura de ciertas aclaraciones. Parece más acertado decir que en la vida eterna viviremos con Dios, mejor aún que vivir en Dios. Pues allí es donde, por fin, tendrá lugar la plenitud de la relación amorosa Dios–hombre, o el Amor perfecto al que siempre había aspirado nuestro corazón. Un Amor que, no obstante, sólo puede darse en una completa y total distinción de personas, como característica que es esencial en todo Amor; el cual exige siempre la absoluta reciprocidad y entera distinción de las personas que se aman (sean divinas o humanas). Otra cosa podría inducir a alguien a pensar en la posibilidad de incidir en el panteísmo. Por lo demás, es absolutamente cierto que el término lugar no puede ser entendido, cuando se refiere a la vida eterna, en el mismo sentido que se le atribuye en ésta. Pero de todos modos habrá de tener un significado real. ¿Dónde, si no, se encuentran ahora los cuerpos humanos de Jesucristo y de la Virgen María? Por otra parte, la resurrección de los cuerpos es un dogma de Fe; y su situación en la vida eterna no se puede reducir a la condición de un mero estado o de un recuerdo en la mente de alguien (aunque ese alguien sea Dios). A este respecto, quizá sea conveniente recordar lo que dice el Concilio XVI de Toledo (año 693), en el art. 35: Dándonos ejemplo [Jesucristo] a nosotros con su resurrección que así como Él vivificándonos, después de dos días al tercer día resucitó vivo de entre los muertos, así nosotros también al fin de este siglo creamos que debemos resucitar en todas partes, no con figura aérea, o entre sombras de una visión fantástica, como afirmaba la opinión condenable de algunos, sino en la sustancia de la verdadera carne, en la cual ahora somos y vivimos, y en la hora del juicio presentándonos delante de Cristo y de sus santos ángeles, cada uno dará cuenta de lo propio de su cuerpo… (Denzinger–Hünermann, n. 574. Los Concilios de Toledo fueron considerados siempre en la Iglesia con gran respeto y aprobación, casi equiparados a los Concilios Ecuménicos). Ni podemos olvidar tampoco las palabras del mismo Jesucristo: En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que donde yo estoy, estéis también vosotros (Jn 14: 2–3). Así pues, ¿qué querría decir el Maestro con dichas palabras…? Es natural, por lo tanto, que los católicos, que hemos sido llamados a vivir en una época de tantas vicisitudes y contradicciones, deseemos vivir en paz según la Doctrina en la que fuimos bautizados y conforme al Evangelio que la Iglesia nos había enseñado desde siempre; sin más cambios ni novedades. Pues, …no es que haya otro, sino que hay algunos que os inquietan y quieren cambiar el Evangelio de Cristo. Pero aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciásemos un Evangelio diferente del que os hemos predicado ¡sea anatema! (el Apóstol San Pablo en su Carta a los Gálatas, 1: 7–8). La Palabra de Dios revelada no es lo mismo que el Magisterio Eclesiástico. El cual depende de la primera. Pero en la Iglesia no existe la interpretación individual y subjetiva de la Revelación, sino que ésta depende en todo del Magisterio Eclesiástico. El cual es el único que, asistido por el Espíritu Santo, puede garantizar la verdad del correcto entendimiento de la Palabra de Dios. De donde se desprende que, desaparecido el Magisterio de la Iglesia, se derrumbaría por completo todo tipo de seguridad en cuanto a la inteligibilidad de lo revelado por Dios al hombre. Cualquier cambio o modificación en el contenido del Magisterio (que forma un Cuerpo cerrado y granítico desde hace veinte siglos) redundaría, sin duda alguna, en la recta comprensión del contenido de la Revelación. La cual quedaría sometida a toda clase de manejos; o bien en cuanto a la admisión de textos apócrifos o falsos, o bien en forma de cambios, añadidos o sustracciones a la misma. Por lo que vamos a terminar con un texto que se halla contenido casi al cierre del Libro Sagrado del Apocalipsis: Yo doy testimonio a todo el que oiga las palabras proféticas de este libro. Si alguien añade algo a ellas, Dios enviará sobre él las plagas descritas en este libro. Y si alguien quita alguna de las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la ciudad santa que se han descrito en este libro (Ap 22: 18–19). |
| Última actualización el Martes, 24 de Agosto de 2010 03:45 |



